Escribe Julio Scarmatto Bernasconi
A pesar de escuchar a muchos, demasiados, siempre con la misma cantinela, entiendo que un Estado no es ni nunca debería ser un negocio. Su eficiencia, su productividad no debería medirse por la ganancia económica sino por el bienestar de su gente, su igualdad de oportunidades, su contención a los menos privilegiados, su planificación a futuro, en conjunto y solidariamente.
El mercado, al cual no le niego su función en la organización social moderna, no es nunca la clave para un desarrollo integral de un país, es solo una herramienta, una más entre tantas.
Décadas atrás con el principal argumento que AFE daba perdidas, se pregonaba desde todos los medios su desmantelamiento, todo en aras de no perder dinero, hasta que finalmente se cerró el servicio de pasajeros y el de cargas pasó a ser insignificante.
El ahorro que iba a producir su cierre nunca lo vimos, ni las escuelas y hospitales que siempre dicen que se podrían construir con los millones que se pierden en alguna actividad, nada mejor que un poco de sensiblería barata preocupándose por algo a lo que nunca atendieron.
Lo que sí ocurrió fue el aislamiento de casi todos los pueblos del interior profundo, su ahogamiento económico y social. No se estancaron, empezaron a desaparecer. La emigración a las ciudades fue inexorable, la mayoría cayendo en la marginalización en la periferia de la ciudad, agravando con el devenir del tiempo y la pérdida de oportunidades, en un problema social complejo. Por una decisión política pensando en el dinero, de un momento a otro dejaron de ser personas dignas en sus pueblos para ser excluidos en la ciudad.
El perjuicio social y económico que tuvo el país en su conjunto, terminó siendo por lejos varias veces superior a la perdida diaria que horrorizaba a los genios económicos de entonces.
Aquel compatriota que a lo largo del esfuerzo de una vida tenía su casa en un pueblo del interior, perdió de la noche a la mañana su valor, quien va a comprar una casa en un pueblo camino a ser fantasma, lo que se ahorraba en vías se dilapidó reparando rutas y dándole el negocio a consorcios cobrando peajes, el aumento de la producción agropecuaria y forestal saturó las rutas, ya intransitables por falta de mantenimiento, cobrándose varias vidas humanas en accidentes, pero nos ahorramos un puñado de dólares que nunca vimos cerrando el ferrocarril.
A pesar del vendaval que provocó el cierre de los ferrocarriles en tantos pueblos, muchos se han empeñado en sobrevivir, con todo en contra, sin trenes, con escaso y pésimo servicio de ómnibus, con pésimos servicios sanitarios, con mayores dificultades para enviar a los chicos a la escuela o al liceo, con empleos escasos y mal remunerados, siguen defendiendo su lugar, su estilo de vida, su dignidad.
Pero por aquello que el hombre tropieza dos veces con la misma piedra, ahora vamos por cerrar sucursales del Banco República en pueblos del interior, con el novedoso criterio de no ser rentables. Si no te gusta la sopa, 2 platos.
Algún día podremos entender que con esta modernidad a escalas, ningún servicio va a ser rentable en un pueblo pequeño perdido en el interior profundo, pero que ese pueblo es inmensamente necesario, no solo para sus habitantes sino para el desarrollo del país y que debemos realizar el mayor de los esfuerzos para mantenerlos con vida, porque en esa existencia también va la vida de todo el país.
Una escuela rural con 5 alumnos también da perdida, la cerramos y que vayan a otro lado. Un liceo para 100 alumnos también da perdida, lo cerramos y que vayan a otro lado. Una cama de CTI para 70.000 habitantes da perdida, llevemos al paciente a otra ciudad. Trasladar a un paciente grave da perdidas, que rece a ver si se cura. Pagar jubilaciones da perdidas, que no se jubilen. Los cincuentones van a dar pérdida, esperemos que se hagan ochentones.
En esta modernidad exitista y “exitera” si no das ganancia, es tiempo que desaparezcas, rápido y sin molestar a los exitosos.
