Prof. José Estévez/ Prof. Nelly De Agostini
La tercera defensa de Paysandú (1864-1865, ha sido abordada desde múltiples miradas. Algunos la han analizado principalmente desde una perspectiva localista, no exenta de intereses políticos partidarios. Otros han jerarquizado la heroicidad de los defensores. También se ha tratado como el resultado de los manejos de las potencias europeas en la región. Pero el hecho puede ser mirado desde una perspectiva regional, en relación con variados juegos de intereses que pujaban por el control político y económico en la región.
La región en la década de 1860
La década de 1860 se caracterizó por la consolidación de los Estados nacionales, en procesos políticos que trascendieron sus fronteras. Fue necesario eliminar las diferencias internas y neutralizar los posibles apoyos que éstas tenían en los territorios de los países vecinos. Se generaron luchas que marcaron decisivamente los años sesenta del siglo XIX, y contribuyen a explicar la defensa de Paysandú en el marco de la invasión de Venancio Flores al Uruguay.
Uno de los aspectos claves para entender estos procesos es la falta de un sentimiento de nación, en los diferentes estados platenses. Existían en cada uno de ellos, distintas facciones locales que compartían proyectos más allá de sus fronteras, y establecían alianzas cambiantes y plenas de tensiones. En Uruguay colorados y blancos, en el territorio de la Confederación Argentina liberales y federales, fueron las fuerzas políticas que protagonizaron los principales conflictos de esos años. Mientras en Brasil, la década del sesenta estuvo marcada por la dinámica entre dos partidos, el Conservador y el Liberal.
Como sostiene Nahúm: “…en estas sociedades en formación, en estos nuevos estados recién independizados, el sentimiento nacional era todavía muy débil… Las fronteras nacionales todavía no tenían consistencia, ni jurídica ni dentro de la conciencia de los dirigentes políticos.” (1999, p. 85).
Otro elemento a considerar fueron los problemas de la política interna, vinculados a la extensión de la autoridad central hacia el interior de los diferentes estados. Las fronteras nacionales eran inestables. Aun cuando los tratados definían límites, los intereses de los distintos países por ampliar sus territorios generaban constantes presiones de los más poderosos, para modificarlos y ampliar sus espacios de influencia. Este fue uno de los aspectos clave en la política de Argentina y Brasil, hacia Paraguay y Uruguay.
Además el fenómeno de la militarización ocurrido en la región desde el inicio del ciclo revolucionario independentista, tuvo incidencia en todos los estratos sociales y grupos étnicos que habitaron la zona. Los cuatro países (Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay) enfrentaron en sus primeras décadas de vida independiente largos períodos de incertidumbre, durante los cuales extranjeros, facciones locales o parcialidades de pueblos originarios, confrontaron con la autoridad estatal llegando en algunos casos a la más extrema violencia. Esto impulsó a la creación de ejércitos y armadas profesionales. Pero más allá de esta problemática común, las experiencias de los cuatro países fueron distintas al igual que sus intereses políticos.
El protagonismo que cobraron los ejércitos tuvo consecuencias duraderas en las relaciones entre los estados, y se tradujeron en acciones coordinadas independientemente de las distancias geográficas y las fronteras entre los mismos. Una mirada a las trayectorias de la oficialidad rioplatense en distintos momentos del siglo XIX, es una demostración de esa situación. Las carreras militares de Manuel Oribe, César Díaz o Venancio Flores, quienes exiliados o desplazados de sus cargos, reconstruyeron sus bases de poder en territorios vecinos. En el caso de Venancio Flores su presencia en batallas como Cepeda (1859) y Pavón (1861) al servicio del Buenos Aires mitrista, son un claro ejemplo de esas relaciones trans estatales (Etchechury, 2016).
Otro elemento a ponderar es el factor económico. La idea del progreso era un consenso en el que confluían las élites regionales, aunque no todas lo entendían de la misma manera. La necesidad de fortalecer el impulso de la “inserción nacional” en un sistema capitalista regido por las potencias europeas, no estuvo en discusión. Sí las formas de intervención estatal, y el papel de éste en la articulación de los mercados locales. Además los intereses de los grupos locales, para algunos de los cuales el control de los recursos y de las rutas comerciales, excedían el respeto formal por las soberanías de los nuevos estados (Sábato, 2012). Un ejemplo de ello fue el comercio de Montevideo en la mayor parte del siglo XIX. Los circuitos comerciales de esta plaza trascendieron las fronteras de los nuevos Estados y esto le aseguró mantener una demanda, que compensara las debilidades de un mercado interno reducido. La consolidación de los estados nacionales en la región afectó al comercio de tránsito montevideano, debilitando la hegemonía que el sector mercantil tenía desde el período colonial. Las fronteras políticas no coincidían con las económicas, ya que se articularon de acuerdo a las vías de comunicación existentes, y variaron con las coyunturas políticas de la región.
