Por Horacio R. Brum

Para Cecilia Morel, la católica y bien criada Primera Dama de Chile, los destrozos y saqueos que se produjeron en su país fueron cometidos por “alienígenas”, gente de otro planeta, desconocida en el mundo de jardines y limpias calles arboladas donde ella vive. En las estribaciones de los Andes, ese es el mundo de los colegios privados, de las universidades donde la cuota mensual es el doble o el triple del sueldo de un obrero, de las clínicas con equipamiento de alta tecnología y de los supermercados y centros comerciales que nada tienen que envidiar a los de un suburbio adinerado de los Estados Unidos.

Los alienígenas que atemorizaron a doña Cecilia Morel de Piñera viven a poco más de media hora en auto de allí, donde la topografía de Santiago se transforma en unas planicies polvorientas y el poco verde que se ve es mantenido con un agua cuyo costo pesa en el presupuesto de las comunas y mucho más en el bolsillo de los vecinos. También aquí hay supermercados y centros comerciales, pero los colegios públicos crónicamente desfinanciados dan una educación que apenas sirve para encontrar un trabajo mal pagado; el muchacho que se atreva a soñar con ir a la universidad deberá contraer una deuda casi impagable con los bancos que pertenecen a los amigos de doña Cecilia y su esposo, y si alguien de su familia se enferma, podría morir esperando la atención en un hospital público. Aunque muchos de esos jóvenes optan por poner sus esperanzas en un futuro de trabajo honrado, otros toman el atajo del robo y el consumo o tráfico de drogas, para obtener aquello que, según el bombardeo permanente de la publicidad consumista, les dará una identidad. En ellos se reencarna aquel lumpenproletariado que categorizó Marx: una masa informe sin conciencia de su lugar y papel en el mundo, incapaz de adquirir una conciencia política y que reacciona por pulsiones o instintos. El modelo económico chileno, impuesto por la dictadura y administrado sin mayores cambios por los gobiernos democráticos, creó un lumpenproletariado con celulares y esta tecnología símbolo por excelencia del consumismo fue muy útil para organizar los saqueos de tiendas y supermercados. El problema es que ese saqueo no se produjo en los barrios lujosos de la esposa del presidente Piñera, donde también residen muchos políticos de la izquierda descafeinada que se llama progresismo, sino en las zonas donde viven los pobres sobre cuyos hombros recae todo el peso del sistema inventado por los socios civiles de Augusto Pinochet.

Durante demasiados años, los dirigentes chilenos se conformaron con sostener una democracia del consumismo, que funcionó por el endeudamiento permanente de los individuos y las familias. «Los viajes, el turismo, los autos, la computación…se han vuelto más populares. Con ello ha ido cristalizando un tipo de ciudadano-consumidor mucho más receptivo a los códigos del marketing y la publicidad que al ideario de un líder político de antaño» pontificó hace unos años Pablo Halpern, ex asesor comunicacional de los presidente Eduardo Frei y Michelle Bachelet y tenido por un gurú del supuestamente nuevo Chile creado por los progresistas. En su opinión, para tener posibilidades de triunfar en la política hay que hablar el lenguaje de la publicidad y el marketing, porque «las campañas se hacen para ganar elecciones. Y desconocer las nuevas realidades es, sencillamente, tentar la derrota». José Joaquín Brunner, ex ministro de Frei y adalid de la educación privada, opinó alguna vez que «el ciudadano se ha vestido de consumidor. Los antiguos lo desprecian. Pero él repleta el mall panorámico de la ciudad».

En Chile, tal vez como en ningún otro país de América Latina, ha habido un esfuerzo deliberado para esterilizar mentalmente a los ciudadanos, transformándolos en consumidores. Los militares y sus tecnócratas civiles, bien apoyados por los medios de comunicación, tuvieron éxito en hacer creer a muchos que todo es posible en materia de logros materiales. Para el ciudadano- consumidor fue posible tener un auto, comprar todos los símbolos consumistas, tener celular y tarjeta de crédito o viajar con los hijos a Orlando y Disneyworld, a costa de entrar en una espiral interminable de cuotas y préstamos. Se habló de una “clase emergente”, que según los profetas de moda no tiene frustraciones, sino expectativas.

