Alberto Zinno

Por estos días, en nuestro medio, estamos asistiendo a un acalorado debate, que tiene como objeto a “la ciudad”, y como protagonistas a actores políticos, sociales, académicos y vecinos en general. Estos se han ido sumando para aportar su visión sobre futuros posibles para Paysandú, y promover que se transite hacia aquellos más “deseables”.

Lo antedicho, ya contiene en germen la discusión toda, y es que establecer la posición relativa de los protagonistas, definir con precisión el objeto “ciudad” y consensuar de entre lo “acaecible” aquello “deseable”, supone problematizar de forma simultánea en tres niveles diferentes, que se articulan además en una combinatoria compleja.

¿Quién es y que quiere en cada caso el que alza la voz en nombre de la ciudad, del pueblo, del río, de la costa, de los arquitectos o urbanistas?

¿Qué es ese objeto, tan abstracto como real al que referimos como “la ciudad”?

¿Es posible consensuar un horizonte de lo “deseable” dentro del espacio de “lo posible”?

¿Acaso no hay una reciprocidad inevitable entre estos niveles?

A pesar de la complejidad de lo expuesto, juzgamos que es imperativo realizar el ejercicio de dar la discusión. La aparición de este tema en la agenda local, nos tiene como principales animadores y de hecho eclosionó a partir de una propuesta que presentamos (“Distrito Park”), que suponía una mirada territorial y urbana disruptiva, para una porción de suelo de Paysandú.

Esa disrupción se da en el marco de las prácticas territoriales que se vienen llevando adelante aquí, pero debemos señalar que en otras ciudades –en nuestra capital sin ir más lejos- se realizan como parte de las estrategias habituales asumidas por la gobernanza.

Y es que la idea de que el Estado intervenga de forma oportuna, con un rol “constructivo” de la realidad territorial y no únicamente desde practicas pasivas; la idea de que un gobierno conduzca un proceso territorial y se apropie de un área de oportunidad, adelantándose con una toma de partido atinada a la especulación obvia y crasa; encausando la inversión pública y privada de forma de democratizar los beneficios y minimizar las cargas; implica una relectura de los cometidos esenciales de este, que muchos no son capaces de hacer y a otros no les conviene, aunque esté dispuesto por ley.

Es por eso que celebramos el intercambio generado, siempre que este haga emerger nociones, marcos teóricos y referencias epistemológicas, que se utilicen de forma rigurosa y bien intencionada para retroalimentar la mirada que tenemos sobre nuestra ciudad.

Por otro lado, condenamos de forma categórica, aquellas expresiones oblicuas, tendientes a descalificar las propuestas con ataques ad-hominem, o apelando a la emotividad de la población, relegando la racionalidad del discurso a un plano menos importante, en pos de intereses personales o corporativos.

En relación a esto último, la tentación a hablar en nombre de “los sanduceros”, la apología panfletaria a “la inclusión” y “la democracia”, la demonización de la inversión privada, los antagonismos mal compuestos, las citas vagas e inexactas a literatura y los sesgos sobre la normativa vinculante y las competencias del Estado en cualquiera de sus formas sobre el territorio, han sido “cliches” utilizados para embestir de forma ideológica (en el sentido más peyorativo de la expresión).

De igual manera, otra matriz ideológica que observamos, -versión secular de “la caída” bíblica- crea una falsa oposición entre hombre y naturaleza, y una promesa emancipatoria implícita en un entendimiento de la ecología pueril, con tintes primitivistas.

De este dominio de pensamiento surgen ataques muy elementales a cualquier pretensión de “urbanidad”, estigmatizando imaginarios sin necesidad de escrutar contenidos.

Por eso, abogamos por una aproximación más concienzuda y científica al problema de la ciudad.

En esa dirección, recibimos de forma grata -porque confirma que las buenas ideas proliferan a pesar de su entorno- la noticia de que un estudio de renombre internacional estaría desembarcando en nuestra ciudad para realizar una propuesta territorial de la costa.

Esperamos que la definición del alcance de este trabajo, no sea demasiado vaga como para que el producto final termine siendo de esos para archivar. Como ocurre en el arte de autor, el comitente debe estar a la altura del artista; si el encargo es soso el resultado es aún peor.

Para cerrar estas líneas –lacónicas a pedido- con los contenidos requeridos, a modo de apunte, repetiremos las ideas para Paysandú que venimos preconizando desde hace tiempo, y que como una tabla de mandamientos alumbran nuestro desempeño cotidiano.

Aunque parezcan obvias y trilladas; aunque muchos puedan sostener que se viene haciendo; estamos convencidos que no hay un compromiso real del Estado, de los arquitectos ni de la población en general, para desplegarlas de forma integral, porque a la vista están los resultados.

La mancha urbana es una de las más extendida del país junto a ciudad de la costa, proliferan urbanizaciones en propiedad horizontal con anuencia de arquitectos y gobierno, en toda el área periurbana, se sigue invirtiendo en equipamientos e infraestructura bajo la cota inundable en la costa, no hay cartera de tierras en el casco central para la inversión pública de vivienda.

El proyecto de la “ex Paylana” podría ser un ejemplo que contraviene esto y marca un rumbo, pero irónicamente, la gestión fue tan deficitaria, que el gobierno anterior se fue, dejando a las cooperativas en un gran baldío sin infraestructura. No se ejecutó el espacio público prometido, ni las veredas, ni la red interna de ningún servicio. No hay forestación, ni equipamientos colectivos, tampoco se recuperó y resignificó el vacío industrial como estaba estipulado. Cabe señalar que se le cobraron cerca U$S 200.000 por cada lote.

Por tanto, nuestra perspectiva es que sería muy saludable, tratar de aunar esfuerzos desde el lugar que a cada uno le toca, para trabajar los siguientes ejes, integrados en esta suerte de decálogo aforístico, pero procurando defenderlos hasta las últimas consecuencias.

– Consolidar la mancha urbana y densificar.

– Repagar red infraestructural existente subutilizada y ahorrar el costo de su ampliación.

– Abatir las emisiones de carbono colateral a ciudades dispersas.

– Reducir el gasto energético durante obras y uso de los edificios.

– Generar la matriz espacial indispensable para el desarrollo de una economía basada en servicios.

– Promover un ordenamiento territorial capaz de «hacer ciudad».

– Conseguir que la inversión pública redirija inversión privada en direcciones que sirvan al interés general.

– Evitar que la ciudad devenga exclusivamente una decisión de operadores privados, haciendo una toma de partido estratégica.

– Terminar con las inversiones públicas en la costa, bajo cota inundable, práctica que entra en conflicto con el discurso oficial.

– Integrar a Paysandú a una red de ciudades intermedias, a través de la creación de un «cluster» o «hub» territorial, promoviendo movilización demográfica y aumento de su PBI.