El conflicto de la Guerra Grande (1839 – 1851) modificó los circuitos comerciales en beneficio de los puertos del río Uruguay. La revolución de los farrapos en Río Grande, canalizó el abastecimiento y la salida de la producción de esa parte de Brasil, por los puertos del litoral uruguayo. Este factor ayuda a comprender el interés de este país por controlar estos enclaves, entre ellos Paysandú.
La política liberalizadora implementada por Uruguay en la década de 1850, le permitió a Montevideo jugar un papel preponderante en la guerra contra el Paraguay. Y se explica por la competencia que sufría del puerto de Buenos Aires, y las medidas implementadas por la Confederación Argentina.
Al decir de Jacob (1996, p.29.): “Cuando comenzó la guerra del Paraguay (1865 – 1870), Montevideo había recobrado la delantera y logró atraer las preferencias de los abastecedores del ejército aliado.”
Ese conflicto regional generó nuevas advertencias de las potencias europeas acerca de la necesidad de la libre navegación. Derrotado Paraguay, Argentina y Montevideo se disputaron la subordinación del comercio paraguayo.
Esto implicó un retroceso del país en el comercio regional, ya que Argentina mostró mayor celeridad en construir la infraestructura necesaria, adueñándose de las viejas corrientes del comercio de tránsito.
El Uruguay en el juego de la búsqueda de hegemonías en la región platense
En el juego de intereses regionales, la mayor preocupación de Brasil se centró en Argentina y el papel que luego de unificada podía jugar en la región platense, neutralizando la hegemonía brasileña y atrayendo a Río Grande del Sur. Esto no implicó la desatención del Paraguay y del Uruguay, países con los cuales aún no había establecido claramente algunos límites.
Respecto al Uruguay hubo siempre una política de influencia, que se fortaleció con la ocupación territorial y la presencia de los intereses económicos de Río Grande en los ganados de la pradera oriental. Cabe recordar los Tratados del año 1851 firmados con el gobierno de la Defensa, y el impacto que tuvieron en la vida política y económica del Uruguay.
Las relaciones con Paraguay estuvieron supeditadas al estado de las relaciones con Argentina. Cuando las rivalidades entre ellos aumentaban, el imperio tendía a aproximarse al Paraguay limando las asperezas que pudiesen tener. Si había acercamiento con Argentina las divergencias se agudizaban. Éstas tenían que ver con dos temas claves, los asuntos limítrofes y la libre navegación del río Paraguay, boca de entrada al Mato Grosso.
En Uruguay la paz de octubre de 1851, que puso fin a la Guerra Grande reflejó los deseos de unidad nacional. La consigna “no habrá vencidos ni vencedores” presente en el acuerdo y la propuesta de defender la independencia y las leyes, reflejan las expectativas que existían en las clases dirigentes.
En este contexto surgieron voces que propusieron la fusión de los partidos en uno que representara a la nación. El principal exponente de esta corriente fue Andrés Lamas, quien en un manifiesto del año 1855 repudió a las divisas y a los caudillos, como responsables de la violencia e inestabilidad política que había vivido el país. Y convocó a la formación de un nuevo partido que se conoció con el nombre de Unión Liberal. Fue la denominada política de fusión. Las divisas también hicieron propuestas en consonancia con los reclamos de paz y orden que provenían de diferentes sectores sociales. Fue la llamada política de pactos o de divisas.
Sin embargo a pesar de las declaraciones, como indica Frega: “… estos años se caracterizaron por una sucesión de motines, alzamientos y rebeliones, donde las acciones represivas de las autoridades y la violencia de los sublevados dieron lugar a episodios que profundizaron aún más los enfrentamientos y fueron dotando de tramas simbólicas de pertenencia a los distintos bandos y agrupaciones partidarias” (2016, p. 80).
