Existe una frase uruguaya que se agranda en tiempos de pandemia: Todo suma. Con la crisis económica en escalada, el aporte sustancial del gobierno, instituciones, empresas, cooperativas, fundaciones, países, entidades internacionales y las mismas personas de a pie, ha resultado crucial para seguir resistiendo a lo uruguayo. Cada acción solidaria ha contribuido a establecer una enorme red de contención que consiguió que la economía uruguaya no se despeñara. Ahí, en medio de esa red nebulosa, hay una actividad que no pudo sumarse debido a su carácter maldito y que ha contribuido de forma silenciosa, a que la economía salteña no haya saltado por los aires: El bagayo.

En el pomposamente llamado paseo de compras de Salto, coexisten más de 300 puestos dedicados a la venta de mercadería diversa. En la realidad se trata de una estructura endeble e improvisada de chapas metálicas, madera y portland que podría ser una fiel imitación de cualquier mercadillo popular de América Latina. La imagen del conjunto no atrae estéticamente a casi nadie y parece tan frágil que en cualquier momento podría derrumbarse o incendiarse, como ya ocurrió en enero del 2017.  A pesar de la precariedad, el número de negocios establecido supera con facilidad el de cualquier shopping o centro comercial del Uruguay. En ese lugar desprolijo, se anida uno de los motores financieros de la ciudad, uno que siempre se mantuvo encendido, a pesar del cierre de fronteras. Son miles de personas las que dependen económicamente de lo que ahí se vende. El modelo de negocio incluye a los administradores de los puestos y a los consumidores que todos los días realizan ahí sus compras.

A principios del 2020, la OPP publicó datos sobre el aporte al PBI nacional de los diferentes departamentos. En esa lista, Salto aparece como el que menos ha crecido a nivel económico en los últimos 10 años. Con dificultad araña el 1% de ese indicador, lo cual es llamativo por la cantidad de población y por tratarse de la segunda ciudad en importancia del país. Por otro lado y aunque no hay cifras oficiales, algunos comerciantes, que llevan tiempo en el negocio del bagayo, sostienen que el 30 % de la economía salteña depende de esa actividad. Desde que la pandemia arrancó, ese porcentaje pudo con facilidad incrementarse. Si se pudiera llenar el déficit estadístico con los números que genera el bagayerismo, los resultados podrían sorprendernos.

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