Graciela Ruth Paz

De un tiempo a esta parte se percibe un enojo de un sector de la población que tiene su origen en otro colectivo al cual se le reclaman más obligaciones y no tantos derechos. No es la clásica lucha de clases, no son las capas medias o bajas sintiendo envidia o reclamando desprendimiento  económico de los más poderosos económicamente, se trata de estar mirando con los ojos de quienes trabajan, aportan y han enfrentado todas las reformas progresistas (algunas de gran peso para el bolsillo de los asalariados formales) el deterioro de los sectores más vulnerables para los cuales un día si y otro también se están destinando recursos, transferencias monetarias y planes sociales sin contrapartida alguna.

La percepción de quienes comparan su esfuerzo con el rédito de “los vagos que mantenemos”, es  que en tres administraciones con viento a favor, mayoría parlamentaria y muy buenas intenciones en materia de políticas sociales, la sociedad uruguaya se enfrenta como verdaderos enemigos de clase y ya no pidiéndole a los que más tienen (y hay sectores que realmente han estructurado y cimentado una economía sólida, fuerte, aumentando con creces sus ganancias) sino solicitando rendición de cuentas a los que han pagado más cara la crisis de los años de neoliberalismo, la debacle de los 90 y el 2002, estos son los adolescentes que hoy tienen 15 años que se deslumbran por un celular, por una moto, por tener “su chica” y a los que les queremos convencer que el liceo es un mal necesario, un trámite invariable, un escollo que deben sortear, pero que al fin de cuentas siempre pasarán.

La cuestión ética y moral es si estamos a tiempo de convencer a un joven por ejemplo, que ganar $ 18.000 (con suerte) en un empleo seguro, de lunes a domingos de 7.oo hs. A 23 hs. (rotativo claro, y no más ocho horas, pero casi a la orden como en los supermercados) o a una señora que puede obtener más o menos el mismo salario haciendo tres o cuatro limpiezas y moviéndose por su cuenta de un domicilio a otro (con buena presencia y mejores modales), que no tener nada formal, entrar al submundo de los negocios ilegales (en Montevideo ya hay mujeres liderando el negocio de la droga) y al no tener nada regular con dos asignaciones familiares y una pensión obtener un ingreso mensual aún por encima del salario mínimo nacional. Como se presenta una joven para un trabajo si a los 20 años ya ha perdido sus piezas dentales (vamos María  Auxiliadora!) y no es exagerado, hace poco una maestra me comentaba que tenía niños en un 5to. año que iban rabiosos de dolor, con sus molares ya permanentes muy cariados. ¿Cómo cambiamos la pisada si para una adolescente un hijito es un signo de identidad, de pertenencia y una marca de respeto en hogares donde cuidan los hermanos y los hermanos de los hermanos y muchas veces son víctimas de abuso puertas adentro, pero embarazadas se impone aunque no se crea, ¿una mayoría de edad sin cumplirla?

¿Cuándo consigo trabajo si digo donde vivo? ¿Como aprende un niño en la escuela cuando en su barrio suenan todas los noches los tiros y de día las sirenas de la policía? ¿Construye realmente su identidad ir todas las semanas al centro de reclusión con su mamá o su abuela y sus hermanos haciendo la fila, siendo revisados hasta la humillación para ver a su papá? Padres que entran y salen de la cárcel y saben que es ir y volver.  El “modelo” es el que entra y sale de la cárcel. ¿Cual es el mensaje para esa mamá que al llamar a la emergencia por una pequeña, la doctora le contesta que no va, que “se la traigan”, a las 2 de la tarde?

Imaginen de noche. Y ya hay servicios que no van a determinados barrios, y pronto no encontraremos maestras que quieran dar clases en las escuelas estigmatizadas y despobladas de algunas zonas. El temor hacia el otro. La diversidad como problema y no como oportunidad. Las nuevas palabras para justificar las dificultades, familias ensambladas, hogares monoparentales, primera infancia, contexto crítico, globalización. Perpetuar la pobreza, el hostigamiento, la marginalidad en función de “no es fácil”, hay que trabajar con ellos, y si no tienen nada del estado, ¿qué?

¿Cuánto influye realmente en la economía de los hogares de menores ingresos mantenerle el precio de recarga de la garrafa de supergás a partir del 1° de febrero (A partir del 1 de febrero el precio de recarga de la garrafa de 13 kg será de $ 565)?

Dejando de lado que el trámite para hacer del reembolso de la diferencia de precio aplicable a estos sectores (estos beneficiarios recibirán una devolución de $ 74) no es tan simple ni automático, parece una medida simbólica, un aplauso para la tribuna, casi un oportunismo (me guardo demagogia). En muchos hogares vulnerables ya no se cocina. No hay olorcito a comida de olla en las calles polvorientas, si lo hay de humo de escape de moto, de basura quemada que no termina de desaparecer (ese humo tóxico de plástico y ropa).

La sociedad uruguaya se está reproduciendo en las clases sociales más vulnerables. Los niños uruguayos están naciendo en estos hogares con servicios públicos deficientes (y que no pagan con instalaciones precarias y defectuosas) en viviendas igualmente de precarias que se expanden hacia el frente hacia el fondo hacia los costados, donde conviven tres o cuatro generaciones (ya hay bisabuelas de 50 años) familias supernumerarias y móviles con sus padres ausentes por omisión o por cuentas con la justicia y otro toma su lugar y los hermanitos y la abuela de los primitos y la cuñada que es la novia de uno de los tíos, pero que no está.

No es el capitalismo que nos hace disidentes de la empatía con otros uruguayos, es el magro resultado de los cambios que nos ilusionaron. Estas familias confinadas durante años a la resignación de igualdad de oportunidades legítima no conquistan lo fundamental que es  aspirar a un mejor vivir, a no estar jugados a los catorce años como para cometer un homicidio, a generarle las ganas de compartir espacios de inclusión y de adaptarse a las normas de convivencia  en el entendido que también  tienen obligaciones. Mientras tanto es urgente trabajar para que no sean ni se sientan ciudadanos confinados a guetos (que solo resuenan en los mega operativos de saturación de la Republicana). Muchas veces parece que a los niños que nacen en estos entornos les estamos diciendo “suerte en pila”. “A mi todo me cuesta mucho”. Y esto es trágico. De ambos lados de la frontera ideológica.