Por Sebastián Coiro Cantero
A las 5 de la mañana sonó el despertador, habíamos esperado ese día durante muchos meses, era el desafío que nos habíamos propuesto cinco locos lindos, pedalear desde Parque del Plata hasta Paysandú. En el medio apareció José, un apasionado del ciclismo, que una semana antes decidió acompañarnos con su auto para que no nos faltara nada, y que hoy, con el diario del lunes, se lo agradecemos y le valió el apodo de «DT». También Carlos que nos quiso acompañar hasta San José en bicicleta. No habíamos dormido mucho, producto de la ansiedad, pero teníamos todo preparado y pesado, para no cargar peso extra.
A las 6.30 salimos desde Parque del Plata, éramos cuatro, Guillermo, Gonzalo, Carlos y yo. Nos encontrábamos con Ricardo y Marcelo, que venían desde Montevideo y habían salido antes, en el cruce de la ruta 8 y la ruta 11. Al llegar al cruce todo era risas y abrazos, a pesar de que no nos conocíamos mucho entre todos. La única amistad anterior se había forjado en el club Remeros cuando nadábamos juntos con Ricardo y Gonzalo. Una amistad que teníamos desde el año 2002. Salimos rumbo a Trinidad, el viento pegaba de costado y hacía frío. Íbamos un poco rápido producto de la ansiedad y sólo parábamos para ir al baño, cargar agua en las caramañolas o para que el DT nos alcanzara la comida. Así fue pasando la mañana hasta que llegamos a San José, a 130 kms. de dónde habíamos salido, cerca del mediodía. Carlos se quedó ahí y nosotros seguimos rumbo a Trinidad. El viento empezó a pegar de frente y el ritmo bajó. El calor se hacía sentir y nos empezamos a deshidratar rápidamente. Los últimos 40 kms. para llegar a destino se hicieron eternos, los repechos eran largos y no paraban de aparecer en el horizonte. Ya estábamos por completar los 220 kms. del primer día cuando un compañero empezó a tener problemas estomacales. A falta de comida, se mandó unas empanadas que le habían caído mal. Pero pudimos llegar a las 16.30 hs.
El cansancio se hacía sentir, y ni siquiera sabíamos el calvario que nos esperaba el día siguiente.
Nos levantamos y fuimos a desayunar. Recuerdo estar sentado mirando por la ventana y el viento norte doblaba unas palmeras. Atónito, puse una aplicación en el celular que simula una brújula y efectivamente me confirmó que era viento norte. José luchaba afuera en el auto con las puertas que se cerraban por el viento y yo ya me hacía idea de lo que nos esperaba.
Salimos rumbo a Paysandú a 185 kms., último día, ya con menos fuerza, se notaba en el ánimo que el viento nos azotaba por todos lados. Los kilómetros no pasaban, recuerdo ver un mojón con el número km. 220 y a los 20 minutos ver el que decía km. 225. El ritmo era muy bajo, cuando llegamos a una parada a 40 kms. de Trinidad habían pasado 2 horas y algo. El viento doblaba la copa de los árboles y el pasto al costado de la ruta. Creo que en ese momento a todos se nos pasó por la cabeza abandonar el desafío. Veníamos con dolores en la planta de los pies, en las muñecas, otros en el cuello o la cintura. Decidimos apagar la realidad, pensar en blanco, seguir en movimiento. La meta era llegar, no importaba cuando, cómo o por qué. La cabeza nos empezó a jugar una mala pasada, te hacía pensar en los 110 kms. que todavía faltaban o en que íbamos a llegar de noche, en el viento, en que no estabas comiendo bien, en los repechos que se veían como muros, te hacía dudar, etc. En ese momento solo empuja la conciencia, es una llama que nace desde adentro y sigue vibrando y remando contra todo. Así llegamos hasta Young. Hicimos una parada para poder alimentarnos mejor. Y de repente cuando salimos rumbo a Paysandú y que el ánimo era bajo, el viento se puso de costado y el ritmo empezó a levantar. Recuerdo haber hecho varios kilómetros descalzo, porque me dolían los pies, pero venía feliz, disfrutando todo lo que la naturaleza nos había regalado en el camino. Todo el aprendizaje interno y la empatía. Como decía un cartel, el camino es la recompensa, y así fue.
Al llegar nos esperaban amigos y familiares, que estaban más contentos y nerviosos que nosotros, se hacía la noche y se terminaba una aventura increíble. Otra vez había risas y alegría. Otra vez habíamos cumplido un sueño, disfrutando de las pequeñas grandes cosas que te da la vida y aprendiendo a valorar lo que realmente importa.
