“Y no hables de meritocracia, me da gracia, no me jodas que sin oportunidades esa mierda no funciona”.

Wos, “Canguro”

Uno de los temas recurrentes en el debate de política educativa gira en torno a la “igualdad de oportunidades”. Un concepto en apariencia sencillo pero que encierra varias complejidades que han motivado discusiones teóricas muy interesantes, con distintas interpretaciones e implicancias en materia de política pública, cuyo análisis excede los objetivos de esta columna.

Simplificando podemos decir que: a) dado que todos tenemos los mismos derechos y b) no todos nacemos con las mismas oportunidades, entonces c) entendemos como “justo” que exista un dispositivo que neutralice estas “desigualdades de origen”, dándonos a todos la posibilidad de alcanzar los mismos logros.

En las sociedades occidentales modernas, muchos entienden que este dispositivo debería ser la educación. Menuda responsabilidad.

En el reconocido estudio Equality of EducationalOpportunity, dirigido por el sociólogo James Coleman en 1966 en Estados Unidos y considerado uno de los estudios educativos más importantes del siglo XX, los investigadores concluyen que “Las escuelas aportan poca influencia sobre el logro de un niño”, el cual está determinado fundamentalmente por el entorno familiar y el contexto social del estudiante. De forma contundente el informe afirmaba que para el caso estadounidense no se observaba un efecto igualador de oportunidades en las escuelas.

Este estudio marcó un antes y un después; en los años sucesivos muchos han continuado investigando sobre este tema y la pregunta sigue abierta hasta el día de hoy. ¿En qué medida contribuye la escuela a mitigar desigualdades de origen?

Esta cuestión se nos hace muy presente en tiempos de pandemia, en los que el mundo entero se debate la urgencia y la forma de retomar las clases presenciales.

Nadie ocupará tu lugar

Estamos atravesando una situación sin precedentes. Según datos de la UNESCO, al día de hoy 73% de la población estudiantil mundial está afectada por el cierre de escuelas, lo que representa que más de 1,26 millones de estudiantes de 177 países están fuera de la escuela. “Nunca antes habíamos sido testigos de una interrupción educativa a esta escala”, señala Audrey Azoulay, directora general del organismo.

Mientras tanto, docentes, adscriptos, directores y estudiantes de todo el mundo salieron a la búsqueda de alternativas: plataformas educativas o vías de comunicación como Facebook, videollamadas, correos electrónicos o Whatsapp. Distintas formas de mantenernos conectados, de sostener el vínculo educativo, con mejores o peores herramientas pero con muchísima voluntad y compromiso. Docentes y estudiantes debieron reinventarse de un día para otro, para poder seguir adelante pese a las circunstancias, reconociendo que “No hay recetas para lo nuevo. No hay pociones mágicas para resolver cuestiones que la pedagogía todavía no ha resuelto”, como dice en una columna el pedagogo argentino Mariano Narodowski.

Como bien señalaba Nicolás Marone en un intercambio en Twitter con el presidente Luis Lacalle Pou, “[…] las clases no están suspendidas […] lo que está suspendido es ir a ese edificio que llamamos escuela, está suspendido asistir a ese lugar físico que llamamos salón, pero las clases continúan”.

¿Cuando se retomará el ciclo lectivo? ¿Qué efecto tendrá este parate de lo presencial en los aprendizajes de los estudiantes y sus trayectorias educativas? ¿Cómo afectará las ya preocupantes cifras de desvinculación educativa que tiene nuestro sistema? Todavía no lo sabemos.

En Uruguay el 13 de marzo el gobierno anunció acertadamente la suspensión total de clases presenciales. En principio fue por dos semanas, luego por dos más y ahora ya vamos dos meses y todavía no está claro cuándo se volverá.

Afortunadamente y gracias a las políticas llevadas a cabo en los últimos años, Uruguay cuenta con un desarrollo tecnológico avanzado en comparación con otros países. Gracias al fuerte avance en materia de acceso a internet y al Plan Ceibal, se cuenta con herramientas claves para este momento: el acceso a computadoras y a recursos educativos como la plataforma CREA, entre otras. Cómo señalan Dorrego, Montti y Soto en una columna, estos “son elementos indispensables para que la suspensión de clases presenciales no tenga consecuencias tan devastadoras sobre la formación de nuestros niños y jóvenes”.