Un ejemplo en tal sentido fue la Defensa de Paysandú (1864 – 1865), en el marco de la invasión de Venancio Flores. El episodio mostró las dificultades para el sostenimiento de la independencia e integridad del país. Puso de manifiesto las vinculaciones regionales de los poderes locales, y cómo la consolidación del orden regional platense en beneficio de algunos estados, podía implicar acciones que trascendieran sus fronteras. También fortaleció un entramado de significaciones y reivindicaciones para la divisa colorada (vengar los fusilamientos de Quinteros en 1858) y la divisa blanca (actuar como defensor de la soberanía y la nacionalidad).
La propuesta fusionista tuvo su último ensayo en el gobierno de Bernardo Berro (1860 – 1864), quien intentó fortalecer las libertades cívicas promoviendo la formación del ciudadano, la libertad del sufragio y minimizando el papel de los partidos, a los que no concibió como agrupaciones permanentes. Además impulsó una amplia amnistía que permitiría regresar al país a los sublevados de levantamientos anteriores, proyecto que no logró el respaldo en el Parlamento (Frega, 2016).
Intentó mantener la neutralidad del Uruguay ante los conflictos que ocurrían en la región. En el mensaje del presidente a la Asamblea General en febrero de 1862 sostuvo para Uruguay la necesidad de “… se recogiese a llevar una vida propia, a separar sus cosas de las cosas extrañas, a nacionalizar, digamos así, su existencia y destinos” (Etchechury, 2016, p. 107).
Como contrapartida a la influencia de los grupos de poder de Buenos Aires y Río de Janeiro, buscó un nuevo equilibrio platense acercándose al Paraguay, fortaleciendo vínculos comerciales y gestionando una alianza ofensiva – defensiva.
La lucha final entre Buenos Aires y la Confederación Argentina culminó en favor de la primera, durante el gobierno de Berro en nuestro país. Frente a este episodio el gobierno uruguayo mantuvo la neutralidad, a pesar de un pasado que lo vinculaba a la causa federal. Para el Presidente esa postura era una forma de preservar la unidad nacional y evitar que los orientales, blancos o colorados, se dividieran nuevamente por problemas políticos externos.
La lectura desde la “nueva” Argentina fue otra. Si bien el presidente Mitre reconoció el accionar neutralista de Berro, estratégicamente convenía que el Uruguay tuviese un gobierno más opuesto a las causas federales, como forma de evitar el apoyo a nuevos levantamientos contra su gobierno.
La búsqueda de “nacionalizar nuestros destinos” implicó además una consolidación del poder en el territorio, en particular al norte en la zona de frontera, lo cual generó grandes enfrentamientos con los hacendados brasileños, a los cuales el gobierno imperial buscaba mantener conformes para evitar levantamientos. Éste fue uno de los argumentos esgrimidos por Brasil para apoyar la invasión de Flores.
Los intentos de consolidación jurídica de la soberanía del Uruguay, contrastaron sin embargo con el relacionamiento entre partidos o facciones de ambas orillas del Río de la Plata, que impidieron consolidar la autonomía del territorio.
La invasión de Flores y la defensa de Paysandú, su lectura en clave regional
La invasión se inició el 19 de abril de 1863, y partió del puerto de Buenos Aires en un vapor de la Armada Argentina llamado “Caaguazú”. Es una muestra del respaldo que esta intervención tenía en el gobierno argentino, y los vínculos entre Venancio Flores y Bartolomé Mitre.
Luego del desembarco en la costa del actual departamento de Río Negro (zona del arroyo “Los Caracoles”), se dirigió hacia el norte donde se incorporaron cuerpos armados provenientes de Entre Ríos y Corrientes, de la Argentina, y de Río Grande del Sur, Brasil. El primero de ellos comandado por Gregorio Suárez.
Las reivindicaciones de la Cruzada fueron: el reclamo al gobierno de Berro por no haber concedido una amplia amnistía a los emigrados, vengar los muertos de Quinteros, y defender los derechos de la Iglesia.
Son varios los autores que argumentan la endeblez de estas “banderas”. La falta de amnistía era insostenible frente al decreto de setiembre de 1862, que autorizó la reincorporación de todos los jefes y oficiales emigrados al Estado Mayor, previendo el pago de los salarios anteriores a la baja. En lo que respecta a la defensa de la religión, el episodio con Jacinto Vera se centraba en el desconocimiento del patronato previsto por la Constitución de 1830, más que en una postura anticatólica (Barrios Pintos, 1989).
