CUANDO LA IGLESIA METE LA COLA…

CUANDO LA IGLESIA METE LA COLA…

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Por Horacio R. Brum, desde Chile

El 21 de agosto, el Tribunal Constitucional (TC) chileno rechazó una demanda de los partidos de la derecha para invalidar la ley de interrupción del embarazo aprobada por el Parlamento. En Chile se permitió el aborto por causas médicas desde 1931 hasta 1989, pero entre las últimas medidas adoptadas por la dictadura para dejar todo “atado y bien atado” (palabras del dictador español Francisco Franco que pasaron a la historia política mundial), se impuso una prohibición total. Este fue el triunfo de los sectores reaccionarios de la iglesia católica, encabezados por el Opus Dei y representados a cabalidad por Jaime Guzmán, el principal ideólogo del régimen, quien sostenía que “La madre debe tener el hijo aunque éste salga anormal, aunque no lo haya deseado, aunque sea producto de una violación o aunque de tenerlo, derive su muerte”. Debido a este legado, no fue posible siquiera discutir la posibilidad de despenalizar el aborto hasta hace pocos años y hubo casos de mujeres obligadas a soportar nueve meses con fetos que iban a morir en el momento mismo de ser sacados del útero, porque no tenían cerebros.

La ley de interrupción del embarazo por tres causas: inviabilidad del feto, riesgo para la vida de la madre o violación, fue una promesa de campaña de Michelle Bachelet y pasó por un largo y complicado proceso de discusión en el seno de la coalición gobernante, con la Democracia Cristiana haciendo de quinta columna de los intereses de la Iglesia. En la oposición, el partido de origen pinochetista Unión Demócrata Independiente encabezó la resistencia, apoyada mediáticamente por el diario El Mercurio, el más antiguo del país y alineado con el Opus Dei. Fueron sus legisladores, junto a otros parlamentarios derechistas, los que presentaron la demanda ante el Tribunal Constitucional, cuando perdieron la votación en el Congreso Nacional.

En las audiencias públicas del Tribunal hubo escenas dignas de la edad media, con cadenas de rezos y velas encendidas, y tampoco se quedaron atrás algunos sectores de las iglesias protestantes, como el que acudió con un cartel en el cual se leía: “Fuera de Chile sodomitas y abortistas”. Los defensores de la ley también hicieron lo suyo, en especial las feministas radicales, e incluso fue agredido uno de los ministros del TC. Las jerarquías católicas no dudaron en cobrar las cuentas morales de la defensa de los derechos humanos durante la dictadura, como lo puso bien claro una declaración de la Conferencia Episcopal: “A quienes ayer promovían junto a la Iglesia la defensa de la vida y dignidad de los perseguidos políticos, les invitamos hoy a ser consecuentes pues el respeto a la vida debe mantenerse en toda circunstancia”.

Chile es un Estado laico sólo en teoría; entre los primeros actos administrativos de los presidentes de la República, de cualquier signo político, está la designación del capellán del palacio de gobierno, donde existe una capilla católica y hace algunos años se agregó una capellanía evangélica; el Ejército tiene por “patrona” a la virgen del Carmen y un obispado castrense, además de su iglesia catedral, en cuyo frente hay una placa de mármol con una larga oración dedicada a “los niños asesinados antes de nacer”. El Parlamento abre sus sesiones “en el nombre de Dios” y este año la antigua líder de las rebeliones estudiantiles y diputada comunista Camila Vallejo recibió fuego de todas partes, incluso de sus colegas de la alianza gobernante que integra el partido comunista, por proponer que se eliminara esa invocación. Así, las autoridades deben siempre legislar con un ojo puesto en la Iglesia cuando se trata de lo que ésta denomina “temas valóricos”.  A la interferencia católica se ha agregado la de las iglesias evangélicas, con mucha presencia en las clases populares, y a los feriados no laborables netamente católicos, como el día de la Asunción de la Virgen o el de San Pedro y San Pablo, se sumó hace algunos años el Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes.

