Por Horacio R. Brum
El historiador chileno Rafael Gumucio Rivas firma sus columnas de comentarios de actualidad con la apostilla de “El Viejo”, para que no lo confundan con su exitoso hijo escritor del mismo nombre. En las columnas que distribuye regularmente por correo electrónico a sus amigos y algunos periodistas, Gumucio El Viejo pone los puntos sobre las íes, no solamente respecto de Chile, ese jaguar sudamericano que en estos días está perdiendo el pelo a puñados, sino también en cuanto a las verdades recibidas, que en estos tiempos se envuelven en el lenguaje del pensamiento único y de lo políticamente correcto. Hace un tiempo, Gumucio se refirió así al papel que la sociedad moderna está asignando a quienes en otras épocas eran considerados como valiosos y respetados referentes de los valores y las tradiciones: “Somos tan hipócritas que llamamos ‘adulto mayor’ al viejo, cuando en el otro yo sólo deseamos que una peste los elimine rápidamente. Claro que exceptuando al familiar. Mientras no veamos a los viejos, enfermos, pobres, dependientes y solitarios, la vida parece hermosa y nos encanta juntarnos con personas parecidas a nosotros…”
Bajo el colonialismo mental que nos llega del Norte -especialmente de los Estados Unidos-, en nuestros países empleamos toda suerte de eufemismos para disimular los avances y achaques de la edad; adultos mayores (¿quiénes son los adultos menores?), tercera edad (a veces se parece mucho al Tercer Mundo, por las malas condiciones de vida de quienes la habitan), edad dorada (una pamplina inventada por los publicistas para vender excursiones y meter a los viejos en el consumismo), son expresiones que se usan para disimular cómo la sociedad va devaluando la condición de ciudadanos pensantes y actuantes de quienes se hacen viejos. Cuando “mi viejo” o “mi vieja” eran apelativos cariñosos, que incluso se usaban entre los matrimonios, esos depósitos de niños que son las guarderías estaban reemplazados por la casa de los abuelos; a ella iban a reunirse y jugar, para escapar un poco a la mirada más estricta de los padres, los que hoy pasan el día con el cuello torcido hacia el celular o con la mirada perdida en la computadora; el consejo del viejo era palabra orientadora en la vida y cuando llegaba el final, ellos morían en la paz del hogar y rodeados por la familia, en vez de hacerlo en la soledad de esos otros depósitos de seres humanos que son las “casas de reposo”.
Uruguay tiene casi medio millón de habitantes de 65 años y más de edad. Según el estudio “Cuidados en Personas Adultas Mayores”, del Ministerio de Desarrollo Social, esos ciudadanos representan el 14.11% de la población total, y 60.28% son mujeres. Una cifra de votantes más que suficiente para decidir el resultado de cualquier elección, como lo confirma el perfil de quienes fueron a las urnas en los comicios presidenciales, publicado por la empresa CIFRA: en el Frente Amplio, el rango de edades estuvo entre los 30 y 60 años, la gente en la etapa más laboralmente activa, en tanto que el partido Nacional tuvo la mayor proporción de votantes mayores de 60 años.
Hace 60 o más años, este país era el Uruguay de las certezas y de los mitos ingenuamente nacionalistas, resumidos en conceptos que la mayoría aceptaba: “La Suiza de América”, “Como el Uruguay no hay”. Por eso, aún existe una proporción importante de uruguayos que creen que la decadencia que comenzó a fines de los años 50 y culminó en la brutalidad de la dictadura es una etapa que debe quedar bien al fondo del baúl de los recuerdos. Esa fue la opinión que expresaron en el plebiscito de 2009 sobre la eufemísticamente llamada Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, que no fue otra cosa que la prolongación de aquel “por algo será” con que tantos buenos y honestos ciudadanos evitaron los cuestionamientos cuando el régimen dictatorial llevó a la tortura, la cárcel, el exilio y las tumbas clandestinas a miles de compatriotas.