Al mes siguiente de la invasión, otro episodio agudizó las hostilidades entre Uruguay y el gobierno argentino. Se trató de la detención del barco mercante “Salto” que navegaba con bandera argentina en el río Uruguay, por parte de naves del gobierno uruguayo. Éstas vigilaban el litoral para evitar nuevas invasiones o el envío de armas y municiones a los ejércitos floristas. Esa acción culminó con el decomiso de pertrechos de guerra y la detención del barco. Esto generó el reclamo del gobierno argentino, que se zanjó con la restitución del navío y el pago de una indemnización al armador, por parte del gobierno uruguayo.
Dichos episodios con Argentina provocaron una serie de negociaciones diplomáticas entre ambos estados, que tuvo su punto más álgido en diciembre de 1863, cuando se produjo la ruptura momentánea de relaciones.
Esta compleja situación regional se vio agravada por la postura brasileña. En mayo de 1864 el gobierno imperial presentó al gobierno legal del Uruguay, una serie de reclamos por daños y perjuicios sobre sus súbditos en territorio del Estado Oriental. El rechazo de los mismos, fue uno de los factores que explica la presencia de los ejércitos brasileños con tropas al mando de Souza Netto y Menna Barreto, como uno de los apoyos fundamentales en la invasión florista. También los suministros de caballadas y la presencia de navíos brasileños en el río Uruguay, al producirse el sitio a Paysandú. Desde el mes de setiembre el control fluvial por parte de cañoneras brasileñas se había incrementado. Un ejemplo de esto fue la persecución y tiroteo que algunas de ellas hicieron al vapor de guerra nacional “Villa del Salto”, y el bloqueo que impusieron al puerto de Paysandú en noviembre de 1864.
El acuerdo formal entre Flores y el gobierno de Brasil se había efectivizado en octubre de 1864, a través de intercambio de notas. Por ellas Flores se comprometía una vez asumido el gobierno, a atender los reclamos del gobierno imperial.
El ultimátum del Brasil al gobierno del Uruguay no sólo generó reacciones a nivel local. También el Paraguay elevó una protesta formal ante el Imperio considerando que cualquier empresa militar en territorio del Uruguay, sería considerada como un atentado al equilibrio platense.
Una vez producida la invasión brasileña, el ejército paraguayo inició sus acciones militares en el Mato Grosso, lo cual provocó el estallido de guerra con Brasil. Entre las razones de Paraguay para realizar ese ataque, cabe mencionar la existencia de miles de cabezas de ganado en esa zona, que podría utilizar para abastecer a su ejército. Apoderarse de posibles depósitos de armamentos construidos por las tropas brasileñas, y asegurarse un enclave de avance en las disputas limítrofes que Paraguay tenía con Brasil. Es posible que se esperara una campaña breve, después de la cual se podrían redireccionar las fuerzas hacia Uruguay.
Este era el contexto regional, al producirse el ataque a Paysandú a fines de 1864. La ciudad era un enclave comercial prioritario en las redes de tráfico regionales por el río Uruguay. Era estratégicamente trascendente como punto de llegada del posible apoyo paraguayo o de cualquier otro aliado, quienes tendrían que entrar por el oeste. Además los territorios “del otro lado del río” eran dominio del general Urquiza, en quien algunos actores aún tenían esperanzas de otro posible aliado. Estos factores incidieron en el interés del gobierno del Uruguay por mantener ese enclave.
Pero Paysandú también era valioso para el gobierno imperial. Su control permitiría un apoyo a la marina de guerra, y abrir las rutas al norte como forma de establecer una comunicación más fluida con los territorios imperiales. En el mes de octubre de 1864, Flores intercambió notas con el vicealmirante brasileño, el barón de Tamandaré, para que su escuadra remontara el río Uruguay. Se aprovechaba que el control blanco sobre el norte era débil. El régimen de Montevideo solo mantenía posesión sobre Paysandú y el puerto de Salto, un poco más al norte. Pero este último fue tomado por las tropas floristas a fines de noviembre. Inmediatamente después las tropas de Flores con el respaldo brasileño, iniciaron el sitio a Paysandú.
Al decir de Whigman (2011, p. 541): “El mes de resistencia de Paysandú alcanzó proporciones heroicas en Uruguay, no tanto por su duración (Montevideo, después de todo, había soportado un sitio de nueve años en los 1840 y principios de los 1850), sino por su resultado trágico, que en gran medida tuvo que ver con nociones populares de lealtad y autosacrificio”.
