Por Horacio R. Brum

42 años atrás, una Margaret Thatcher envalentonada por la victoria de las fuerzas británicas en las Malvinas, que le había valido la reelección en 1983, decidió que era el tiempo de poner el acelerador a su programa neoliberal y desmantelar el Estado benefactor, cuyas bases habían sido puestas por el partido Laborista, al terminar la Segunda Guerra Mundial. Uno de los primeros blancos del ataque de Thatcher fue la industria del carbón, que aunque estaba comenzando a perder competitividad, era el centro de la vida de numerosas comunidades en el norte de Inglaterra, el sur de Escocia y en Gales. La intención de cerrar unas minas y privatizar otras, sin proveer alternativas de empleo ni aliviar la eventual destrucción del tejido social, desató el mayor conflicto laboral del siglo XX: la huelga de los mineros, que duró un año, entre 1984 y 1985. Los obreros del Sindicato Nacional de Mineros (National Union of Miners, NUM), encabezados por el combativo Arthur Scargill, resistieron -en algunos casos con violencia-, al hostigamiento policial y las escenas de las cargas de la policía montada conmovieron a una sociedad para la cual los policías habían sido siempre un símbolo de orden y protección.

Mediante algunos medios afines, como el diario sensacionalista The Sun, el gobierno intentó instalar la imagen de la violencia de los huelguistas y Scargill fue representado como un extremista de izquierda.  Como le consta a este columnista, que trabajaba en la BBC en esa época, la organización periodística más prestigiosa del país estuvo bajo un permanente escrutinio de las autoridades, para ver si en sus informaciones favorecía a los obreros. En el debate interno de la televisión de la BBC se detectó que los equipos en terreno tendían a informar desde detrás de las líneas policiales, por lo cual se dieron instrucciones para que las cámaras también estuvieran con los mineros.

Otra discusión se planteó en torno al papel del partido Laborista, que nunca lanzó una huelga general solidaria, pese a que la zona minera del norte de Inglaterra era conocida como “la Muralla Roja” por su históricamente inconmovible adhesión al laborismo. La dirigencia de la colectividad se dejó impresionar por el relato de la violencia, Scargill fue criticado por su supuesto radicalismo y no se prestó atención a la opinión de las bases de que el conflicto era una lucha contra los dogmas thatcheristas. Así, el movimiento minero fue quebrado y Thatcher se salió con la suya.  Cinco años después, la “Dama de Hierro” fue obligada a renunciar por su propio partido, porque su rumbo político y económico estaba fragmentando la sociedad. Recién en 1997 pudo el laborismo volver al poder con Tony Blair, quien, a semejanza de los gobiernos democráticos chilenos que sucedieron a la dictadura de Pinochet, se limitó a administrar el modelo económico y tratar de reducir las peores desigualdades heredadas de los años en el poder del partido Conservador de Thatcher.

Como ocurrió en el Chile de los años 80 y 90, Gran Bretaña tenía un crecimiento que daba la impresión de prosperidad. Con la integración a la Unión Europea llegaron muchos migrantes de Europa del Este, una mano de obra de calidad que compitió con los nativos en ámbitos como la construcción y la hotelería, y Londres se convirtió en el jardín de los placeres de los oligarcas rusos, que compraron todas las mansiones disponibles en Kensington, porque allí está el palacio donde vivió la princesa Diana.

Blair pretendió crear una “tercera vía” política, por lo que continuó el alejamiento del laborismo de la izquierda. En marzo de 2000, su gobierno permitió el regreso a Chile de Augusto Pinochet, que había sido detenido por una orden de captura internacional librada por el juez español Baltasar Garzón, cuando estaba en Londres para un tratamiento médico. Las fuerzas británicas participaron en las invasiones de Irak y Afganistán orquestadas por Estados Unidos, otro motivo de divisiones en el partid; estas aventuras en unas guerras que no tenían el apoyo de la ciudadanía, más el hecho de que la solidez de la macroeconomía beneficiaba principalmente a las clases pudientes y la ofensiva del Primer Ministro para reformar el Estado benefactor bajo la premisa de que “se acabó la cultura de recibir algo a cambio de nada”, redujeron la adhesión al laborismo a tal punto que en la Muralla Roja comenzó a aumentar el voto al partido Conservador.