Los nostálgicos de la Suiza de América viven del recuerdo, real o ficticio, de los tiempos en que los vecinos podían dejar abierta todo el día las puertas de sus casas. En esos tiempos, una persona trans u homosexual era un pervertido, vergüenza de la familia, así como era drogadicto quien fumaba marihuana; el “por algo será” también se aplicaba a la mujer que sufría la bestialidad golpeadora del esposo y, pese a que desde hace más de un siglo tenemos la mejor ley de divorcio del continente, las divorciadas -no los divorciados-, eran miradas con algo entre la compasión y el rechazo, cuando no se les adjudicaba la condición de peligrosas roba maridos. En cuanto al aborto, de eso mejor no se hablaba, pero todos sabían dónde y quiénes lo podían hacer.
En política, se nacía colorado hasta la muerte o blanco “como hueso de bagual” y tener a un izquierdista en la familia también podía ser embarazoso, pero el sistema a todos satisfacía, porque con la tarjeta del político apropiado se conseguían sin muchos trámites la jubilación o un puesto público. Se votaba para “acomodarse” o acomodar a hijos y parientes, en un Estado hipertrofiado pero proveedor de una dorada mediocridad.
Con sus logros y sus fallos, el FA sacó finalmente a los uruguayos de la Suiza de América y los puso en el mundo de la modernidad, hasta repartiendo computadoras a los viejos, pero ese mundo vino con problemas.
Cual serpiente bíblica, a ese paraíso artificial llegó el Frente Amplio y se puso a destapar tumbas, en sentido figurado y literal, para recordar a todos que en Uruguay se violaron los derechos humanos; que tras la sigla LGBT no hay pervertidos, sino personas con el derecho a vivir en paz y sin discriminación; que las mujeres que deciden abortar deben ser apoyadas y no apuntadas con el dedo de la criminalización; que el Estado no es propiedad del partido gobernante, o que los fumadores de marihuana no son degenerados irredentos. Con sus logros y sus fallos, el FA sacó finalmente a los uruguayos de la Suiza de América y los puso en el mundo de la modernidad, hasta repartiendo computadoras a los viejos, pero ese mundo vino con problemas.
A la viejita a la que le arrebatan su cartera con la plata de la jubilación desde una bicicleta o una moto, no le interesan las explicaciones sociológicas de la delincuencia y menos aún los programas de rehabilitación de delincuentes.
No hay dudas de que el Frente Amplio hizo mucho por el bienestar de los viejos, con la mirada puesta en el problema de tener la población más envejecida de América Latina, pero tal vez olvidó elaborar para ellos un relato sobre la nueva sociedad que se propuso crear
Por más bueno que sea con ella, el nieto que fuma marihuana sigue siendo un pecador y, aunque estamos en uno de los países más laicos del mundo, la idea religiosa de la concepción y la vida sigue alimentando su prejuicio contra el aborto. En cuanto a los derechos humanos, esas viejitas y viejitos -a menos que sean madres o padres de torturados, presos o desaparecidos-, continúan creyendo que no hay que llegar al fondo del baúl de los recuerdos.
No hay dudas de que el Frente Amplio hizo mucho por el bienestar de los viejos, con la mirada puesta en el problema de tener la población más envejecida de América Latina, pero tal vez olvidó elaborar para ellos un relato sobre la nueva sociedad que se propuso crear. El manejo de un “tablet” o de los cajeros automáticos para cobrar la jubilación puede facilitar la vida; mejorarla es otra cosa, porque, como me dijo una de aquellas viejitas “¿Para qué voy a ver en la pantalla a la gente que quiero y está lejos, si no puedo abrazarla?”. Y conozco otras que prefieren ir a hacer cola en el Banco República para cobrar la jubilación, porque es su actividad social del mes.
Así, en la elección presidencial muchas de nuestras viejitas y viejitos prestaron oídos a los profetas de la mano dura contra la delincuencia y de la vuelta a los valores tradicionales y a lo mejor, el Frente descuidó hablar a los viejos porque, como dijo Gumucio El Viejo, “nos encanta juntarnos con personas parecidas a nosotros…”
