Por Horacio R. Brum
El 9 de noviembre se cumplen 80 años de la Kristallnacht, la noche de los Cristales Rotos, en alemán. Probablemente no son muchos los uruguayos que recuerdan lo que ocurrió en esa fecha, y menos aún los jóvenes. La “educación para el mercado de trabajo”, ese eufemismo para la mano de obra barata, creado por los neoliberales y aceptado por los progresistas, ha ido devaluando la enseñanza en los liceos de la Historia, la Filosofía, la Literatura y otras materias que otrora tenían el propósito de formar seres humanos integrales, pero el recuerdo de la Kristallnacht nos atañe, porque las ideas que la causaron no son tan ajenas a nuestra realidad.
En esa noche del otoño alemán, cuando Uruguay estaba recuperándose de la dictadura de Gabriel Terra, el régimen de Adolfo Hitler pasó de la persecución legal de los alemanes judíos, iniciada con las leyes de 1935 que los convertían en parias, a las acciones violentas que culminaron con la Shoá u Holocausto. Las tropas de asalto nazis, con el apoyo o la indiferencia de la población civil, atacaron los comercios, viviendas y templos de la comunidad judía y provocaron decenas de muertes. Algún tiempo después se iniciaron las deportaciones en masa a los campos de concentración.
Poco se conmovía en ese entonces el mundo por lo ocurrido en Alemania. Uruguay estaba construyendo la represa de Rincón del Bonete, en un convenio con el gobierno nazi para pagar la obra con exportaciones de alimentos (Hitler mandó un telegrama de felicitaciones cuando se puso la piedra fundamental); dos años antes Terra, con el apoyo de los blancos conservadores encabezados por Luis A. de Herrera, había promulgado una ley que terminó con la inmigración de puertas abiertas y afectó directamente a los judíos refugiados del nazismo. Por otra parte, había sectores que no disimulaban su antisemitismo. Un editorial de 1937 del diario montevideano La Tribuna Popular, propiedad de una familia blanca y muy católica, expresó que “ya tenemos en el país judíos de sobra…ello plantea un grave problema y atento a que la amenaza de que la colonia semita aumentará con grandes núcleos extraídos de los grupos expulsados de Alemania, cabe la adopción de medidas tendientes a evitar ese aumento a todas luces perjudicial”. Este medio sostuvo también que judíos y comunistas “son todos uno”, tal como lo harían las dictaduras militares de la región cuarenta años más tarde. El Debate, diario oficial del partido Nacional, tampoco evitó los prejuicios antisemitas: “Implacable debe ser la campaña en contra de los elementos perturbadores…son principalmente los elementos extranjeros los empeñados en tan odiosa actividad…corridos de sus patrias, turbados por el peso de una conciencia apostrofada en los embates del diario batallar, son los que así proceden contra los hijos de esta tierra pródiga en afectos sinceros”. El Debate morigeró su discurso debido a las manifestaciones formales de disgusto de parte de la colectividad judía, pero lo cierto es que fue El Día, fundado por José Batlle y Ordóñez, el que tuvo más solidaridad con el sufrimiento de los alemanes judíos y en la política, el partido Colorado batllista, así como los comunistas y socialistas denunciaron activamente a la dictadura de Hitler. Correspondió al gobierno colorado de Alfredo Baldomir romper las relaciones con Alemania en 1942 -a costa de complicar las obras de Rincón del Bonete- y declarar formalmente la guerra al nazismo a comienzos de 1945.
Pocos días antes del aniversario de la Kristallnacht, el 26 de octubre, falleció en Chile Ana González de Recabarren. Tampoco es probable que los uruguayos sepan mucho de ella, una de las fundadoras de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. En 1976, las fuerzas de la dictadura pinochetista se llevaron a sus dos hijos y a su nuera embarazada; al día siguiente detuvieron a su marido, que había tratado de encontrarlos. Ana se quedó sola con un nieto de dos años y emprendió una búsqueda que duró más de cuatro décadas, sin obtener resultados, a pesar de que incluso escribió una carta a Augusto Pinochet para tratar de despertar algún sentimiento de compasión.
Los nazis también hicieron desaparecer familias enteras, judías y no judías, y montaron un régimen del terror precursor de las dictaduras militares latinoamericanas. Sin embargo, por estas tierras nos cuesta reconocer las formas del nazismo que estuvieron entre nosotros y que pese a la vigencia de la democracia, siguen acechando bajo la superficie de las sociedades. Paysandú lo descubrió con horror, cuando alguien que hoy pasa por loco dijo que iba a “matar un judío”, sin que nadie lo tomara en serio.
El domingo 28 de octubre, Brasil dio sus votos a ese nazismo larvado. Como Hitler, Jair Bolsonaro prometió seguridad, estabilidad económica y la restauración moral de la patria; el precio a pagar en valores democráticos no importó a una mayoría de los ciudadanos y una figura que hunde sus raíces en lo más sangriento de la historia contemporánea de América Latina ha recibido la bienvenida de gobiernos como el de Chile, cuya presidenta del partido mayoritario del oficialismo lo visitó durante la campaña electoral, o Argentina, donde Mauricio Macri estuvo entre los primeros en felicitarlo. También el presidente uruguayo felicitó a Bolsonaro y una analista argentina del diario Clarín escribió que el desprecio por el Mercosur manifestado por el nuevo presidente de Brasil está en coincidencia con colegas como Macri o el paraguayo Abdo, “pero sobre todo con el uruguayo Tabaré Vázquez, quien desde su primera presidencia pedía lo que todos piden ahora: «Flexibilizar el bloque» para insertarse al mundo”.
En 1933 el nazismo llegó al poder en Alemania porque las izquierdas, enredadas en los conflictos entre moderados y radicales, fueron incapaces de presentar un frente unido y satisfacer las ansias de estabilidad política, social y económica de una población predominantemente burguesa. Algo parecido sucedió en la América Latina de los años 70, especialmente en aquellos países con un extendido apego a los valores conservadores de la clase media (hay que recordar que Salvador Allende quiso hacer su experimento de la vía pacífica al socialismo con menos del 40% de los votos). Ya en nuestros días, los gobiernos de izquierda de la década que corre se ensimismaron con el poder, hasta el extremo de dejar que cundiera la corrupción, como en Brasil o en Argentina, y fueron echando en los bolsillo del disfraz del progresismo, con el cual querían encantar a amigos y enemigos, los valores humanistas e igualitarios de la verdadera izquierda. En Venezuela, además, un gobierno inepto y obcecado ha creado una tragedia social que está dando a la derecha los mejores argumentos para avanzar por la región.
El próximo aniversario de la Noche de los Cristales Rotos no es una fecha más. Es el recordatorio de que los instintos totalitarios están en todos los pueblos y ellos pueden aflorar rápidamente cuando los partidos y los gobernantes fracasan en enraizar la fe en las capacidades de la democracia para superar las coyunturas adversas, estén estas dadas por la corrupción, las dificultades económicas o los problemas de seguridad pública. Entonces aparecen los hechiceros oscuros de las soluciones mágicas y muchos están dispuestos a mirar para otro lado si el delincuente desarmado es acribillado a balazos o si el vecino desaparece “entre la niebla y la noche”, como ocurrió hace 80 años en Alemania y hace pocas décadas entre nosotros.