Por Horacio R. Brum

Dicen que su conferencia fue muy bien recibida. Dicen, porque la reunión de grandes empresarios realizada en Bariloche, de la cual participó el presidente Luis Lacalle Pou estuvo envuelta en un ambiente de censura para los periodistas. A los pocos profesionales que llegaron días atrás al muy lujoso hotel Llao Llao, a orillas del lago Nahuel Huapi (donde las habitaciones pueden llegar a costar 2.000 dólares por noche), se les ponía una pulsera rosada, que los habilitaba para circular hasta donde les permitiera el abundante personal de seguridad, pero no para entrar a la sala plenaria ni a otros lugares de reunión de los 120 empresarios y conferencistas, asistentes al foro que lleva el nombre del establecimiento. Fuera de la única foto oficial del grupo, las pocas tomas de las sesiones se hicieron casi subrepticiamente con celulares.
En esencia, el Foro Llao Llao es un reducto de resistencia neoliberal a los cambios que comenzaron a producirse en la región cuando la gente se hartó de unos modelos económicos irradiados desde el Chile de Pinochet. Fue creado en 2012 por Eduardo Elsztain, dueño del hotel, quien invitó a un grupo de “emprendedores” de una fundación que vincula a empresas con fondos de inversión, para analizar y discutir lo que estaba sucediendo. Ya en esa época se limitó el acceso al periodismo, con el pretexto de crear un ambiente para intercambiar ideas en calma, y ahora se llega al extremo de no permitir que ningún profesional de los medios se aloje en el Llao Llao. Revisando la lista de invitados especiales a lo largo del tiempo -ex presidentes, ministros (incluso de los gobiernos kirchneristas) y mandatarios en ejercicio-, queda claro que un objetivo de la reunión es establecer redes de influencia política. En Argentina, ello se ha traducido en colaborar en la organización del debate presidencial 2019 y en la implementación de la boleta única electoral. También del foro surgieron el
Observatorio Fiscal, que mide el gasto del Estado y el Observatorio de la deuda
pública. En el grupo fundador del Foro están varios dueños de las llamadas “empresas de plataforma”, que suelen ampararse en la modernidad tecnológica para eludir impuestos, establecer sedes administrativas en los paraísos fiscales y mantener con sus trabajadores unas relaciones que no incluyen el pago de beneficios sociales, la formalidad contractual ni el respeto por los horarios de trabajo. Creadas por individuos con algunas habilidades en el manejo de las tecnologías de la comunicación y la información, estas compañías llegan a cotizarse en miles de millones de dólares en las Bolsas, pero explotan el esfuerzo de otros, pagándolo con un puñado de los billetes verdes. Algunos de estos personajes, que aprovecharon los beneficios otorgados por Lacalle Pou a los inversionistas extranjeros para huir de la voracidad impositiva kirchnerista, viajaron con el presidente uruguayo en un jet privado a Bariloche. Los medios argentinos publicaron la lista de los pasajeros, que incluye a Marcos Galperin, el fundador de Mercado Libre y el hombre más rico de Argentina; Galperin fue un opositor furibundo a los gobiernos anteriores y vio con entusiasmo la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada.
Al revés de lo que marca la costumbre y el protocolo, por no decir la ética política, el mandatario uruguayo fue huésped de esos grandes empresarios en el avión y según lo que pudo saber el periodismo del otro lado del Plata, se molestó porque su charla al Foro salió de la intimidad del hotel, en tiempos en que se aproximan las elecciones primarias. A estas alturas, cabe preguntarse si correspondía que el jefe del Ejecutivo de un país que se caracteriza por sus prácticas republicanas y democráticas asistiera a una reunión envuelta en el secretismo y donde incluso uno de los disertantes fue un ex miembro de la CIA (Martín Gurri, cubano de nacimiento, que se especializa en el análisis de la relación entre las elites y las tecnologías de la comunicación y la información).
