Horacio R. Brum

A los grandes medios internacionales les encanta fabricar héroes. Que en las noticias haya un bueno luchando contra un malo les permite ahorrar tiempo de análisis en profundidad y gastos de enviados especiales, a la vez que les facilita la captura de la atención de un público que, en esta era de las tecnologías de la información, no se concentra en un tema más que escasos minutos. Si el héroe es de algún país en desarrollo y tiene un oponente poderoso, algo así como un Goliat para el pequeño David, tanto mejor.

Los medios mundiales han seguido buscando héroes en nuestro continente, y ahora tienen a Juan Guaidó erigido, como la Juana de Arco que en la Francia medieval fue el símbolo de la dignidad nacional, en el restaurador de Venezuela.

En 2011, la prensa alemana inventó a la “Juana de Arco de los Andes”. Camila Vallejo, líder de los universitarios chilenos que entonces se alzaban contra el primer gobierno del empresario derechista Sebastián Piñera para exigir la gratuidad de la enseñanza, fue la heroína que buscaba el periodismo internacional. Bonita, simpática y con gran facilidad de palabra, Vallejo era útil para resumir en algunas imágenes y pocas líneas las desigualdades y contradicciones de un país que antes había sido presentado como el Jaguar Sudamericano, por su supuesto auge económico. Ocho años más tarde, Piñera está de vuelta en el poder; la gratuidad de la enseñanza quedó limitada a que el gobierno pague a las universidades los aranceles de los estudiantes más pobres y Camila Vallejo ya no pelea en las calles, sino que es una madre con mucho de burguesa -adorna sus lindas facciones con anteojos de diseño-, ocupante de una banca parlamentaria por el partido Comunista, el cual también está lejos de las luchas de barricadas.

A saber: Venezuela nunca ha sido una democracia ejemplar y siempre ha dilapidado la riqueza petrolera; el proyecto bolivariano de Chávez se basó en muchas ideas y conceptos de la izquierda de los años 70, perimidos en esta era de la globalización y por lo tanto, condenado al fracaso económico; con su carisma y habilidades políticas.

Sin embargo, los medios mundiales han seguido buscando héroes en nuestro continente, y ahora tienen a Juan Guaidó erigido, como la Juana de Arco que en la Francia medieval fue el símbolo de la dignidad nacional, en el restaurador de Venezuela. Joven, carilindo y simpaticón, el David de Guaidó lucha a brazo partido contra el Goliat de Maduro, un energúmeno bigotudo con cabeza de cepillo, que cada vez que abre la boca crea nuevos enemigos para su gobierno. Así, ahora nos llegan las imágenes de una Venezuela apocalíptica, pero entre los ruidos de tantas gárgaras de democracia, poco se oye respecto de las causas históricas del proceso en el país que Hugo Chávez quiso sacar de la corrupción y la inequidad, y que su inepto sucesor sumió en el caos.

Contrariamente a lo que quieren hacer creer Guaidó y su gente, con el apoyo de Washington y los gobiernos derechistas de la región, Venezuela nunca ha sido un dechado de democracia y menos aún, de seriedad económica. En 1902, bajo la dictadura de Cipriano Castro, fue pionera en la región en el “default” de su gran deuda externa, lo cual le valió el bloqueo de sus puertos por las armadas de Gran Bretaña, Alemania e Italia. Por un acuerdo logrado con la intervención de los Estados Unidos, tuvo que destinar el 30% de sus ingresos aduaneros a amortizar esa deuda. El incidente hizo que Argentina, en esa época una potencia regional, impusiera en la diplomacia internacional la Doctrina Drago (por Luis María Drago, canciller del gobierno de Julio Argentino Roca), que prohíbe el uso de la fuerza militar para cobrar deudas.

En 1958, después de un largo y muy bananero período de dictaduras, durante el cual los sectores políticos civiles fueron partícipes activos del golpismo, los partidos Acción Democrática (AD), de tendencia socialdemócrata, y Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei), alineado con la derecha de la democracia cristiana internacional, establecieron un sistema para alternarse en el poder, que duró hasta el advenimiento de Hugo Chávez, en 1998. El pacto de Punto Fijo, que llevó el nombre de la mansión caraqueña de uno de los líderes políticos donde fue firmado, excluyó a la izquierda y específicamente al Partido Comunista, que era una fuerza importante, debido a su historial de resistencia contra la dictadura. De esa manera, AD y Copei, firmemente enraizados en unas clases medias cuyo referente cultural y económico era -al igual que hoy-, Estados Unidos, se aseguraron de bloquear cualquier intento de cambio radical, como el que se estaba produciendo en Cuba.

