Fui a Paysandú la semana pasada en nuestro auto, por ruta 26, con el fin de visitar a mis hijas y mis nietos. Como todos los días de enero que han transcurrido, la temperatura era alta, así que el calor y el sol a pleno llenaban todos los espacios del viaje, y se quiera o no, a pesar del aire acondicionado, viajar en esas condiciones climáticas no es bueno cuando no se tiene un auto adecuado.
No había llevado música, así que para entretenerme mientras manejaba me puse a contar los autos argentinos que venían en sentido contrario, rumbo a Brasil, pero me aburrí pronto cuando vi que venían de a cinco juntos, y la cuenta ya había superado los sesenta y tantos en un tramo no tan largo. Es una deformación verlos solo como autos, como carros blindados oscuros que se cruzan contigo raudamente, como si adentro fueran solamente argentinos, como si no fueran personas. Quizás es por la costumbre de siempre escuchar en las noticias que en tal ruta murieron dos argentinos, o cuatro argentinos, como si fueran otra cosa, y sin tener en cuenta quiénes son, o quiénes quedan detrás. De todas maneras no me explico por qué viajan tan rápido.
De todas formas, nuestras rutas no ayudan a su seguridad de estas familias argentinas, ni a las nuestras, y la experiencia vivida en mi viaje de ida el viernes pasado, y en mi viaje de vuelta, el sábado, es estresante, nefasta y no recomendable.
En un auto 800, y además liviano, no se puede ir muy rápido en una carretera como la 26, y viajar solo, a veces se vuelve tedioso. Sin embargo, cuando hacía un rato había pasado el mojón que decía km 160, comenzó un suplicio que se prolongó hasta el empalme mismo con la ruta 3, ruta que en aquella zona une las ciudades de Paysandú con la de Salto.
Poco después de pasar el empalme con Tambores, un mar de baches se fue abriendo, teniendo que “manejar” de un lado a otro de la ruta y bajar, obviamente, la velocidad. Por momentos la ruta parecía mejorar, pero pronto volvían los baches a gobernar el camino. Hubo momentos que de un lado a otro de todo lo ancho, estaba plagado de pozos, por lo que era inevitable “entrar” en alguno. Y digo entrar, porque cráteres de más de un metro de ancho por más de 20 cm. de profundidad, no se pasan por encima, se entran.
Es así que en determinado momento la ruta se mejoraba y uno entraba a acelerar un poquito, hasta que en determinado momento, frente a mí y a pocos metros, a no más de 80 por hora, toda la ruta estaba plagada de cráteres enormes, por lo que no se podía elegir por cual pasar. No se podía ni frenar ni desviar, porque frenando metiéndose en pozos o desviando hasta la gramilla, era mucho más riesgoso que resignarse a seguir, entonces la llanta golpeó muy fuerte en la rueda izquierda delantera, y pocos metros más adelante el neumático había perdido el aire. A pleno sol, cambié la rueda deshecha y seguí avanzando. Tres o cuatro veces más me metí en pozos, pero a menor velocidad, pero era inevitable. No hay de Fittipaldi que te valga, entrás porque no tenés opciones, y cuando llegué a Paysandú, otra llanta estaba magullada, pero su neumático por suerte no estaba desinflado.
El corazón vuelve al lugar cuando se llega al empalme con ruta 3, donde el camino se vuelve una plancha y se viaja con comodidad, pero el estrés ya está implantado.
En la gomería sanducera me contaron de la cantidad de autos que llegan con sus llantas deshechas, o vehículos que quedan varados en la ruta porque rompieron más de una rueda. Entonces a uno se le ocurre pensar que es vergonzoso, que no podrían existir estas rutas así como están, y que nosotros, los usuarios de las rutas (mis nietos están al final del camino de alguna de ellas), somos los directamente perjudicados porque necesitamos viajar.
De lo que pensarán los conductores argentinos ni les cuento, porque si comparamos ese tramo espeluznante de la 26 con las rutas argentinas y brasileras, el país bananero es el nuestro. Bananero e irresponsable.
Hacia el 2011 el volumen de carga que se desplaza sobre las rutas del país se triplicó, en relación al comienzo del siglo. De ese volumen, el 80% de las toneladas transportadas eran granos y madera, apenas el 13% era leche y un 10% alimentos cárnicos. Hoy continúa en ascenso.
Autoridades dicen que habrá que invertir más de 600 millones de dólares para mejorar las rutas de todo el país, pero quienes conocen estos caminos sabemos que las rutas realmente destrozadas son las que por ellas circulan los enormes camiones con zorras con toneladas de granos y madera.
Se buscan siempre recursos para cubrir el deterioro de las rutas, provocado por las empresas forestales, que se enriquecen año tras año, pero mientras se buscan soluciones, los conductores muchas veces en medio de rutas destrozadas, estamos indefensos. La matriz productiva es avasallante y dominante, parece que no importa el costo de seguir adelante con ella sin medir las consecuencias. Y no digo de cambiarla, sino de arreglar AFE, o las vías hídricas como alternativas, o buscar soluciones humanitarias, porque no solamente el Estado está subvencionando a empresas multinacionales que destrozan un bien público como son las rutas, sino que también las subvencionamos nosotros, con el costo de las roturas de nuestros vehículos muchas veces con menguados bolsillos, o lo que es peor, porque nunca se sabe qué podrá suceder en situaciones límites en una ruta nacional, con el valor de nuestras propias vidas.
Nota de Miguel Olivera Prietto publicada en enero de este año en La Otra Voz de Tacuarembó.