Escribe Margarita Heinzen

En la nota anterior manifesté intenciones de seguir con el tema de Africa, su pensamiento y su aporte a la cultura global pero me atropella el Día Internacional de la Mujer y no puedo dejarlo pasar en silencio.

Este año quiero reflexionar sobre los efectos del patriarcado sobre los propios hombres, a raíz del controvertido film, nominado a 12 Premios Oscar este año, El poder del perro, dirigida por Jane Campion y protagonizada por Benedict CumberbatchKirsten DunstKodi Smit-McPhee; y toparme con una interesante entrevista al Lic. en Trabajo Social Juan José Vique, aparecida en la revista Vadenuevo, sobre los hombres violentos.

Tradicionalmente la violencia y el comportamiento violento se ha asociado en forma natural con el hombre y solo empezó a ser visualizada como problema grave desde hace cincuenta años. En los años 60 se empezó a hablar del “síndrome del niño golpeado”. En los 70, los movimientos feministas comenzaron a plantear la violencia hacia la mujer. El razonamiento en los 60 y 70 era inverso al actual: el hombre es violento por naturaleza y su socialización logra encarrilarla y controlarla. Cuando se sabía que alguna mujer era golpeada por su cónyuge, nos inspiraba lástima por la mala suerte de haberse casado con un violento. Pero nadie se metía. Puertas adentro, nadie se metía.

Tradicionalmente la violencia y el comportamiento violento se ha asociado en forma natural con el hombre y solo empezó a ser visualizada como problema grave desde hace cincuenta años.

Vique señala que los hombres predominan en las conductas violentas a pesar de que el contexto es el mismo para hombres y mujeres. Tanto los hombres como las mujeres que son víctimas de homicidio mueren en general a manos de hombres. El 92% de los presos son hombres. El 78% de los suicidios también son de hombres. Los accidentes de tránsito, una causa muy importante de muerte, son causados en su mayoría por hombres jóvenes. El 95% de la violencia doméstica es ejercida por varones. Hacia los niños, la violencia sexual, física y psicológica es ejercida mayoritariamente por hombres.

La violencia es aprendida; varón es sinónimo de dominante. Las estructuras más significantes en la vida de un individuo moldean su vida cotidiana, y esto lo trasmiten la familia, la escuela, la Iglesia, el Estado.

Las conductas de riesgo se asocian a una pretendida mayor masculinidad, sometida esta a presiones y a ritos masculinos. Antes eran, por ejemplo, los ritos iniciáticos en la sexualidad de los adolescentes. Ahora pueden ser, por ejemplo, las competencias en el tránsito y otros.

La violencia es aprendida; varón es sinónimo de dominante. Las estructuras más significantes en la vida de un individuo moldean su vida cotidiana, y esto lo trasmiten la familia, la escuela, la Iglesia, el Estado.

También hay conductas inspiradas por el deseo de demostrar que no se es homosexual. Este es el mensaje, en definitiva, del film El Poder del Perro, que ha sido objeto de críticas y desplantes desde varias vertientes: desde el género de su directora que por mujer (y para peor extranjera) poco puede saber del mundo de los vaqueros, hasta la opinión de que denigra a los legendarios american cowboys, mostrándolos como una banda de maricas. Ahora bien, ¿cómo vivirían su homosexualidad los hombres en aquel mundo rudo en el que no eran aceptables otros modelos de varón? Me inclino a pensar, tal como plantea el film, que la coraza de la violencia era uno de los recursos utilizados.

Los hombres violentos tienden a ser personas que fueron violentadas por sus padres y madres. Y ahí también entramos las mujeres, mayoritariamente a cargo de los niños. Las mujeres también sabemos ser dominantes, insultamos o golpeamos. Sin embargo, señala el Lic. Vique, si bien las mujeres ejercen violencia sicológica y física hacia sus hijos, los niños que llegan al hospital con fracturas, quemaduras de cigarros y maltratos o abusos sexuales suelen ser víctimas de hombres.

Otro aspecto interesante que señala el Lic. Vique es que los hombres violentos que llegan a su consulta son siempre derivados por sicólogas, siquiatras, es decir, mujeres profesionales; no por abogados ni por médicos. De alguna forma esto sucede porque “los varones no ven la violencia”, agrega. Sin embargo, desde hace unos cuatro años, “hay varones que llegan a consulta remitidos por otros varones”. No tanto por profesionales, sino porque el que egresó del tratamiento conversa con otro sobre el tema. Esto también es un cambio cultural que se va transitando: el hombre empieza a hablar de otras cosas, empieza a incursionar en contarle a los otros, también cuestiones de la esfera íntima.

La intervención profesional con varones violentos busca quitar naturalidad al ejercicio de la violencia. Trata de proporcionar herramientas para la resolución de los conflictos de manera no violenta y respetuosa, de construir el modelo de masculinidad afianzado en estereotipos tradicionales, dice Vique. Es muy importante deconstruir el modelo de varón “duro”; lograr que se internalice la posibilidad de ser fuerte en algunas cosas y débil o sensible en otras.

Los varones, a diferencia de las mujeres, deben transitar a lo largo de su vida por diferentes ritos de masculinidad, que en general provocan tensiones, sufrimientos, temor a la pérdida. Se ha sostenido que los varones se construyen por la oposición: no ser mujer, no ser homosexual. Cuando el problema de la violencia emerge, ya hay una larga trayectoria de entidad muy variable: manipulación, control, aislamiento, celos. El violento, en muchos casos, es obsesivo y esta obsesión se dirige a la pareja; por eso aíslan y se aíslan ellos mismos. Todo queda reducido al ámbito doméstico, la vida es la pareja. El hombre violento es un ser inseguro con miedo a quedarse solo, a no ser aceptado. De ahí que en el tratamiento terapéutico, señala Vique, se da al varón elementos para que construya otras fortalezas, que no pasen solamente por la pareja. Esto les permite elaborar su inseguridad, de forma que no piense continuamente que otro puede quitarle su lugar.

El enfoque individual de la violencia familiar, o el análisis del “caso” no permite analizar las responsabilidades del Estado y de otras instituciones, es decir de la propia sociedad, en no formar varones en otro paradigma, en el que existan formas de ser varón que no pasen por el dominio.

A este respecto, hay grandes carencias en la atención estatal a los problemas de violencia familiar. Se sabe que los recursos económicos para el tema de la violencia de género se han reducido. En el país, desde el año 2000 la Intendencia de Montevideo tiene un programa para varones que ejercen violencia doméstica. A nivel nacional, el Ministerio del Interior, junto al Ministerio de Desarrollo Social, tienen el programa de las tobilleras, que incluye terapia. Pero esto se restringe a Montevideo, y últimamente a Canelones.

El mismo patriarcado que no se encarga de los varones violentos, tampoco implementa programas de prevención del cáncer de colon, por ejemplo, causa importante de mortalidad, como sí lo hace para el de mamas o útero en las mujeres. ¿Será que el sistema entiende que los hombres son tan duros que ni se enferman?

No hay abordajes integrales sino políticas fragmentarias. Tampoco existen en la Universidad programas de formación específica en el tema: sí seminarios y materias de género insertos en posgrados.

El mismo patriarcado que no se encarga de los varones violentos, tampoco implementa programas de prevención del cáncer de colon, por ejemplo, causa importante de mortalidad, como sí lo hace para el de mamas o útero en las mujeres. ¿Será que el sistema entiende que los hombres son tan duros que ni se enferman?

Foto: 20minutos, portal