Texto de Margarita Heinzen

Si bien no he podido seguir al día los eventos que viví en la FIL de Guadalajara, el tiempo transcurrido permite, al menos, ponerle contexto a las cosas.

Una de las escritoras que me daba más ilusión escuchar era la nigeriana “superventas” Chimamanda Ngozi Adichie, de quien había leído varios libros y escuchado una charla TED que se hizo viral “El peligro de la historia única”. Sus libros más importantes son Americanah (2013) y Todos deberíamos ser feministas (2014), que la llevaron a ser considerada una de las voces narrativas más interesantes a ambos lados del Atlántico. Llegó a México una semana después de lo programado, por problemas de salud, y tuve la oportunidad de participar de su conferencia de prensa como corresponsal de 20Once.

Llegó a la sala con un impactante vestido naranja y un gran abanico que agitó todo el tiempo, como consecuencia de “los calores de la edad”, según expresó. Contó que hace más de dos décadas vive a caballo entre su Nigeria natal y Estados Unidos, donde reside. Siempre ha sido portavoz de la idea no quedarse con una única versión de los hechos, no quedarse sólo con la visión de Africa pobre y salvaje o la de los mexicanos y venezolanos narcotraficantes y ladrones, en clara alusión a la idea maniquea que desde Estados Unidos se difunde. Confesó que ella misma había llegado a México, la primera vez, temerosa, esperando un ambiente hostil y criminal y que tuvo que desandar sus prejuicios frente a un pueblo rico en cultura y en generosidad. Incisiva, sonriente y audaz, Adichie habló de la imprevisibilidad de Trump, del feminismo y de literatura.

Reveló que estuvo diez años sin publicar, debido a una depresión por no poder quedar embarazada y que, luego de parir mellizos, había vuelto a escribir Unos cuantos sueños (Random House), novela que llegaba a presentar a la FIL y donde retrata la vida de cuatro mujeres del país africano. No podía nunca imaginar esta bella mujer que solo un mes después perdería al varón del par, un bebé de 21 meses quien, producto de una mala praxis en un hospital nigeriano, dejó de existir.

La perspectiva del tiempo que permite leer las cosas con otro lente. La historia única de África contra la que ella se expresó se le enfrenta, aún a pesar de contar con suficientes medios económicos. Así paga las consecuencias de un sistema de salud de un país expoliado, del cual los médicos huyen y que en la actualidad solo cuenta con 55.000 profesionales para una población de 180 millones de personas. Pareciera que ya no tiene sentido decir nada más. Frente al dolor de una madre que perdió a un hijo anhelado, ¿qué más decir?

Sólo recordar que en México habló de la esperanza:

“Soy una persona que rechaza la desesperación. Lo más esencial para los seres humanos es la esperanza. Sin ella, ¿qué sentido tiene todo? Hoy en día hay jóvenes mucho más conscientes políticamente que antes, y eso me da esperanza. Las personas que demuestran coraje me dan esperanza. Las que defienden lo que es correcto y lo que es bueno. Hay muchas razones para no tener esperanza, pero también hay pequeñas razones para tenerla, y yo me aferro a ellas”.

Y de la literatura como tabla de salvación: “No lo digo porque sea escritora, sino como lectora. Leer una buena novela puede cambiarte la forma de ver el mundo, tu forma de interactuar con él. Una de las cosas mágicas de la literatura es cómo cobramos vida en cuerpos que no son los nuestros. En otras formas de arte estás fuera. La música es maravillosa, pero la escuchas desde fuera. El arte es maravilloso, pero lo miras desde fuera. En la literatura te adentras, y creo que, como lector, miras un problema a través de múltiples ojos porque has imaginado a través de la literatura lo que puede ser. La literatura puede salvarnos, realmente lo creo.

Espero que frente al terrible trance que está viviendo, Chimamanda pueda aferrarse a las pequeñas razones para la esperanza y que la literatura pueda salvarla.