La cercanía diplomática y política de Venezuela con la potencia del Norte estuvo reforzada por los intereses de las empresas petroleras. Antes del auge de los países del Golfo Pérsico, el volumen de las exportaciones del crudo venezolano solamente era superado en el mundo por el de los Estados Unidos. Recién en 1976, bajo la presidencia de Carlos Andrés Pérez, se realizó la nacionalización, y comenzaron los años de lo que se conoce como «la Venezuela saudita». Este fue un período de grandes gastos en obras faraónicas de infraestructura, no siempre bien concebidas, como los edificios públicos y autopistas que han hecho de Caracas una de las capitales más feas de la región. Por otra parte, se emprendieron proyectos rayanos en el absurdo: el Ministerio para el Desarrollo de la Inteligencia, que tenía por cometido “enseñar a pensar”, no fue más que un nuevo foco de burocracia.

De todos modos, de la industria petrolera fue creciendo una clase obrera pequeña, pero con un peso político importante por su posición en la estructura económica; durante el “boom” del petróleo, apenas el 3% de los trabajadores venezolanos generaba el 90% de las exportaciones. Además, se amplió la clase media urbana, que entró en un consumismo estimulado por la distribución de la renta petrolera y cuyo paraíso de compras era Miami. Paralelamente, creció el clientelismo político como forma de contentar a los más pobres y la corrupción no figuraba en la agenda pública, porque había torta para todos. En cuanto a la imagen internacional, durante su primera presidencia (1974-1979) Carlos Andrés Pérez llegó a hacerse un cartel de izquierdista,con el cual llegó a la vicepresidencia de la Internacional Socialista, por dar refugio a miles de exiliados de las dictaduras militares latinoamericanas.

El “milagro venezolano” fue liquidado por el mismo Pérez durante su segunda presidencia, porque al terminar la bonanza del petróleo sin que se tomaran previsiones para diversificar la economía, la deuda externa se ubicó entre las más altas de la región, el desempleo aumentó en forma exponencial y los pobres fueron más pobres, mientras la clase media se sentía expulsada de su paraíso consumista. En 1989, al poco tiempo ser elegido por segunda vez, Carlos Andrés Pérez se pasó al neoliberalismo con el «paquetazo», un programa de ajuste con recortes de las prestaciones sociales, subidas de impuestos y la privatización de las empresas estatales. La reacción popular fue el “caracazo”, una ola de protestas masivas y saqueos, que el gobierno contrarrestó con la imposición del estado de sitio y la represión por parte de tropas policiales y militares. Según las cifras oficiales, hubo alrededor de 300 muertos, pero algunas organizaciones civiles informaron de más de 3.000, y otros tantos desaparecidos. Como lo ha dicho el historiador Agustín Blanco, de la Universidad Central venezolana, «para salvarse él y su gobierno [Pérez] sacó al ejército a la calle con orden de matar» y se produjo la «masacre de Venezuela».

En las fuerzas armadas hubo sectores descontentos por verse obligados a proteger a un gobierno percibido como ineficaz y corrupto, los cuales encontraron simpatías entre las clases que habían perdido nivel de vida y poder adquisitivo, y en 1992 hicieron dos intentos de golpe de estado. Así apareció la figura de Hugo Chávez, un oficial joven y carismático, que fue convertido en ídolo popular por los medios de comunicación. En 1993, Carlos Andrés Pérez fue procesado por el delito de malversación de fondos públicos, y se convirtió en el único presidente en ejercicio en la historia de Venezuela en ser destituido por la acción del poder judicial. Huyendo de la justicia, Pérez se definió como perseguido político y murió en Miami en 2010.

Para 1994, la Oficina Central de Estadística e Informática venezolana informó que más de 8 millones de personas estaban bajo la línea de pobreza y que la mitad de los 23 Estados del país reunían entre su población el 50% de los pobres. Golpista indultado, Hugo Chávez ganó las elecciones presidenciales de 1998 por un margen amplio, con los sufragios de las clases medias y trabajadoras. Según el historiador Agustín Blanco, «La situación en 1998 era de auténtico desastre y él pudo presentarse como un salvador en medio de ese desastre porque los venezolanos ya no creían en nadie de los partidos políticos tradicionales».

Lo demás es historia reciente, pero es posible sacar varias conclusiones. A saber: Venezuela nunca ha sido una democracia ejemplar y siempre ha dilapidado la riqueza petrolera; el proyecto bolivariano de Chávez se basó en muchas ideas y conceptos de la izquierda de los años 70, perimidos en esta era de la globalización y por lo tanto, condenado al fracaso económico; con su carisma y habilidades políticas, Chávez podría haber hecho las rectificaciones necesarias para no llegar a la situación actual, pero su muerte puso en el gobierno a Nicolás Maduro, un personaje que trata de compensar su mediocridad con la intransigencia y el fanatismo; el golpismo, que ahora promueve Juan Guaidó, con el aliento de Estados Unidos y del secretario general de la OEA Luis Almagro, nunca ha tenido un rechazo generalizado entre los políticos y la sociedad; la caída del gobierno chavista aumentaría la sensación de triunfo que tiene la derecha sudamericana, lo cual, en el ámbito uruguayo, daría más ímpetus a la oposición para su ofensiva electoral contra el Frente Amplio.