Aun así el desafío es enorme.

Nos separa un abismo

El cierre de las escuelas nos incluye a todos, sin importar barrio, ciudad, educación privada o pública. Desde la educación infantil hasta la universidad, estamos todos en la misma. Pero el impacto de esta medida no nos afecta a todos por igual; como siempre, algunos lo sufren más que otros. Como señala Narodowski: “Con la cuarentena, las desigualdades no desaparecen, se profundizan”.

Nadie duda de las virtudes de la tecnología como herramienta que puede contribuir a la descentralización y democratización del acceso a oportunidades educativas. Pero para sostener clases virtuales desde casa se necesita de acceso a internet, un espacio físico adecuado y materiales básicos. Sin embargo, como señala el Instituto de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración de la Universidad de la República en un trabajo elaborado en base a la Encuesta Continua de Hogares (2018), el acceso a banda ancha fija es sólo de 25% para los hogares del primer decil de ingresos. En muchos casos estos sólo pueden acceder a internet utilizando datos móviles o a través de Whatsapp.

Esto demuestra que pese a todos los avances realizados en este sentido, el acceso a internet sigue siendo un privilegio. Por otra parte, situaciones de hacinamiento o de falta de mobiliario adecuado también son más comunes en hogares vulnerables y dificultan estudiar desde casa.

Pero además, como bien explica Mariana Zerpa en un artículo publicado por Razones y Personas, es fundamental el apoyo que pueda recibir el estudiante de su familia. Este dependerá en gran medida de las capacidades y la disponibilidad que tengan las familias. “En este sentido, los impactos serán muy heterogéneos: los niños cuyas familias tienen un menor nivel educativo y peor situación socioeconómica serán los que se verán más perjudicados”, señala.

En un sistema educativo que ya registraba una fuerte desvinculación en educación media, especialmente en los quintiles más bajos de ingreso, esta situación no hace más que agudizar esta desigualdad.

Ni hablar de los múltiples “otros” roles que cumple la escuela, como espacio de cuidados, como “guardería” o “comedor”. La mayoría de las familias necesitan que sus hijos se queden en la escuela para que los adultos puedan salir a trabajar. Pero frente a la cuarentena las posibilidades son bien diferentes. Algunas familias tienen el privilegio de poder trabajar desde casa (a pesar del desafío que significa concentrarse rodeado de niños y niñas), pero otras no tienen más remedio que seguir yendo a trabajar, y no poder enviar a sus hijos a la escuela les genera serias dificultades.

Hemos visto además que una de las preocupaciones principales de Primaria fue asegurar la continuidad del servicio de alimentación adaptado en forma de canastas mediante el Programa de Alimentación Escolar. Es una realidad que incluso con las sustanciales mejoras en los ingresos de los hogares en los últimos 15 años, todavía hay muchas familias que dependen de este servicio.

También esta situación es especialmente grave para las estudiantes mujeres, ya que en las dinámicas familiares las tareas de cuidado recaen mayormente sobre ellas, dificultando aún más la posibilidad de encontrar momentos para estudiar. Sumado a que el acceso a internet no es tampoco equitativo entre varones y mujeres, como señala Cobo, “la proporción de mujeres que usan internet es 12% más baja que la proporción de hombres; esta brecha de género se amplía a 33% en los países menos desarrollados”. Estas desigualdades de género afectan simultáneamente a las docentes, en una profesión marcadamente feminizada.

Ahora es que te comprendo

La educación siempre está en disputa. Es común que en el debate público se la critique y se le exija más y mejores resultados. Pero como si no fuese suficiente con enseñar, se le traslada además la responsabilidad de los grandes desafíos que enfrentamos como sociedad. La educación es responsable de la inseguridad, de la pobreza, del desempleo, de la crisis medioambiental, del autoritarismo y de una larga lista de etcéteras. Pareciera que nunca está a la altura de las expectativas.

Pero ahora, en medio de una pandemia mundial, cuando la gran mayoría de las escuelas del mundo debieron cerrar sus puertas, queda en evidencia su enorme relevancia como pilar fundamental de nuestra sociedad.

Queda demostrado por el absurdo que la escuela como espacio de socialización contribuye a igualar oportunidades y a mitigar desigualdades de origen. El aula, el patio, nuestros compañeros y compañeras, el docente presente en el aula son factores determinantes en las trayectorias educativas de los estudiantes. Cuando esto falta, los más vulnerables sufren las consecuencias.

