CINE & MATE

by Salomón Reyes

Asalto frustrado

Hace poco más de un año, nos despabilamos con una noticia estremecedora y casi fantástica. Había sido detenida una banda que planeaba asaltar la fiesta de Halloween que se organiza cada año en el Polo Club de Salto.  Al principio, parecía una broma para celebrar el 31 de octubre, pero, conforme pasaron las horas, tanto los medios como la propia policía, confirmaron los detalles de lo que parecía más una idea sacada de las películas de John Carpenter que de la mismísima realidad.

Las noticias confirmaban la detención de un comando variopinto que asistiría disfrazado a la fiesta de Halloween, organizada en un conocido salón de eventos de la ciudad, con el objetivo de llevarse la recaudación de la fiesta, que prometía ser un gran botín.

La historia me tocaba de cerca porque, como muchos salteños, tenía conocidos que acudirían al Halloween.  Además, fui testigo directo de la detención de parte de esa supuesta banda. Digo «supuesta» porque la historia que contaban las autoridades sobre el complot sonaba tan descabellada que resultaba difícil de creer. Se hicieron mil conjeturas y, poco a poco, también aparecieron las contradicciones. En pueblo chico, la hoguera arde más rápido.

Mis primeros pesos de Halloween

Pero todo tuvo un comienzo. Cuando era niño, salíamos a la calle a «pedir calaverita». Una versión bastante más pobre del trick or treat (dulce o travesura) de los gringos.

Le hacíamos unos agujeritos a una caja de zapatos para que parecieran los ojos, la nariz y la boca de una persona. Dentro metíamos una vela, que pegábamos con su propia cera, y después de pintarnos y disfrazarnos con lo que hubiera a mano, salíamos a la calle a pedir monedas y dulces a todos los adultos que nos encontrábamos. La gente, que ya estaba habituada, metía las monedas por una ranura, como si se tratara de una alcancía. Teníamos que tener cuidado para que la moneda al caer, no apagara la vela, pero, si eso sucedía, llevábamos cerillos (fósforos) para volver a encenderla.

Como éramos chicos, no podíamos ir muy lejos, pero sabíamos que la salida del Metro, que quedaba a cinco cuadras de mi casa, era el mejor lugar para pedir. A eso de las siete de la noche, la calle se llenaba de niños con cajas de cartón iluminadas que simulaban un desfile de pequeños fantasmas.

Otro de los buenos lugares para pedir eran las cantinas. Cantinas mexicanas, claro.  Allí, cada tanto, salían algunos borrachines que repartían monedas entre los niños y las niñas, procurando que a todos les tocara alguna. Los borrachos suelen ser generosos.

La guerra de la calaverita

Lo más temerario que hacíamos era hostigar a las personas para conseguir que nos dieran la preciada moneda. Éramos capaces de seguirlas varias cuadras hasta que, cansadas de la persecución, se llevaban la mano al bolsillo y nos daban cualquier cosa, incluso boletos del Metro. En ese afán persecutorio, podías terminar en alguna calle oscura donde, sí, pedir calaverita podía convertirse en una acción peligrosa.

A veces también surgían riñas entre niños que se disputaban la moneda de algún donante. Nos juntábamos varios y lo aturdíamos a los gritos: «¡A mi señor, a mi señor…!». Y cuando la moneda caía en una ranura que no era la tuya, había dos opciones: o te ibas a buscar otro cliente o le reclamabas al niño que esa moneda era para vos. A veces conseguías que el niño o la niña te la diera; otras, no. Era la guerra financiera de nuestra época.

Los adultos acompañaban, pero, en general, éramos los niños solos quienes salíamos a pedir. Si había un niño pidiendo calaverita más allá de las diez de la noche, significaba que había salido tarde o que en casa estaban muy necesitados.

Nadie hablaba de Halloween

Nadie en mi barrio mencionaba la palabra Halloween. No lo conocíamos. Pero, cuando crecí, descubrí que el Halloween se celebraba entre las clases altas y en los colegios privados, donde se imitaban las costumbres del país norteño.

Con el tiempo, la difusión de la fiesta se extendió y dejó de ser exclusiva de las clases acomodadas para convertirse en una celebración masiva, en la que el disfraz macabro terminó siendo la mejor expresión de la festividad.

Ojo con los disfraces

Con los disfraces también se normalizó el peligro, porque cualquier persona con malas intenciones puede pasar desapercibida y mezclarse entre quienes solamente quieren divertirse.

El cine nos ha mostrado un montón de historias en las que los maleantes utilizan máscaras de Halloween para cometer sus fechorías. Algo parecido a lo que, supuestamente, se pretendía hacer en el frustrado asalto al Halloween de 2025.

La policía desarmó el intento de atraco y reveló la información de como ocurriría, excepto un detalle: ¿de qué iban a ir disfrazados los ladrones?

NOTA: Esta columna no fue escrita con IA. El humor y las ironías son del autor.

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