Blair renunció en 2007 y los británicos volvieron a dar al partido Laborista el beneficio de la duda, con su sucesor Gordon Brown. Brown duró apenas tres años en el cargo; continuó con el respaldo a la “guerra contra el terrorismo” lanzada por Washington y durante la crisis económica mundial de 2008, producida por la ola especulativa en propiedades en los Estados Unidos, destinó más de 150.000 millones de dólares a rescatar a los bancos de Gran Bretaña. En 2010, el laborismo tuvo la votación más baja en cuatro décadas y los conservadores regresaron al poder, en una época de auge de los nacionalismos y la xenofobia, que favorecieron el surgimiento del partido de ultraderecha UKIP (United Kingdon Independence Party, Partido de la Independencia del Reino Unido) y la salida de la Unión Europea.

Desilusionados por los efectos de esta última decisión, en 2024 los británicos volvieron a recurrir al laborismo, pero quien llegó al cargo de líder del partido y Primer Ministro fue un hombre que, como abogado de prestigio, había hecho una buena parte de su carrera en el servicio público de los gobiernos conservadores, hasta ganar un título nobiliario: Sir Keir Starmer. Un decidido partidario de Israel en la crisis de Gaza -a contracorriente de las bases partidarias, que no necesariamente apoyan al movimiento Hamas, pero simpatizan con la causa palestina-, Starmer tomó la medida sin precedentes en los tiempos actuales de la  democracia británica de proscribir al grupo Acción Palestina, bajo acusaciones de terrorismo y antisemitismo. La persecución policial y legal de los miembros de esa organización fue condenada por Amnistía Internacional y otras organizaciones de derechos humanos.

Ya en sus tiempos de líder de la oposición parlamentaria, Starmer había comenzado a apartar a su partido de las propuestas más “izquierdistas”, como el aumento del impuesto a las ganancias sobre los sectores de mayores ingresos o la abolición de los aranceles universitarios. Un resultado de ello fue la disminución drástica de los afiliados al partido, y este año, la pérdida del gobierno de numerosas municipalidades en todo el país. Abandonado por sus ministros más importantes, criticado por sus propios parlamentarios y, según algunas encuestas, calificado como el Primer Ministro más detestado por los británicos en los últimos años, Sir Keir Starmer renunció el mes pasado, aunque permanecerá en el cargo hasta que el partido elija al sucesor.

Este casi seguramente será Andrew Burnham, quien fue durante 9 años alcalde del Gran Manchester, uno de los bastiones de la antigua Muralla Roja, y obtuvo recientemente un asiento en el Parlamento. Aunque fue miembro del gobierno de Tony Blair, Burnham se ha movido hacia la izquierda, hasta llegar a rechazar las privatizaciones hechas por Margaret Thatcher y nunca desafiadas por el laborismo anterior, del agua y la electricidad.

No es casualidad que, ante el embate de la ultraderecha en el  mundo, haya partidos progresistas o centristas que están recuperando los valores de la izquierda. En el marco de la caída de Starmer, el columnista del semanario Buenos Aires Times James Neilson hizo este análisis: “Después de la llegada de Tony Blair [el laborismo] se volvió decididamente una organización de clase media, llena de graduados universitarios, empleados públicos y similares, cuyos miembros tienden a despreciar a los que no se dejan llevar por el multiculturalismo y…gustan de agitar el pabellón nacional. Algunos de estos van tan lejos como proclamar que se sienten orgullosos de ser británicos.

Algo similar ha ocurrido al otro lado del Atlántico, donde el partido Demócrata ha sido tomado por progresistas certificados que muy abiertamente desprecian a aquellos que han sido más golpeados por los cambios económicos”.

Andrew Burnham, por el laborismo en Gran Bretaña y Zorhan Mamdani, el alcalde de Nueva York por el partido Demócrata de Estados Unidos, bien pueden representar la vuelta del progresismo a sus raíces de izquierda, apartándose de los años en que, por ganar los votos del centro, ignoró la hábil manipulación que la derecha estaba haciendo de las pulsiones elementales de la sociedad.