La familia pobre no ve a la familia rica como su empleador sino como un objetivo de superación de sus limitaciones estructurales

Graciela Ruth Paz

La surcoreana “Parasite” (2019) hizo historia al convertirse este año en la primera película de habla no inglesa en ganar el Oscar más importante luego de haber sido nominada en seis categorías y quedarse finalmente con cuatro estatuillas.

La anécdota es muy sencilla: dos familias entrecruzan sus caminos, una es muy adinerada y vive en una mansión palaciega diseñada por un prestigioso arquitecto y la otra muy pobre malvive en un subterráneo donde subsiste gracias al empleo basura. Es el conjunto de la familia pobre la que consigue a golpe de osadas actitudes inmiscuirse en los territorios de la alta sociedad aunque ese camino de conquista irreverente de asalto al poder acabará con la dignidad y el bienestar de todos los implicados en esta farsa social. Sus interacciones muestran sus diferencias sociales y dejan en claro problemas históricos, como el clasismo.

La familia pobre no ve a la familia rica como su empleador sino como un objetivo de superación de sus limitaciones estructurales. Por el contrario la familia rica ve a la pobre como una cosa natural, un personal que por su origen solo está para servir. En esta dicotomía se minimiza toda posibilidad de permeabilidad social generando una idea de lugares invariables, ordenados y absolutamente rígidos, imposibles de alterar en la pirámide social.

Sin duda el film del director coreano BongJoo-ho es un lúcido documento sobre el porvenir del capitalismo actual que como sistema económico de distribución no alcanza a cubrir todas las necesidades de individuos que incluso teniendo acceso a la educación (los hijos de la familia Kim se han preparado, son listos, son cultos, están estudiando) no consiguen trabajo siquiera para cubrir sus necesidades más elementales (por ejemplo roban señal de wi fi para conectarse).
Hay que verla, pues ocurre en la historia universal de la desigualdad social contada con un humor negro, ácido y cruel, en nuestro presente y metafóricamente desde ese pobre lugar donde habitan planteando si finalmente es posible pasar del subsuelo a la superficie.
Parasite nos cuestiona y nos atrapa, congeniamos con los Kim que viven en el semisótano con trabajos esporádicos y somos cómplices de cómo los engaños se cuelan en la vida de los Park, para terminar siendo sus empleados. Los Kim crean personajes para vivir en un mundo prestado, para encajar en un territorio que no es el suyo. Pero algo los delata y marca sus diferencias con los Park: el olor de la pobreza. Ese olor tan repetido a lo largo del film, característico de la familia pobre procede de su vida en el subsuelo, es el olor de la gente del metro, es el olor a pobre que se vuelve intolerable para los ricos.

Ambas familias viven en una convivencia funcional como la sociedad en general, pero que está siempre a punto de explotar. No hay uno sin el otro.

Un filme lleno de tristeza, ingenio y profundidad, irreverente, pero compasivo.

Uno no se repone fácilmente de Parásitos.

Graciela Ruth Paz