Esa clase emergente es la que hizo de Chile  un líder mundial en depresiones, angustias y enfermedades mentales varias; es la que también ha dado a Chile un buen puesto en la tabla internacional del maltrato infantil y echó al baúl de la nostalgia la tradicional solidaridad de este pueblo. La misma clase explotó ahora, al darse cuenta de que no es posible construir un futuro a fuerza de deudas, de que los ricos se han hecho más ricos mediante los abusos que a diario cometen las empresas contra sus clientes y de que los políticos, ensimismados con la falsa imagen de un país que ellos mismo inventaron, no oyen nada más allá de las paredes del Parlamento o del palacio de gobierno. De las calles y plazas chilenas están saliendo advertencias para los políticos de toda la región. Sobre todo, para aquellos que diluyeron su pasado izquierdista en el balde del progresismo.

La  más importante de esas advertencias  es que no alcanza con construir la prosperidad económica basada en el consumo; la gente sin capacidad de ahorro no puede hacer proyectos de futuro y menos aún si sufre las numerosas formas de precariedad laboral ocultas en el término “flexibilidad”, que tantos economistas difunden. La modernización laboral fue durante mucho tiempo en Chile una excusa para el empleo precario y ahora va en aumento con las empresas electrónicas, como Uber o las de reparto en bicicleta, que hacen trabajar a las personas con escasa o ninguna protección de sus derechos laborales.

Los chilenos también han sufrido el deterioro de la educación pública, en beneficio directo del sector privado. El Estado, bajo la premisa neoliberal de “la libertad de los padres para elegir la educación de sus hijos”, destina cuantiosas sumas a subvencionar la educación privada y así se ha ido perdiendo el efecto democratizante e igualador de la educación estatal, porque los ricos estudian con los ricos, los pobres con los pobres y la clase media con la clase media. Además, muchos establecimientos privados también son focos de adoctrinamiento, ya sea religioso o de las ideas que sustentan el modelo económico.

Si bien en el caso de la izquierda chilena un factor poderoso fue el miedo a Pinochet, quien permitió la apertura democrática a cambio de una cuota de poder y privilegios para él, los militares y la derecha empresarial, este sector pasó en el gobierno por una metamorfosis hacia la socialdemocracia y maquilló el neoliberalismo de “economía social de mercado”. El fenómeno se ha producido en otras partes del mundo, en una ola que comenzó en la década de 1990 con la Tercera Vía del Primer Ministro británico Tony Blair, cuyo partido laborista es hoy una sombra de aquel que construyó el Estado de Bienestar en Gran Bretaña, al terminar la Segunda Guerra Mundial. Algo similar ocurrió con las izquierdas tradicionales latinoamericanas, que fueron perdiendo el contacto con la calle y los barrios populares, convencidas de que era suficiente el progreso económico.

Con una república de consumidores, crece el mercado pero se impone la insignificancia cultural y política en el concierto internacional, al estilo de Taiwán, Singapur o Corea del Sur. El ciudadano se transforma más rápidamente en consumidor en aquellas sociedades en las cuales los intelectuales, los periodistas y los maestros van claudicando en sus funciones de informar, educar y dar ejemplo. Cuando los políticos cambian su discurso según los consejos de los «marketineros» y encuestadores, ceden cuotas importantes de poder al sector privado y convierten a los maestros y profesores en simples formadores de mano de obra, el engendro consumista se multiplica. En algún momento, sin embargo, el ciudadano-consumidor se da cuenta de que el futuro no se compra en cuotas, y lo primero que pide en las calles es las cabezas de la clase política. Otra posibilidad es que, atrincherado en sus bienes materiales, tema y deteste al lumpenproletariado con celular, y compre sin dar cambio el discurso de los que entran a la política para ofrecer la seguridad del fusil y el orden cuartelero.

A modo de conclusión, un párrafo sobre la política de Chile escrito en 1939 por Benjamín Subercaseaux, una de las figuras literarias nacionales más importantes, que bien podría servir para explicar  lo que ocurre hoy en ese país y ser una advertencia en estos tiempos de elecciones uruguayas:  «Un triunfo de las izquierdas en Chile, es igual a un triunfo de las derechas…Cuando un partido de izquierda se ve en el Poder, luego se ‘aderechiza’, con la pérdida consiguiente de los privilegios conquistados y el mantenimiento de las antiguas injusticias».