Escribe Óscar Geymonat

Publicado originalmente en Noticias de Colonia.

Quizás lo mío fue una desvalorización del silencio, un error que suelo cometer muy a menudo y del que he necesitado el perdón siete veces siete.

No agregaba nada decir esa tarde como al pasar, y por no estar callado, que la ciclovía en 18 de julio me parece una buena obra. La nimiedad del comentario, por más que estoy convencido que es una buena obra, despertó una discusión digna de la toma de la Bastilla.

La ciclovía no marca un antes y un después en la historia nacional, no amerita una efeméride, pero me sigue pareciendo que ordena el tránsito en ese pedacito de ciudad, posibilita el uso de la bicicleta o del monopatín sin riesgo de quedar como el queso del sándwich entre dos ómnibus, me parece que es bastante usada y además me sorprendió el espacio que queda para el tránsito vehicular. La avenida tiene un ancho que yo no había dimensionado. Incluso pienso, y preferí no argumentar en medio de semejante turbulencia, que al transformarse en una doble vía para ómnibus, autos y similares, evita el riesgo del sobrepaso, muchas veces inoportuno, que puede terminar en un choque frontal. Lo mío era eso y nada más. Fue eso. Traté de no hacerme responsable de lo que vino después. Sobre el proyecto de ciclovía en la rambla vi que empezó la batalla argumentativa que amenaza con detener el mundo por unos días para dedicarnos a lo único que ocupará la atención de la humanidad. Pasará como todo pasa.

Sea la ciclovía en 18 de julio, la inauguración del nuevo tren de Durazno a Montevideo, de un hospital en El Cerro, un atentado terrorista en Israel, una guerra dónde sea, por momentos parece que es imposible dar una opinión muy puntual, acotada y sujeta a un reconocido margen de error, sin llevarse consigo una etiqueta que nos ubique en uno de los casilleros en que parece dividida la realidad tal vez buscando que sea comprensible y nos ofrezca un mínimo de seguridad frente a lo que nos aterroriza aceptar como desconocido o impredecible.

Si te parece que la ciclovía es una obra oportuna y buena en la medida de lo que puede dar, entonces sos militante de un determinado sector político, apoyás una determinada candidatura, cargás con la identificación ideológica que el hecho te adjudique y te harás responsable de la defensa o la crítica a otras decisiones que se relacionan tanto con tu opinión original como una pintura de Picasso con el precio de los zapallitos de tronco.

Existe algo así como la necesidad de hacer de la otra persona alguien ubicable y conocida en su cabalidad, que no guarde sorpresas. Y esa tendencia, para las relaciones sociales y para las construcciones comunitarias, es un mal que es necesario erradicar. Asombrarse es lo mejor que nos puede pasar.

Hemos oído que fue dicho que a lo bueno nos acostumbramos enseguida. A lo malo también. Y debemos lamentarlo. No nos sorprende tanto como hace un tiempo que una argumentación comience con la destrucción del argumento opuesto y no concluya en su superación como deberíamos esperar.  Nos hemos casi acostumbrado a que personas que ocupan lugares destacados en la estructura social y política de nuestros países insulten ramplonamente a quien ose por lo menos cuestionar sus seguridades, busquen su desacreditación inmediata antes de correr el riesgo de tener que esforzarse en su argumentación, o lo que les resulta a veces imposible, escuchar la que se le opone. Parece aterrorizarles el peligro de la revisión. Me da la sensación de que la supuesta fortaleza que sostiene la bravuconada es muchas veces la señal casi inequívoca de su debilidad. Se prefiere tener a mano una suculenta reserva de adjetivos descalificadores antes que elaborar una respuesta que no resulte tan arrolladora como espera sino que tropiece con escollos que podrían enriquecerla con nuevas preguntas.

La imposición de la seguridad suele ser señal de que su debilidad no la sostiene.

En su segunda visita a Uruguay a mediados de abril el filósofo francés Eric Sadin habló de un lenguaje “industrializado” y “con olor a muerto” como una amenaza que surge de la imitación que el lenguaje humano hace cada vez más del de los aparatos gobernados por la Inteligencia Artificial. Éste último es incapaz del asombro, responde siempre lo que ha aprendido y no crea nada nuevo. El predictor de nuestro celular nos escribe la palabra que vamos a escribir antes de que lo hagamos. Hizo sus cálculos estadísticos y su imposición más que propuesta, tiene que ver con ellos mucho más que con una secuencia de pensamiento que no le interesa. El lenguaje humano es todo lo contrario. Supone un acervo lingüístico que nos permite elegir palabras y el conocimiento de una gramática con la que las ordenamos para expresar un pensamiento, pero la próxima palabra será siempre un desafío para quien habla. Es su espacio de libertad.Si el lenguaje humano se vuelve maquinal, será una claudicación tremenda. Si el pensamiento queda encerrado en los casilleros conocidos y previsibles estadísticamente, la derrota no será menor. El asombro es un destello de humanidad.

La ciclovía me parece una buena obra. Hay otras que no me parecen.

 

 

 

 

Publicado en Noticias 26 de abril 2024

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