La reconfiguración regional después del sitio y toma de Paysandú
La caída de Paysandú implicó en cierto sentido para Flores y los colorados, una venganza de los muertos de Quinteros. Pero la ejecución de Leandro Gómez y otros jefes tuvo repercusiones más allá del enfrentamiento entre las facciones locales. Brasil no pudo deslindarse totalmente de ese hecho y dentro del Imperio fueron varias las voces que cuestionaron este accionar.
En Argentina la situación fue oportuna para potenciar los sentimientos negativos hacia el país norteño. Sobre todo en la zona del litoral, donde varios medios de prensa atacaron la conducta de los invasores. El periódico “El Paraná”, en un suplemento especial publicado el 4 de enero de 1865, expresaba en uno de sus artículos: “Ayer cayó Paysandú en poder de los brasileros después de 32 horas de una resistencia más que heroica. Sin embargo según un ayudante del General D. Leandro Gómez cayeron por una felonía propia de los brasileros… los bárbaros traidores e infames brasileros degollaron al General D Leandro Gómez, a los comandantes Braga y Sierra…” (Tavani, 2003, p. 144).
Esas manifestaciones eran problemáticas tanto para Mitre como para Urquiza. Al gobierno mitrista se le hacía más difícil mantener la fachada de neutralidad. El Presidente todavía trataba a los colorados como sus protegidos, pero sus acciones y las de sus aliados brasileños socavaban su influencia en el Litoral.
Para Urquiza, la situación era peor. Su inacción era interpretada como una contribución a la derrota de los blancos, y un debilitamiento en los vínculos que hasta ese momento tenía la facción federal con la divisa del Uruguay. Entre Ríos estuvo al borde de una rebelión, Urquiza debió controlar la ira de sus propios partidarios entrerrianos, y recurrir a todas sus amenazas y habilidades diplomáticas, para mantener a otras provincias a raya. Sabía que una acción violenta de su parte implicaría una abierto quiebre con Buenos Aires.
La caída de Paysandú le presentó un dilema al Paraguay. Por un lado proporcionaba más fuerza a la posibilidad de una intervención paraguaya, por otro su aliado en el Uruguay quedaba sumamente debilitado.
En febrero de 1865 luego de la caída de la ciudad de Paysandú, derrotado el ejército legal del Uruguay, el presidente del Senado, Tomás Villalba firmó la rendición ante las tropas floristas.
La nueva situación del Uruguay generó un nuevo escenario en el río de la Plata. Al decir de Whigman sobre Argentina: “El presidente enfrentaba una situación doméstica complicada. Su gabinete de ministros había sido demasiado procolorado y sus propias inclinaciones favorables hacia el Brasil eran ampliamente conocidas. Muchos en Buenos Aires habían celebrado la caída de Montevideo y urgían a Mitre ir ahora contra los paraguayos. Pero en la Argentina en su conjunto todavía existía mucha simpatía por el ahora difunto gobierno blanco. Las victorias brasileñas en la Banda Oriental habían hecho que tales sentimientos se reenfocaran en favor de Solano López, cuyo ejército todavía aguardaba órdenes en las Misiones” (2011, p. 575).
La reconfiguración del poder en el Uruguay había concluido una etapa, pero otra estaba a punto de comenzar: la guerra entre el Paraguay y el Brasil. Ésta podría adquirir un desarrollo pequeño o grande, dependiendo del rol de la Argentina, para quien mantener una neutralidad era casi imposible.
Si bien las rivalidades entre estados o las aspiraciones de cada gobierno de afirmar su soberanía y asegurar sus fronteras, fueron clave para explicar las fricciones entre ellos, también algunas coyunturas podían inclinar la balanza hacia la conveniencia común. A pesar de la desconfianza de Argentina hacia Brasil, el ascenso liberal en Río había generado una corriente de afinidad ideológica con Buenos Aires, y el nuevo poder establecido en el Uruguay en manos de Venancio Flores.
Planteada la guerra entre Paraguay y Brasil, Argentina mantuvo inicialmente la neutralidad. La postura pro Brasil de los sectores liberales de Buenos Aires no tenía eco en muchas provincias, donde se veía en el Paraguay un posible aliado en la lucha con los liberales. Mitre y Urquiza si bien no dejaron de actuar en función de los intereses de sus facciones, rechazaron una alianza formal en el conflicto declarado.
