Por Horacio R. Brum

El yerno de unos amigos argentinos perdió 90.000 dólares. No se los robaron, no se los jugó en un casino tradicional y no fue víctima de los avatares de la economía nacional. El hombre, buen católico y padre de dos hijos, es un ingeniero de sistemas y por lo tanto, está inmerso en ese mundo digital que los cultores del pensamiento único nos venden como la panacea de todos los males de la Humanidad. En tal mundo, alguien que todavía no se sabe bien quién es inventó una moneda ficticia, a la que llamó bitcoin. El o la bitcoin existe solamente en las computadoras de quienes la aceptan y usan, aunque en algunos países se puede convertir a divisas reales, y no tiene respaldo institucional alguno. El peso, el dólar o cualquier otra moneda de curso legal están vinculados a las reservas de los bancos centrales, depositarios de la confianza del público, pero como declaró su creador (que siempre operó bajo el seudónimo de Satoshi Nakamoto) en 2008, el bitcoin es un instrumento para realizar transacciones electrónicas “sin apoyarse en la confianza”.

La bola de nieve de esta colosal estafa global, a la cual hoy se entregan millones de personas, comenzó a rodar de una manera tan absurda como su invento: en 2010, un programador de Estados Unidos ofreció por las redes de comunicación electrónicas 10.000 bitcoins al que le enviara dos pizzas. Un joven del estado de Florida hizo el pedido a una empresa de pizzas a domicilio por un valor de aproximadamente 41 dólares, y ordenó que se las entregaran al ofertante, quien a su vez le pasó, siempre por medios electrónicos, la cantidad pactada. Hoy por hoy, cualquiera que tenga algunas habilidades para la informática puede crear o acumular esas “monedas” que, según el Banco Central Europeo, adolecen de “una inestabilidad inherente de cotización, falta de regulaciones firmes y el riesgo de ser empleadas ilegalmente por usuarios anónimos”.

Desde el desequilibrado Donald Trump hasta el autócrata salvadoreño Nayib Bukele (que la impuso como moneda de curso legal, hasta que el Fondo Monetario Internacional lo obligó a poner fin al experimento), más de un personaje ha promovido la creación de bitcoins, debido a lo fácil que es emplearlas sin los controles de la legalidad económica. Por estos lados, aun no se aclara el papel del presidente argentino en el escándalo $Libra. El año pasado Javier Milei recibió en la Casa Rosada al creador de bitcoins Mark Hayden Davis, quien le propuso crear un fondo para asistencia a las pequeñas y medianas empresas, bajo el nombre de $Libra. A través de sus redes sociales, Milei recomendó la inversión en esa “moneda”, cuya cotización subió espectacularmente en pocos minutos, para desplomarse cuando surgieron indicios de irregularidades en las transacciones. De todos modos, Davis y algunos individuos cercanos al Presidente ganaron millones de dólares, en manejos que han dado lugar a juicios e investigaciones parlamentarias, tanto en Argentina como en Estados Unidos. Otro caso que está en las noticias es el del ex vocero presidencial Manuel Adorni, a quien la justicia investiga por el crecimiento desmedido de su patrimonio mientras era funcionario de Milei. Adorni ha tratado de justificar la posesión de más de medio millón de dólares en contante, con el argumento de que son ganancias de sus operaciones en bitcoins. Lo más increíble de esto es que el ex funcionario dijo haber hecho transacciones de tal “moneda” con personas no identificadas, por lo que es casi imposible para la Justicia establecer si dichas operaciones fueron genuinas.

Pese a todo esto, las bitcoins siguen en uso y desarrollo, sin que gobierno alguno se atreva a prohibirlas y solamente opten por algunos intentos de regulación, pero ellas son sólo una manifestación del mundo sin controles ni reglas de las tecnologías digitales. Las llamadas “empresas de plataforma”, montadas por individuos con más capacidad para la programación de computadoras que moral y ética, generan nuevas formas de explotación laboral; en tanto que un repartidor de pizzas arriesga a diario su vida y su salud sobre una bicicleta, para ganar un puñado de dólares, o una persona agrega al cansancio de su trabajo regular la conducción durante varias horas de un automóvil -con el consiguiente riesgo para sus pasajeros-, los creadores de empresas como Uber, Pedidos Ya y similares hacen millones de dólares gracias al esfuerzo de esos trabajadores que no tienen beneficios sociales y cuyos contratos se limitan a una conexión de celular. Otras empresas, del tipo Mercado Pago, cobran intereses que van muy lejos de la usura (más de 1000% en Argentina, por ejemplo), por los préstamos que dan a quienes, por su precariedad laboral, no pueden acceder al sistema bancario. El propietario de Mercado Pago, que es parte de Mercado Libre, es uno de los hombres más ricos del continente, con 8.000 millones de dólares de patrimonio; Elon Musk, dueño de X, la principal red social y de la televisión satelital Starlink, además de muchas otras empresas vinculadas a las tecnologías modernas, es la persona más rica del mundo, con alrededor de un millón de millones de dólares. Este artículo será reproducido muchas veces en Google, sin que la empresa, controlada por otros billonarios de las tecnologías, paguen derecho alguno a 20Once ni a su autor.

Ahora circulan por el mundo los temores, ya tratados antes por la ciencia-ficción, de que las computadoras lleguen a actuar sin la intervención de los humanos, mediante la llamada Inteligencia Artificial (IA). Sea cual sea el futuro de la IA, en su creación y desarrollo está la codicia de grandes empresarios, y la incapacidad de los gobiernos para enfrentarlos. Brasil es uno de los pocos países que está organizando la resistencia a esos individuos, porque, como dijo Lula Da Silva en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, “Un puñado de tecnoligarcas quiere resucitar una versión de neoliberalismo digital sin reglas ni transparencia”. Sin embargo, todo esfuerzo quedará en las buenas intenciones, mientras avance la estupidez colectiva de hacer depender nuestras vidas de un celular.

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