La bonita costumbre de recordar de dónde venimos
by Salomón Reyes
Entre las costumbres destacadas del Uruguay, quiebro una lanza, nunca mejor dicho, por la Celebración del Día del Patrimonio. Unas jornadas excitantes que permiten visitar y valorar los bienes históricos y culturales de un pueblo tan singular como el uruguayo.
Celebro también que en este 2026, la temática general, haya puesto el foco en las Raíces Indígenas. Un tema sobre el que se debe seguir discutiendo e investigando pero sobre todo asumiendo que deberíamos hablar de ello, con mayor naturalidad y en voz alta.
El almohadón de plumas
Pero pasemos a otros temas patrimoniales y en especial a los que pueden reconocerse desde afuera.
Si le preguntan a cualquier extranjero qué es lo que conoce del Uruguay, algunas respuestas serán previsibles. Gracias a la masividad de las redes y a la profusión de información circulante, hay figuras y sucesos que ya son parte del imaginario uruguayo e internacional. Pero no siempre fue así.
En la época previa al internet, la verdad es que sobre Uruguay se sabía muy poco. O, mejor dicho, yo sabía muy poco sobre Uruguay.
En mis clases de literatura se hablaba de un tal Horacio Quiroga, que era considerado el precursor de la literatura fantástica latinoamericana. No recuerdo que alguien haya mencionado la nacionalidad uruguaya y mucho menos su origen salteño. En nuestra joven imaginación, Horacio Quiroga vivía en una misteriosa y exuberante selva de América Latina, en un lugar indeterminado.
También había un programa de radio que ponía rock y música potente y que se hacía llamar “El almohadón de plumas”. Comenzaba a las 21 y lo conducía Jordi Soler, un autor mexicano con un montón de libros publicados y hermano de otro monstruo de la literatura: Alvaro Enrigue. Yo siempre creí que el nombre del programa se le había ocurrido a Jordi. Era tan creativo.
Contigo América y El Galpón
Cuando entré al mundo teatral, un día fui a ver una obra en la colonia Nápoles, sobre la calle Arizona. El grupo se llamaba Contigo América y, durante el conversatorio posterior a la función, me enteré que muchos de sus integrantes eran uruguayos. Allí estaban Raquel Seoane y Blas Braidot, junto a varios más.
Más adelante supe que eran exiliados uruguayos y que habían pertenecido a El Galpón, la agrupación teatral con mayor antigüedad de todo el continente. Eso lo supe también en mis clases teatrales.
El Galpón se convirtió entonces en la llave que me permitió acercarme a la historia uruguaya. Tenía que hacer un trabajo sobre la evolución de los grupos de teatro latinoamericanos y fui a buscar material a la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Allí apareció un pequeño libro que narraba la fuga de unos guerrilleros de la cárcel de Punta Carretas. Los llamaban Tupamaros y la descripción de aquella fuga parecía sacada de un guion cinematográfico. Recuerdo que la edición incluía un mapa del túnel que habían construido.
No imaginaba que la búsqueda de información sobre El Galpón, terminaría llevándome a pisar suelo uruguayo por primera vez, en 2004. Llegué a este país para hacer un documental sobre la Agrupación Teatral El Galpón, que estaba por cumplir 60 años. Aquella producción terminó convirtiéndose en material de consulta de la Carrera de Literatura Dramática y Teatro de la UNAM.
Galeano y los Mítines
Aunque no lo parezca tuve una época de militancia. Fue a partir de que el Ejercito Zapatista irrumpió en la escena política y social mexicana en 1994. Los estudiantes de teatro marchamos muchas veces en apoyo al Subcomandante Marcos, a sus irónicas retóricas y a las reivindicaciones de los indígenas en Chiapas y en todo el país.
Eran tiempos intensos en donde se pronunciaron muchos discursos. Quizá demasiados. Y así entre infinitas proclamas y promesas de cambiar el mundo, apareció otro uruguayo notable: Eduardo Galeano, que con su libro “Las venas abiertas de América Latina”, puso el foco poético en el espíritu combativo de aquella lucha desigual.
No menciono a Benedetti ni a Onetti porque para ser sincero no conmovieron mi espíritu y sería falso decir que los leí en aquel entonces. Con certeza, para personas más ilustradas que yo, ambos constituían referencias ineludibles del patrimonio cultural uruguayo.
De cualquier modo es verdad que cada uno llega a los patrimonios por las puertas que encuentra abiertas y a la hora que le permiten entrar. Por eso, parafraseando a un ilustre uruguayo. – Celebremos, celebremos lo que somos y lo que tenemos.
!Feliz día del Patrimonio!
NOTA: Este artículo NO fue escrito con IA. El humor y las ironías pertenecen al autor.
