Por Horacio R. Brum
Grotesco, penoso, lamentable, ridículo, patético…Todos estos calificativos y otros menos publicables son apropiados para describir el espectáculo del presidente de la FIFA entregando un “premio de la paz” al dictador constitucional de los Estados Unidos, el hombre que más está haciendo por destrozar el derecho internacional y que ha naturalizado la fuerza de las armas como un medio de resolver los conflictos políticos. ¿Será Vladimir Putin, el equivalente ruso de Donald Trump, el próximo en recibir esa medalla de latón de manos de Gianni Infantino?
Más abajo en el continente americano, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) va cayendo en un pozo de corrupción cuya existencia se conocía hace tiempo pero que había sido cubierto por la telaraña de intereses políticos, económicos y de un sector del periodismo deportivo que sacan partido del “más popular de los deportes”. Son justamente los intereses políticos los que ahora están rasgando esa telaraña, porque el presidente Javier Milei quiere llevar su ola privatizadora a los clubes, impedidos por la AFA de convertirse en Sociedades Anónimas Deportivas (SAD). Milei se cuidó de decretar la intervención de la Asociación, para evitar que la FIFA denunciara la interferencia del poder político en ella, un hecho que puede atraer castigos tan severos como privar de sus títulos a la Selección. Lo que comenzó por un reclamo de algunos clubes a causa de que la AFA inventó una copa (Campeón de Liga), sin que los equipos supieran que la misma estaba en disputa, pasó a ser una investigación a fondo de las finanzas de la institución y del patrimonio de su presidente y su tesorero. Testaferros, evasiones de impuestos, desvío de fondos al exterior, hacen titulares que a diario aparecen en las primeras planas, las mismas que antes sólo anotaban los triunfos de los cuadros y ocasionalmente, la violencia de las barras bravas.
Lionel Messi es “embajador turístico” de Arabia Saudita y Cristiano Ronaldo cobra sumas multimillonarias por hacer el papel de estrella de un equipo del mismo país, donde las carreras de camellos son más populares que las carreras detrás de la pelota. Es aquí donde la barbarie de las leyes religiosas determina que una mujer pueda ser condenada a muerte por adulterio, o se le corte la mano a un ladrón; este es el país en cuyo consulado en Turquía fue torturado y muerto por degollamiento un periodista opositor (2018); es Arabia Saudita donde este año se ha producido un récord de ejecuciones, con 347 víctimas. La FIFA boicotea a Rusia por la guerra en Ucrania, pero premió a Arabia Saudita con la realización del Mundial 2034…
La lista de corruptelas, inconsecuencias y amoralidades que envuelven al fútbol no tiene espacio suficiente en esta columna. No obstante, el problema no es el deporte, sino el profesionalismo; muy lejos están los tiempos de Eric Liddell, el atleta escocés retratado en la película Carrozas de Fuego, que en las Olimpíadas de 1924 -donde Uruguay obtuvo su primera distinción mundial-, se negó a correr una carrera de gran importancia, porque debía hacerlo en domingo y su religión no se lo permitía. Aunque obtuvo la medalla de oro en los 400 metros, un año más tarde Liddell se convirtió en misionero de la iglesia presbiteriana escocesa en China, donde murió en 1945, mientras era prisionero en un campo de concentración japonés.
En la actualidad, la mayor parte de los deportistas profesionales son máquinas de hacer plata y forman parte de un ambiente en el que se mueven sumas inimaginables para el común de la gente. Los principios y la ética están subordinados al dinero, lo cual abre la puerta a la codicia y la corrupción. Irónicamente, resulta ser más consecuente con sus fines el turf, porque nadie espera de los caballos y sus dueños o jinetes actitudes principistas. Las sumas generadas por las ventas y las apuestas es una parte innegable de la actividad; no hay barras bravas ni dirigentes corruptos; sean oligarcas rusos o príncipes árabes, los propietarios no compran caballos ni participan en carreras para lavar su imagen y no hay tal cosa como el mundo financieramente gris del mercado de pases.
En cuanto al espectador, quien va al hipódromo grita por su animal favorito para que le llene los bolsillos, sin los eufemismos de la “pasión de multitudes” ni “el más popular de los deportes”. Hay una pasión que puede volverse malsana si se transforma en ludopatía, pero pocos son los casos de agarrarse a insultos, palos o tiros por una camiseta.
Sea como sea, los deportes de masas que alimentan el negocio de los medios de comunicación y de todos los individuos que hacen fortunas con ellos, incluidos sus protagonistas, dependen de cada uno de los que idolatran a un mal llamado deportista y tienen la ingenuidad de ver como un deporte a lo que es una actividad astronómicamente rentable, al menos para los que logran destacarse en ella. Desde el fútbol al automovilismo, pasando por el tenis y el golf, todos sus devotos ignoran la injusticia básica de que un individuo gane cientos o miles de veces más que un trabajador o un científico, sólo por patear o pegarle bien a una pelota, o completar un circuito sin destrozar su auto.