Los tres “invitados estrella” del Llao Llao: Lacalle de Uruguay, Peña de Paraguay y Milei de Argentina forman una tríada orientada a la derecha económica, en una región donde otros gobiernos representan el rechazo popular al regreso del neoliberalismo. El principal miedo de este sector es que a Lula da Silva le vaya bien en Brasil, un temor compartido con Washington, donde se recela de la línea diplomática independiente de la mayor economía de la región. Estados Unidos está viendo el fantasma de la influencia política china y, dentro de su respaldo al gobierno de Israel, denuncia sin muchos fundamentos que por estos lados se están creando bases para el terrorismo islamista auspiciado por Irán. Si de apoyo incondicional al gobierno de Benjamín Netanyahu se trata, no hay dudas de que el nuevo inquilino de la Casa Rosada es un “amigo de fierro” del gobernante cuyos ataques contra la población palestina han superado con creces la justa retribución por los actos de barbarie del grupo Hamas. Javier Milei y su hermana-ministra ostentan ahora el título de Embajadores de la Luz, que les otorgó en una ceremonia realizada en Miami la secta judía conservadora
Lubavitch. Ya desde su campaña electoral, Milei despertó el rechazo de la
numerosa colectividad liberal judía argentina, que lo acusa de usar su supuesto
viaje existencial hacia la religión hebrea para sus fines políticos. Algún respaldo
para esa acusación podría haber en el hecho de que Eduardo Elsztain,
probablemente el empresario judío más poderoso de Argentina y también
conservador, alojó al hoy presidente en su hotel Libertador -un cinco estrellas en
pleno centro de Buenos Aires- durante toda la campaña electoral. En el oficialismo sostienen que Milei pagó ese alojamiento, pero es dudoso cómo un economista sin mayor vuelo pudo generar los recursos para financiarse una suite de lujo, además de habitaciones para todo el equipo de campaña. Las mismas dudas persisten sobre quién pagó los miles de dólares del alquiler de un jet privado para que el ya presidente electo viajara a Nueva York a rendir tributo ante la tumba del
fundador de la secta Lubavitch. Elsztain es propietario del grupo IRSA, un conglomerado que se especializa en las grandes inversiones inmobiliarias y controla los principales shoppings de Argentina, además de poseer un millón de hectáreas agrícolas en Brasil, intereses en la minería del oro e importantes negocios en Israel. En Uruguay, la presencia más visible de IRSA es la concesión del Centro de Convenciones de Punta del Este.
Considerando el poderío económico y las redes de influencia política de los integrantes del Foro Llao Llao, que ahora tienen la carta más favorable a sus intereses en el mandatario argentino, bien puede ser que sus contactos con Lacalle Pou se traduzcan en un intento de hacer valer su peso sobre el panorama político uruguayo, para frustrar un eventual regreso del Frente Amplio al gobierno. En menos de dos semanas, el presidente de Uruguay estuvo dos veces reunido con la derecha económica del otro lado del río. Además de la invitación al Llao Llao, fue recibido con aplausos en la cena del 24 de abril de la Fundación Libertad, un evento en el cual se vio a lo más escogido del conservadurismo político y empresarial. Al menos, en esta última ocasión se diferenció con un discurso sobrio de la disertación burda y salpicada de palabras soeces de Javier Milei y aclaró que la sociedad uruguaya no admite una destrucción del Estado en la escala que intenta aquel. “No todos podemos disfrutar de la libertad” expresó
Lacalle Pou, “Acá seguramente casi todos se vayan en auto, duerman calentitos, los hijos estudien, mañana tienen laburo y tienen salud decente. Ahora, qué difícil gozar de la libertad individual si se vive en un rancho, si no se tiene acceso a una salud, si mis hijos no estudian y por ende no tienen una luz al final del camino para esforzarse”. Palabras de casi un comunista, en la lógica del mesiánico ocupante de la casa de gobierno de Buenos Aires.

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