Ese equilibrio se fracturó cuando Paraguay solicitó a Argentina permiso para pasar tropas por su territorio, con la finalidad de invadir Río Grande del Sur, y ésta lo negó con el argumento de la neutralidad. Dicha situación generó la reacción paraguaya, que declaró la guerra a Argentina en marzo de 1865. El posterior ataque y ocupación de la ciudad de Corrientes, exacerbó los ánimos guerreros y nacionalistas en Buenos Aires, y favoreció al acercamiento con Brasil.
El 1º de mayo de 1865 los representantes de Argentina, Brasil y el Uruguay suscribieron en Buenos Aires el Tratado de la Triple Alianza[1], a través del cual se conformó un acuerdo ofensivo – defensivo contra el Paraguay.
Los firmantes sostuvieron que el gobierno de López amenazaba la paz y la seguridad de sus respectivos países. Dado que la guerra estaba dirigida específicamente contra López y no contra el pueblo paraguayo, los aliados expresamente aceptaban la ayuda de todos los paraguayos amigos (artículo 7). De hecho, una Legión Paraguaya (anti-López) se había organizado en Buenos Aires con ese propósito. Los aliados se comprometían a respetar la independencia, soberanía e integridad territorial de la República del Paraguay. En tal sentido se garantizaba al pueblo paraguayo la elección del gobierno, sin que ninguno de los aliados lo anexe, o le imponga su protectorado como resultado de la guerra.
Este acuerdo se mantendría en secreto hasta que se lograra el objetivo principal del mismo, así se establecía en el artículo 18. Pero había otros puntos que beneficiaban ampliamente a los futuros vencedores. Estos lograban la totalidad de sus demandas territoriales sobre el Paraguay, zanjando en su favor las disputas limítrofes anteriores. Y la libre navegación de los ríos Paraná y Paraguay. De esa forma los resultados del conflicto generarían un nuevo equilibrio regional, en el que se reforzarían los sectores dominantes de Buenos Aires y Río de Janeiro.
A modo de cierre
Estamos a pocos días de conmemorar un nuevo aniversario de la caída de Paysandú, el 2 de enero de 1865. La ciudad resistió treinta y tres días de ataques de poderosos ejércitos, y de la armada más grande de la región, al mando del Barón de Tamandaré.
Si se considera el entramado de intereses regionales que pretendió explicitar este artículo, el hecho y el papel de los defensores adquiere una relevancia mayor. En los sucesos del sitio y la defensa hubo mucho más que una lucha ideológica entre divisas. Fue expresión de ambiciones de los poderes regionales, no exentas de personalismos.
En Paysandú se daba paso a un escenario distinto; de la batalla campal montonera se pasaba a la lucha urbana, con el ingrediente de la modernidad militar aportada por los extranjeros y el afianzamiento de la dependencia económica. Esto alcanzaría una dimensión mayor en la guerra contra Paraguay. Tal complejidad contribuye a exaltar las acciones de los defensores de la plaza en defensa de la soberanía.
Finalmente nos hace reflexionar en hechos de nuestros días que parecen irracionales. Detrás ellos, como en aquel entonces, subyacen poderosos intereses que no son precisamente los que dan respuesta a los anhelos de los hombres comunes. Aquellos por los que luchan diariamente tantos hombres y mujeres, como los caídos en Paysandú en un lejano 1865.
Bibliografía
Barrios Pintos, A. (1989). Paysandú: Historia General. Tomo II. Montevideo: Rosgal.
Etchechury Barrera, M. (2016). Uruguay en el mundo. En G. Caetano (Dir.) Uruguay. Revolución, independencia y construcción del Estado. (pp. 87 – 131). Montevideo: Planeta.
Frega, A. (2016). La vida política. En G. Caetano (Dir.) Uruguay. Revolución, independencia y construcción del Estado. (pp. 31 – 85). Montevideo: Planeta.
Jacob, R. (1996). Más allá de Montevideo: los caminos del dinero. Montevideo: Arpoador.
Nahum, B. (2009). Manual de Historia del Uruguay 1830 – 1903 (7ma. ed.). Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental.
Sábato, H. (2012). Historia de la Argentina 1852 – 1890. Argentina: Siglo XXI editores S.A.
Tavani, O. (Comp.). (2003). El sitio de Paysandú desde “El Paraná”. Buenos Aires: Impresos Gráficos.
Whigman, T. (2011). La Guerra de la Triple Alianza. Causas e inicios del mayor conflicto de América del Sur. (Volumen 1). Paraguay: Taurus.
[1] Disponible en: http://www.lagazeta.com.ar/triple.htm Consultado el 13/12/2016.
