Escribe Margarita Heinzen
Quisiera escribir de otra cosa. Entender que la vida es mucho más que la crisis sanitaria y que nos sigue importando cómo se poda el ciruelo, cómo se envejece con calidad o cómo se aprende inglés por internet. Por decir algo. Podría haber escrito también que se inauguró un nuevo puente, cómo se cría un gato, cuál es la receta para la mejor buseca o que en la India se fabricó una bicicleta con cañas. Los temas de interés podrían ser infinitos pero hoy por hoy todos se anulan ante lo abrumador de las cifras. Día a día, el número creciente de nuevos enfermos, enfermos críticos y muertos aumenta. Y cuando bajan, al otro día te dicen que faltó informar treinta más. ¿Cómo salir de ese torbellino de cifras sin que cada número se convierta en estadística? Me abruma, al igual que a todos, el conteo incesante de muertos. Recuerdo que cuando la llegada de las vacunas se postergó de diciembre a febrero, pensaba: cada día que pasa son 10 familias que lamentarán a sus muertos, y llegamos a 79 familias que, no sólo lo lloran, sino que no han podido despedirse de él, en ese rito social que es el sepelio y que nos facilita la transición hacia la vida que deberemos vivir sin nuestro ser querido.
La primera nota periodística de necesidad (así le llaman al que cubre noticias de primera plana) que le tocó escribir a García Márquez en El Espectador de Bogotá fue una catástrofe en los alrededores de Medellín sobre el deslave de unos cerros que produjo unos 3.000 muertos en 1954. Abrumado por las cifras, le dijo al taxista que lo recogió en el aeropuerto: “Lléveme con los vivos” y fue así que escribió tres artículos sobre las historias personales de las víctimas, lo que permitió que los lectores pudieran identificarse con ellos y entender la tragedia.
Las cifras abruman. Cuando nos dicen 6 millones de judíos murieron en el Holocausto uno tiene que pensar: son dos Uruguay o es como si se vaciara la ciudad de Santiago. Uno no puede con las cifras y aún en esa comparación el dolor permanece en abstracto. Hace unos días, concretamente el 9 de abril, cuando se alcanzaron los 40 muertos por COVID, se acuñó en las redes la expresión “como si se hubiera accidentado un ómnibus lleno y se hubieran muerto todos los pasajeros”. Seis días después es como si el accidente fatal hubiera sido de dos ómnibus. Imagino los titulares, las fotos de diarios y portales y los móviles de la televisión. Hubiéramos visto las imágenes siete u ocho veces. Ahora no logramos humanizar las historias, salvo que sea uno de los nuestros.
El museo Judío de Berlín es un edificio escultura del Arquitecto Daniel Libeskind, que a través de tres ejes (el del exilio, el del holocausto y el de la continuidad) cuenta la historia del pueblo judío en Alemania. El eje del holocausto, en particular, es un empinado corredor, escoltado por vitrinas con objetos personales que tienen nombre y apellido. Un paquete que Alinna Bauchmann envió a su sobrina en Estados Unidos unos días antes de ser enviada a un campo de concentración, permaneció cerrado hasta que fue evidente que la tía no llegaría a buscarlo. Contenía unas fotos de su novio, artículos de tocador y un anillo, las posesiones más valiosas para esa mujer. Termina el corredor en una torre de hormigón de base triangular estrecha, completamente vacía y oscura. La única luz entra como un filo por una hendija en la arista superior del prisma. Al entrar, una pesada puerta se cierra detrás de uno. Se puede vivir en la historia de Alinna, el desamparo de los otros millones.
En nuestro país, a nivel colectivo, las muertes de Andrés Abt y Alberto Sonsol le pusieron nombre a la tragedia. Sabemos también que el primer muerto por COVID fue Rodolfo González Risotto, ex Ministro de la Corte Electoral y docente de la Universidad de la Empresa. De ellos conocemos sus vidas, las historias que muchos comparten, son los que resuenan. De los otros ni sabemos sus nombres ni sus historias, y se pierden en los partes diarios donde pasan a ser un número con localización geográfica. Y eso nos aleja del drama, que siempre es individual.
Justamente hoy leo un artículo en La Diaria en el que Soledad, la hija de Ethel Morena, de 69 años, dice: “Queremos que se sepa el nombre de nuestra mamá porque eso justamente personaliza la historia, le pone un nombre, una familia, una vida”. Ella y su hermano Simón cuentan de su madre y cuentan la peripecia que viven desde que le avisaron que su madre había muerto, doce horas después de haber sido internada sin diagnóstico de COVID positivo. Yo recuerdo cuando falleció mi padre de un paro cardiorespiratorio, de forma abrupta, sin pre aviso, la sensación de vacío que nos dejó, la incomprensión por lo que había pasado, la angustia de imaginarnos sus últimos minutos solo. Todo eso, hace 30 años, en un país que permitía procesar la muerte a través de sus rituales. Imagino el dolor de Soledad y Simón, cuando le avisaron de esa muerte impensada y más aún cuando ni siquiera pudieron despedirse de su cuerpo, porque cuando llegaron al sanatorio ya se la habían llevado a la funeraria y cuando llegaron a la funeraria el empleado les dijo: “las órdenes son que después que se cierra la bolsa, no se puede volver a abrir”. Y eso desencadena otras historias, como la de la enfermera que en el momento que estaba por avisar a la familia de Ethel Morena que había muerto, se le descompensó Julián Bermúdez en otra cama y corrió a atenderlo y mientras estaba con él, se llevaron el cuerpo de Ethel y cuando quiso acordar, nadie les había avisado a Soledad y a Simón.
La Dra. Rita Rufo, presidenta de la Sociedad Uruguaya de Medicina y Cuidados Paliativos, dice en esa misma nota que “el no despedirse es muy grave”, que “el final de la vida de una persona es una etapa muy importante para toda la familia y hay muchos procesos que no se pueden hacer; no está ese proceder del final de vida donde se cuentan cosas, donde se habla, donde se ponen al día”. Lo que todos los que hemos perdido seres queridos sin la oportunidad de despedirnos sabemos muy bien. Y que deben saber también las 26 familias de los fallecidos en el residencial para ancianos Victoriano Sosa, de Fray Bentos, donde la decisión, después de ocurridas las primeras muertes, fue encerrarse “hasta sucumbir”. Y no encuentro un solo nombre de esas 26 personas que permitan recomponer la historia, el sentimiento de aquella nieta que fue postergando la visita hasta que, cuando encontró un tiempo, ya no le permitieron entrar o el de aquel hijo que renunció a pasar la Navidad con su madre para cuidarla. ¿Qué sentirán esos familiares, a los que, si uno no nombra, no puede reconocerse en sus historias?
Los que sí estuvieron junto a Oscar Presentado hasta el final, aunque por el motivo más cruel, fueron Analía y sus dos hijos, quienes se turnaban para llamar por teléfono al Hospital de Salto, porque ella sabía que su esposo, no daba más, que le faltaba el aire. Y tal vez murió sosteniéndole la mano pero con la rabia infinita de no haber podido hacer nada más por él. Como uno siente una pena enorme al leer en el muro de Facebook de Manuel Bercianos unos días antes de su muerte: “si te enfermás de COVID estás más solo que el uno, te hisopan y no te llaman más”, escrito por sus propias manos y en grandes letras blancas sobre fondo verde.
