Escribe Oscar Geymonat

El 1 de marzo murió en Managua Ernesto Cardenal. “He sido poeta, sacerdote y revolucionario” dijo en 2012 al recibir el premio iberoamericano de poesía reina Sofía. Y en ese orden.

Como si su vida fuera una sucesión de nacimientos y en él se aplicara lo que Neruda dijo de sí mismo: “Para nacer he nacido”. A la vida nació en 1925 en una de las familias pudientes de su Nicaragua de la que fue paulatinamente conociendo la injusticia en la que estaba estructurada. Recordaba la casa de su abuelo casi como un palacio. Nació a la poesía muy joven y pertenecer a una clase acomodada le posibilitó estudiar literatura en México y en Estados Unidos a pesar de que el mandato familiar era que estudiara derecho. Sin dejar de ser poeta nació a la vida religiosa en 1957 cuando ingresó a un convento trapense no para aislarse del mundo sino para encontrar en la fe el vínculo con aquella sociedad de compatriotas de la que la realidad lo separaba. Y nació entonces el luchador en esa búsqueda del reino de Dios y su justicia. Bajo la dictadura de Anastasio Somoza, hereditaria, como varias en América latina y cruel como muchas, lucha social y revolución armada se volvieron términos inseparables. Esto le provocó crisis en su conciencia cristiana, contradicciones y luchas internas que sin embargo nunca desviaron su vocación de ser voz de los que no tienen voz.

El sacerdote, poeta y revolucionario empuñó sólo “un arma cargada de futuro” como definió a la poesía Gabriel Celaya. Nunca disparó un tiro.  Vivió dolorosamente la aceptación de que las circunstancias históricas parecían no dejar otra opción a sus compañeros de ruta en el compromiso con los más necesitados y jamás abandonó su vocación de justicia, tuvo de ella “hambre y sed” y la buscó en medio de todas sus contradicciones. De su vida en la pequeña isla de Solentiname con una comunidad campesina en la que se instaló y a la cual imprimió su impronta de trabajo comunitario y reflexión bíblica, nos quedó “El Evangelio en Solentiname”, una relectura de la vida y ministerio de Jesús desde la perspectiva de la sencillez y la búsqueda de materializar su ética solidaria. De sus continuos encuentros comunitarios de lectura bíblica, nos quedó su relectura de los “Salmos” en los que se nota el esfuerzo de vincular su bagaje académico con la comprensión de la lectura popular de la Biblia.

Fue ministro de cultura del gobierno sandinista cuando en 1979 llega al poder tras el derrocamiento del último de los dictadores Somoza. El triunfo de la revolución avivó esperanzas con las que también se comprometió sin dejar de ser crítico y sin perder de vista que el Reino de Dios y su justicia es la misión última de su vocación, razón de todos sus nacimientos y que toda construcción humana, por bien intencionada que esté, debe siempre considerarse falible y sujeta a corrección. Esa convicción irrenunciable lo llevó a ser crítico con el perfil que fue tomando el gobierno de Daniel Ortega, y con él personalmente de quien se alejó cuando consideró que había abandonado el rumbo inicial y corría el riesgo de transformar su gobierno  en una dictadura con peligrosos parecidos con  aquella que habían combatido. Esa misma convicción lo llevó a una relación conflictiva con El Vaticano que durante treinta años lo mantuvo suspendido en sus funciones sacerdotales por su lucha revolucionaria y su vinculación con sectores sociales y políticos también críticos con la jerarquía católica nacional. En 2019, internado en un hospital, a los 94 años, recibió del papa Francisco la restitución a sus funciones. La aceptó con la misma humildad con la que había recibido la reprimenda pública de Juan Pablo II en su visita a Managua en 1983 y al año siguiente la suspensión en sus funciones sacerdotales. Renunció a las riquezas de su familia, renunció  al poder que pudo seguir teniendo en un gobierno con el que no acordaba, renunció a las prerrogativas de pertenecer a la iglesia oficial. No renunció al Evangelio porque ése era su tesoro y allí estaba su corazón.

Fue uno de los representantes más significativos de la Teología de la liberación. Lo fue por su pensamiento, su prédica y su vida. No se exhibió como elegido de Dios, no reclamó ningún papel mesiánico, no ostentó bautismos mediáticos ni recibió riquezas como muestra de bendición divina. Más bien parece que asumió aquel mandato evangélico de que quien quiera ser el primero, debe ponerse a servir a los demás y entendió que ésa era su vocación. Desde allí debía servir, no desde el palacio de gobierno a cualquier precio, ni desde la catedral impartiendo bendiciones como si fueran de su propiedad, ni presentándose ante el mundo como elegido por Dios para gobernar en su nombre. Nunca usó slogans como podrían haber sido “Nicaragua” para Cristo u otras frases predeterminada e importadas con intereses bastante ajenos al Evangelio.

En estos tiempos en los que pululan discursos y posturas que usan y abusan del nombre de Dios y parecen conocer todos sus designios, la vida de Ernesto Cardenal, que fue sólo sacerdote, poeta y revolucionario, es testigo de una forma de vivir el Evangelio que sigue hablando a pesar de que su voz ya no se oiga.