Entre todo el barullo por la ley del aborto, pasó casi sin comentarios la noticia de que, según un informe de la ONU, Chile es el país en que más aumentó el número de casos nuevos de VIH en Latinoamérica, entre 2010 y 2016, con 34% de casos nuevos. La presidenta del Colegio Médico de Chile, Ischia Siches, sostuvo que las campañas contra las enfermedades de transmisión sexual y especialmente del VIH han tenido poco efecto y su diagnóstico fue lapidario: “Los sectores políticos conservadores no nos permiten tomar mayores medidas”. La Iglesia fue rápida en llevar agua para su molino y un representante de la Conferencia Episcopal afirmó que la cifra indicaba el resultado de “las campañas del condón”.

Lo cierto es que, desde el regreso de la democracia la iglesia católica chilena ha sido una influencia decisiva en el boicot a toda campaña que tenga que ver con asuntos sexuales. El ministro de salud del primer gobierno democrático hizo alarde público de su catolicismo declarándose muy “beato” y además de cuestionar las campañas antisida en los medios de comunicación, afirmó que “a los homosexuales y a las prostitutas no se les engancha por la televisión”. Un par de años más tarde, los canales con propietarios católicos (uno de ellos de la Universidad Católica), se negaron a emitir avisos de esas campañas y el arzobispo de Santiago acusó a las autoridades de hacer el juego al libertinaje sexual. Igual suerte corrieron, y siguen corriendo, todos los programas oficiales de educación sexual; el primero de ellos recién comenzó en 1996 y naufragó por una ofensiva de El Mercurio, los parlamentarios de la derecha y un obispo que fue firme partidario de la dictadura. Actualmente, y aunque existe una ley que hace obligatoria la educación sexual en el sistema público, el mismo ministerio reconoce que su implementación está a cargo de la “comunidad educativa” de cada colegio, y si se tiene en cuenta que hay más alumnos en la educación privada -donde los establecimientos confesionales predominan- es posible suponer que los adolescentes y jóvenes reciben nociones escasas de cuidado y comportamiento sexual, o la versión diluida elaborada por la Iglesia, que ella denomina “educación para la afectividad”.

El mismo informe que da cuenta del aumento del VIH en Chile expresa que Uruguay está entre los pocos países latinoamericanos que han logrado reducir el contagio. Un dato que deberían tener muy en cuenta nuestros gobernantes, políticos y formadores de opinión, quienes parecen haber entrado en el juego de la Iglesia para discutir la “Propuesta didáctica para el abordaje de la educación sexual en Educación Inicial y Primaria”. Hace demasiado tiempo que la laicidad, un rasgo distintivo de Uruguay en América y en el mundo, viene siendo erosionada; durante la presidencia de Julio María Sanguinetti, el partido Colorado abdicó uno de los principios más caros a José Batlle y Ordóñez al permitir la permanencia de la cruz gigantesca que se erigió en Montevideo para recordar  la visita de Juan Pablo II; Tabaré Vázquez continuó cediendo espacios al pensamiento religioso en la vida pública cuando autorizó que al pie de esa cruz se pusiera la estatua del Papa y su veto a la ley del aborto también dio alas a quienes desean que la religión salga de los templos y la vida privada. Con el pretexto del deterioro de la educación pública, la Iglesia amplía sus espacios en la enseñanza, en muchos casos bajo la organización ultraconservadora Opus Dei, y reclama privilegios tributarios. Por otra parte, la ingenua tolerancia progresista permite la penetración en los debates parlamentarios de la voz de los evangélicos, cuyos dirigentes políticos no tienen empacho en decir que respetarán la Constitución y las leyes “siempre y cuando no contradigan la palabra de Dios”.

En Paysandú se ha logrado recuperar la propiedad pública del monumento a José Batlle y Ordóñez, y ojalá pronto tenga la ubicación que merece ese héroe de nuestra época, sin el cual no habría surgido el Uruguay moderno y tal vez, ni siquiera habría sido posible la existencia de un sector progresista que ya lleva tres períodos de gobierno. Es de esperar que ese sector no solamente recupere una estatua de Batlle, sino también sus ideas del Estado laico y la sociedad secularizada, partes fundamentales de la democracia uruguaya.

1 Comentario

  1. educacion10.net 20 septiembre, 2017 en 4:11 am

    Hola

    Muy motivante tu articulo y hay cuantiosas informacion que no sabia que
    me has enseñado, esta genial.. te queria devolver el tiempo que dedicaste, con unas infinitas
    gracias, por instruir a personas como yo jajaja.

    Saludos

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