CINE & MATE

¿Por qué el fracaso factura? El deporte de matar películas

by Salomón Reyes

Quizá la respuesta a esta pregunta se encuentre en lo más profundo de nuestra psique o en alguna explicación científica capaz de definir por qué el ser humano parece preferir ver a los demás caer estrepitosamente en el barro antes que disfrutar y compartir sus logros.

El Caso Digger

Recuerdo que, cada vez que publicaba una noticia sobre cine en la red Threads, que cuenta con una sólida comunidad cinematográfica, me sorprendía el escaso impacto que conseguía. La diferencia era abismal cuando publicaba alguna desgracia personal o una historia que involucraba errores y fracasos humanos.  La respuesta rebasaba cualquier expectativa.

Por eso no me sorprende comprobar cómo las redes y quienes las alimentan se han dedicado a repetir hasta el hartazgo que Digger, la última película de Alejandro González Iñárritu, es terrible, subrayando con excesiva mala leche su fracaso en taquilla. ¿Cuál es el verdadero beneficio de amplificar el fracaso de los otros?

Los Otros

Quienes publican este tipo de incendios virales están convencidos de que conseguirán adeptos que piensen como ellos, interacciones afines que les permitan crecer y likes que validen su estilo.  Creen en el poder del morbo y el placer de ver tropezar al otro. Pero ¿quién es ese otro?

El primer otro es Warner Bros. que, después de invertir millones de dólares en Digger, parece encaminarse hacia un estrepitoso fracaso de taquilla.  Y esa condición perdedora provoca furor en redes.

Hay un deleite inexplicable en la posibilidad de que un gran estudio pierda semejante plata por no haber planificado bien, por no haberse dado cuenta a tiempo, por haber sido ingenuo, porque le falló el olfato financiero o porque la Santa Virgen lo abandonó. Que alguien que tiene mucha guita pierda un poco es una gran noticia.

El siguiente otro es Alejandro González Iñárritu, un director que renovó el cine mexicano con Amores perros, que ganó múltiples premios por otras películas y que, después de ser considerado un ganador latino en Hollywood, ahora parece encaminarse hacia el podio de los grandes fiascos del año por haberse atrevido a realizar una película tan egocéntrica y mamarracha.¡Qué maravilla que le vaya mal, así se le bajan los humos!

El último otro es Tom Cruise, nuestro querido Ethan Hunt, que al protagonizar a un empresario ridículo cargado de prótesis en Digger, se atreve a romper con la imagen estereotipada de héroe indestructible que no necesita dobles para las escenas de acción. ¿Cómo se atreve Tomás a experimentar, a romper los esquemas y a poner en crisis la imagen que sus fans tienen de él? ¿Cómo se atreve a desafiar a quienes crecieron envidiando esa sonrisa de pasta dental?

¡Quémenlo en leña verde y expúlsenlo de la Cienciología para que no se le ocurra volver a darnos semejante susto! ¿Qué se cree?

¿Y si Digger triunfara?

Ahora, qué pasaría si las cosas hubieran sido diferentes; si Digger se hubiera convertido en un éxito gracias a su ruptura narrativa, a su innovación visual, a su hermandad con el teatro, al riesgo de romper los esquemas y a la posibilidad de plantear un discurso profundo que nadie se había atrevido a abordar.

Ah, no. Eso no hubiera funcionado en redes. Fenómenos de éxito tenemos demasiados, lo que la gente pide son fracasos, fracasos bien rotundos y estrepitosos. De esos que duelan.

Vivimos en un mundo descompensado, en el que los noticieros abren sus ediciones con los muertos del día, los portales compiten en ser los primeros en reseñar tragedias, nos fascina ver que la gente pierda plata, nos reímos del director de cine que no vende entradas y nos repugna que un actor consagrado se atreva a experimentar.

Esa sociedad somos: la que anuncia catástrofes, la que destroza reputaciones, la que comparte el mal y la que exhibe a los perdedores.

Somos la sociedad que dedica tiempo a las cosas inútiles.

NOTA: Este artículo NO fue escrito con IA. El humor y las ironías pertenecen al autor.

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