La danza la eligió y la llevó por todo el mundo

Es de esas historias que buscamos los periodistas. Por la singularidad, por lo excepcional si se quiere, por la audacia que lleva consigo.
Los padres debemos alentar a nuestros hijos a hacer su camino, a “enseñarles a volar” pero si la historia tiene que ver con una niña-adolescente de 14 años que se va a vivir a otra cultura, bastante lejana a la nuestra, es paradigmática.
Florencia Lamarca lleva 20 años en el exterior, tiene apenas 34 y ha vivido exactamente 10 en Israel y otro tanto en Alemania.
El inicio de esta “aventura” fue en casa de Cultura cuando bailaba con una profesora que venía de Montevideo, Graciela Barbosa. Estudió dos años con ella cuando en ocasión de una presentación Isaac y Nomy, una pareja que vivía en Israel y se encontraba en Paysandú visitando familiares la vieron bailar en Paysandú.
En el momento y lugar
“Fue así que fueron al negocio de papá, (Gustavo Lamarca) diciéndole que vieron a su hija, que les había impresionado y pidieron que la apoyen. Mi mamá aparece en el negocio y les dijo que capaz a ella le gustaría escucharlo de ustedes. Al otro día fueron a cenar a casa. Ellos se pusieron en contacto, a disposición si podían ayudar”.
La interrumpimos a Flor para preguntarle, ¿Crees en las casualidades? Nos cuenta que “en esta historia sí, tenía amigos de la colectividad acá pero no sabía ni donde quedaba Israel, sí tenía pensado ir a Venezuela donde tengo familia y el baile está bien y Buenos Aires era otra posibilidad. Tenía la idea que si quería seguir creciendo tenía que irme, llegué a presentarme en el Sodre pero era solo balet”.
Pasaron 12 meses
“Al año de ese encuentro me fui. Ellos vieron que esta chica quería bailar, apostaron y arriesgaron, hicieron todos los papeles, como que me adoptaron. A los 14 años me fui, en el mes de agosto. En aquellos años no existía mail, nada, solo por carta nos comunicábamos para ver si me conseguían la beca, era aceptar a una niña con 14 años. Fui a un kibutz en el centro del país, además no soy judía, costó entender a la gente del kibutz, al director del Secundario mi historia. Lo tuvieron que convencer. ¿a bailar viene? Era todo raro”.
A 100 metros de su domicilio había una escuela de baile, en el kibutz (granja colectiva).
Un año, fueron 20
“Yo iba con la mentalidad que iba por un año y luego regreso, esa fue siempre la idea. Fue bastante fuerte la adaptación, la comida, el idioma”.
La familia
“A la larga saber que ellos –mi familia- apoyaron, la típica familia italiana, lo sentís cerca, cualquier cosa que puede pasar, tengo un gran respaldo. Sin ellos no hubiera logrado tanto. Una vez por semana coordinábamos para hablarnos por teléfono. Mi hermano mayor Sebastián había ido a Estados Unidos antes que yo, eso me ayudó. Yo era la única sudamericana que estaba en el kibutz. Yo vivía con chicos de mi edad, porque era un internado. Tuve muchos “padres”, como que me querían adoptar. Siempre volvía por dos meses, y yo decía bueno, probemos otro año más, el primer año fue fuerte porque yo había cambiado demasiado, mi mejor amiga me llegó a decir ¿quién sos?”
Ani medaber ivrit (Yo hablo hebreo)
“Y ya hablaba hebreo, tuve 6 meses de hebreo, fue intenso. Un año lo perdí porque no entendía en las clases. Al año me solté para hablar hebreo más fluidamente, con el tiempo llegó un momento que me había olvidado el español. La compañía en la que estoy es muy internacional, hace 7 años que estoy, viajamos mucho por todo el mundo. Ahora estuve en Georgia, en estos días voy a dar un taller en el Sodre, en la escuela nacional, y a enseñar coreografía y repertorio de la compañía. Luego me voy a Nueva York desde acá. Esa es mi movida. Hace 15 años que estoy en esta compañía”.
Por el mundo
“La compañía israelí es muy buena pero más acotada, tenía su estilo y yo quería explorar Europa, y probarme a mí misma. Tenía 23 años estando en Israel y por eso busqué otros horizontes teniendo en cuenta que en Israel tenía otra vez un soporte, amigos, etc. Viví en Viena, Bruselas, haciendo diferentes proyectos y tenía que instalarme, la gente del arte es amorosa, abierta, no son encuentros superficiales. Emocionalmente me afectó mucho porque se viaja bastante, y yo sin tener una base, muchos cambios en mi vida. Una vez que entrás con gente así, muchos de ellos son así. Siempre hice danza contemporánea, moderna, hacemos un baile muy tirado a la arquitectura, trabajamos en museos, cuando están los museos vacíos entramos nosotros y hacemos escenas de baile, vive con nosotros el museo”.
Aquí Deutschland
“En Berlín te sentís rápido en casa. De Israel admiré como viven el día a día, el tema de la guerra como lo toma la mayoría de la gente, apreciar la vida, no andan con boludeces. Eso no existe tanto, es como la gente tiene, porque la realidad es distinta, no es que no viven con miedo. En Berlín hay gente de todo el mundo. Si lográs estar tranquilo, es divino Israel, una gran calidad de vida, me costó irme de allá. Vuelvo a Israel cada tanto, cuando falleció Isaac que fue quien me trajo estuve allá. A Paysandú trato de venir al menos una vez al año pero no en el invierno. La oscuridad es terrible en el invierno alemán. Los alemanes son eficientes, es lo que es, no podés decir, mirá que esto no, cómo funciona el transporte público, todo eficiente pero no rígido, sin estrés. Al principio me parecían muy fríos, cuesta entrar un poco, no es un cliché”.
Aceleramos el encuentro porque el bus partía mientras la madre mimaba a la nena con elaboración propia en la cocina.
Florencia se va a Montevideo, a compartir su conocimiento con 25 bailarines del Sodre, quedando a disposición de Paysandú para hacer lo mismo.
Dispara una reflexión, “En esta etapa de mi vida quiero disfrutar en el escenario”.

Foto de Alfredo Mena.
Nota publicada originalmente en la edición papel en enero de 2016.