Queda mucho por investigar en este sentido, y como señalaba el consejero de Primaria Pablo Caggiani, un poco en serio un poco en broma, el sociólogo James “Coleman envidiaría esta pandemia”, ya que significa una gran oportunidad para investigar los efectos de la educación.

La tecnología es una potente herramienta didáctica, y los espacios virtuales son muy útiles dadas ciertas circunstancias, pero nada de eso sustituye el vínculo educativo presencial, que es único e irremplazable.

Sin ti la vida se me va

Dada esta situación, nos encontramos frente al dilema que se debate tanto a nivel local como en el resto del mundo: ¿qué tan urgente es retomar las clases presenciales? Y, en todo caso, ¿cómo se implementaría esa reapertura? Evidentemente lo primero es la emergencia sanitaria, y no se debería retomar las clases hasta no tener controlado y minimizado el riesgo de contagio. Pero en el entendido de que esta situación afecta especialmente a los más vulnerables, se comprende la urgencia por volver lo antes posible a la presencialidad.

Los distintos países están buscando las mejores alternativas adecuadas a cada realidad, apostando a la buena voluntad de las familias y los educadores, a la creatividad y la tecnología, pero con muy pocas certezas y muchos desafíos. En una entrevista reciente al diario El País de España, el ministro de Educación francés, Jean-Michel Blanquer, defiende la decisión de retomar progresiva y voluntariamente la apertura de escuelas, sobre todo en primaria y en los contextos de mayor vulnerabilidad social, sin desconocer el riesgo que esto representa. Recordemos que Francia es uno de los países más golpeados por esta crisis, con un total de 178.870 casos contabilizados y 27.425 muertes por covid-19.

En Uruguay la reapertura de escuelas comenzó en zonas rurales, en base a un protocolo sanitario, en común acuerdo entre autoridades y docentes. Ahora desde el gobierno se está planteando la idea de un plan para la reapertura de los centros educativos urbanos de Primaria quizá para mediados de junio. El presidente anunció que el próximo jueves habrá anuncios en este sentido, pero todo dependerá de la evolución de la situación sanitaria y de la posibilidad de rebrote del virus que obligue a retroceder en los planes (como ya sucedió con algunas escuelas rurales).

Puede ser una opción apostar por un mix de instancias presenciales y virtuales como alternativa, pero restan aún muchos detalles por ajustar y preocupa el riesgo que esto pueda suponer tanto para docentes como para estudiantes y sus familias. En este sentido parece fundamental atender a la diversidad de realidades de cada comunidad educativa y dar participación a los equipos docentes, que son los que conocen las dinámicas del día a día.

Ahora bien, mientras tanto el gobierno puede avanzar en otras alternativas para apoyar a las familias más vulnerables en esto de la educación a distancia, de modo de generar un impacto positivo en las trayectorias educativas. Por ejemplo, algo que se hace evidente es brindar internet gratis para uso educativo u ofrecer paquetes gratuitos de datos para los teléfonos celulares, pero también se puede brindar materiales o facilitar tutorías; y obviamente profundizar las políticas sociales (transferencias, canastas alimenticias) que no son necesariamente educativas, pero ayudan a transitar esta situación. Y también urgen lineamientos más claros desde las autoridades educativas que aporten tranquilidad y cierto grado de certidumbre a las familias, los educadores y los estudiantes.

Tarde o temprano las clases van a volver. Eso es una obviedad. Todavía no está muy claro cuándo ni cómo, pero van a volver. Tal vez esta situación sólo dure un par de semanas más y lo recordemos como un simple paréntesis en nuestra vida cotidiana. Tal vez no, tal vez su impacto sea más profundo, y dependerá entonces de nosotros mitigar sus efectos y aprovechar las oportunidades que se generen. Dependerá de nosotros como comunidad educativa, de los trabajadores de la educación y de nuestros estudiantes y sus familias, pero necesariamente de las políticas que se impulsen desde el Estado, sobre todo orientadas a las familias más vulnerables. Porque esta crisis nos afecta a todos, pero a algunos más que a otros.

El autor agradece los enriquecedores comentarios de Fernando Filgueira, Andrea Lado y el Grupo Jueves.

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