Por Horacio R. Brum

 Lamento el fallecimiento de Diego Armando Maradona, un hombre de sesenta años, que pudo haber vivido mucho tiempo más gozando de su fortuna, su prestigio y sus amigos. No lamento la muerte del Pibe de Oro, de Dieguito, del Diego de Todos, de la Mano de Dios que hizo del juego sucio un mérito, porque ese sujeto es el símbolo de una Argentina que cada día deteriora más su cuerpo por la corrupción, el populismo y la ineptitud de sus dirigentes.

En 2010, cuando ese populismo puso a Maradona al frente de la selección de fútbol que fue derrotada rotundamente por Alemania en los cuartos de final de Sudáfrica, el periodista inglés John Carlin, corresponsal en Buenos Aires durante diez años, y el psicoanalista argentino Carlos Pierini, compararon, en un artículo para El País de España, la carrera del entonces director técnico, con la crisis endémica de Argentina. En la columna titulada “Maradona como metáfora de Argentina”, Carlin y Pierini sostenían que el problema de la frustración del crecimiento argentino “lo encarna, como símbolo, Maradona, el ‘Diez’, ‘el Dios Argentino’, el ídolo nacional por goleada. La idolatría a los líderes redentores, el culto a la viveza y (su hermano gemelo) el desprecio por la ética del trabajo, el narcisismo, la fe en las soluciones mágicas, el impulso a exculparse achacando los males a otros, el fantochismo son características que no definen a todos los argentinos, pero que Maradona representa en caricatura payasesca y que la mayoría de la población, aquella misma incapaz de perder la fe en el peronismo, aplaude no con risas sino con perversa seriedad…el sentido común existe en Argentina; solo que demasiadas veces, obliterado por la luz maradoniana, brilla por su ausencia”.

Esa Argentina en la que se pierde todo el sentido común (y de proporciones) se mostró en el funeral del personaje; el gobierno de los dos Fernández hizo un descarado uso político del hecho al instalar el cadáver en la Casa Rosada, obvia analogía de lo que se hizo con Néstor Kirchner, y decretar tres días de duelo nacional. Los disturbios y la virtual toma del palacio de gobierno tampoco tuvieron precedentes en ocasiones similares, a lo que habría que agregar que ese tipo de honras fúnebres nunca fueron concedidas a alguno de los muchos argentinos que han dado prestigio al país desde el campo intelectual.

En 1986 yo estaba en Londres, trabajando para la BBC, cuando Argentina dejó a Inglaterra fuera del Mundial de México, con el impulso que le dio el gol de “la mano de Dios”. Todos vimos aquella jugada sucia, e incluso los colegas argentinos admitieron que era una falta. En pleno apogeo, Maradona tenía méritos de sobra para hacer goles en regla y pudo haber realzado su figura al admitir que el primer gol contra los ingleses lo había hecho con la mano, pero en su visión primitiva e infantil del mundo, respaldada por millones de sus compatriotas, el partido fue una “venganza” por la guerra de las Malvinas. En Inglaterra, más que la derrota impresionó la falta de caballerosidad, como lo recordó la semana pasada en el diario Daily Mail Peter Shilton, el arquero que sufrió la artimaña: “Lo que no me gusta es que nunca se disculpó. Nunca en ningún momento dijo que había hecho trampa y que le gustaría pedir perdón. En cambio, usó su línea ‘Mano de Dios’. Eso no estuvo bien. Parece que había grandeza en él, pero lamentablemente no tenía espíritu deportivo”.

Maradona desperdició su talento y, en sus últimos días, se convirtió en una figura patética, por su costumbre inveterada de irle haciendo trampas a la vida, así como la Argentina que representa ha tirado por la borda sus oportunidades de un gran futuro por hacerle trampas al mundo y luego echarle la culpa a éste de lo malo que le pasa. Tanto en la carrera del futbolista como en la historia contemporánea del país, siempre hay una conspiración de “los otros” para justificar los errores propios y hacerse la víctima. “Me cortaron las piernas” declaró el ídolo lloriqueando, cuando la FIFA lo castigó por el dopaje que le rezumaba por los oídos, en el Mundial de 1994. Algo parecido dicen los gobiernos argentinos respecto del FMI, al que siempre piden plata para después no pagarle, pero siempre acusan de frustrar el desarrollo nacional.

La Argentina maradoniana es también la que oscila sin matices entre la “relación carnal” establecida por el gobierno de Carlos Menem con los Estados Unidos, y el tercermundismo trasnochado kirchnerista. El Pibe de Oro se inició en la fama con las felicitaciones en la Casa Rosada de Jorge Rafael Videla, el dictador que presidió la guerra sucia, cuando la selección juvenil ganó el Mundial de Tokio de 1979; del abrazo de Videla pasó, cuando ya no había dictadura, al de las Madres de Plaza de Mayo, al de Fidel, al de Chávez y al de Evo Morales. Fue el régimen autoritario el que lo eximió en esa época de prestar el servicio militar y un agradecido Pibe manifestó a los medios que “si un día nuestras Fuerzas Armadas tienen que defender el país, ahí va a estar el soldado Maradona”. En 1982, el soldado Maradona ni se acercó a las Malvinas, porque estaba muy ocupado con el Mundial de España, que Argentina jugó mientras miles de jóvenes volvían a casa con las vidas arruinadas, tras haber perdido en las islas mucho más que un partido, en una guerra que el país maradoniano al comienzo festejó y miró por televisión como si fuera otro campeonato.

Juan José Sebreli, uno de los intelectuales más lúcidos de la Argentina no maradoniana, publicó en 2008 “Comediantes y Mártires”, un ensayo en el que hace la disección de las principales figuras de la mitología nacional: Gardel, Evita, el Che y Maradona. Bien documentado, Sebreli habla de las numerosas inconsecuencias, groserías y torpezas del “Dios”, y con una comparación estadística demuestra que, al margen de sus habilidades para la gambeta y el cabeceo, no fue más eficaz en términos de goles que verdaderos gigantes como Pelé, Cruyff o Di Stéfano. Además, describe el papel de la Camorra, la mafia napolitana, en el lanzamiento del jugador como “producto internacional”, y concluye lapidariamente: “La superstición de Maradona como ‘el mejor jugador del mundo y de todos los tiempos’ es sólo un invento del resentimiento y de la mafia napolitana y de la megalomanía nacionalista y de la demagogia populista argentina”.