Diario 20once: un año, ¿ya? Entre la incertidumbre y la convicción

El tiempo

Por Mauro Goldman

No fue Facebook, no fue X, no fue ninguna notificación automática. El que me lo hizo notar fue José María Brunini, un pilar importantísimo en esta historia. Así, de frente: “che, ya pasó un año”. Y tenía razón. Un año desde que salió diario 20once. Un año que, cuando lo miro en perspectiva, se me mezcla entre vértigo, cansancio y una cuota inevitable de orgullo. Pero como cuesta disfrutar.

La pregunta aparece sola, casi como reflejo: ¿fue una locura? Y no tengo una respuesta cerrada. O mejor dicho, tengo varias y no tengo ninguna potente. Porque si algo definió este proceso fue justamente eso: animarnos a salir de la comodidad, de lo conocido, para meternos en un terreno lleno de incertidumbres. En todos los planos.

No fue una decisión improvisada. Meses antes de la primera edición ya estábamos trabajando, buscando información, armando una base que nos permitiera proyectar el diario como algo sustentable. Sabíamos, por ejemplo, que los avisos judiciales iban a ser una pata clave. Pero una cosa es planificar y otra muy distinta es ejecutar. Y ahí todo se volvió más rápido de lo previsto. Vertiginoso. A veces demasiado. Teníamos —y tenemos— más ideas de las que podemos concretar y esto está bueno, y no siempre el impulso alcanza para sostener ese ritmo.

En ese camino hubo apoyos que fueron decisivos. La imprenta La Prensa de Salto, con José Antonio Cardozo al frente, y todo su equipo. No fue y es solo un proveedor: fue un socio estratégico en el sentido más amplio. También la Organización de la Prensa del Interior y no faltó el asesoramiento del Economista Pablo Borche, que estuvo en esos momentos donde las dudas pesaban más que las certezas. Esas manos tendidas hicieron la diferencia para un director que muchas veces puede resultar “insoportable».

Pero no voy a construir un relato épico porque no lo fue. Hubo dudas, muchas. Hubo momentos en los que nos preguntamos seriamente si tenía sentido seguir. Porque, seamos claros, no somos de los que disfrutan los cambios bruscos ni las aventuras. Y sin embargo, acá estamos, después de haber hecho exactamente eso.

Esa bisagra también incluyó una mirada y apertura distinta del diario. No por razones de conveniencia sino por una convicción y maduración personal.

Lo que terminó siendo parte de nuestra identidad fue en definitiva una mezcla de cautela y audacia. De pensar mucho las cosas, pero igual dar el paso. Desde afuera puede parecer una apuesta arriesgada; desde adentro fue -y es- una convicción.

A un año, no me sale hacer un balance triunfalista. No creo en eso. El diario tiene buena salud. Aprovecho para agradecer a todo el equipo.

También sé que en este contexto nada es definitivo. La vuelta atrás siempre es una posibilidad. Y decirlo no es debilidad, es ser honestos con el momento que vive el periodismo.

Hoy sostener un medio no es solo informar. Es adaptarse todo el tiempo, redefinirse, probar, equivocarse, insistir. Es convivir con la incertidumbre sin paralizarse. Y en ese sentido, si algo rescato de este primer año es que no abandonamos el camino.

Entonces vuelvo a la pregunta inicial: ¿fue una locura? Puede ser. Pero también fue una decisión consciente. Una forma de buscar un lugar propio, en un escenario cada vez más complejo: las jóvenes generaciones no leen 3 mil caracteres ni por decreto.

¿Lo volvería a hacer? Me lo pregunto seguido. Y creo que ahí está, también, la esencia de este oficio, el más lindo del mundo diría Gabo.

Ya casi que no me pertenece. La criatura empezará a caminar. El periodismo sigue más vigente que nunca, quizás cambian las formas.