Por Juan Andrés Pardo
En Paysandú -y en la historia de la arquitectura uruguaya- el nombre de Óscar Garrasino remite a modernidad, espacio público y proyecto urbano. Sus obras no fueron piezas aisladas, sino parte de una idea de ciudad. Durante décadas fue reconocido como uno de los arquitectos más influyentes del país en el siglo XX, integrante de una generación que dio forma material a un Uruguay que crecía.
Pero su nombre también quedó asociado a otro proceso: denuncias, juicio político, procesamiento judicial y cárcel en los meses previos al golpe de Estado de 1973.
No son dos biografías distintas. Es la misma trayectoria atravesada por el poder en distintas escalas.
En su ensayo publicado en Arquitectura n.º 270, Alberto de Betolaza sitúa a Garrasino dentro del movimiento moderno uruguayo y señala que su producción “trasciende la escala local” para inscribirse en el proceso nacional de modernización arquitectónica. Su obra se caracterizó por la funcionalidad, la claridad estructural y una marcada vocación pública. Más que diseñar edificios, organizó espacios colectivos.
El Mercado Municipal de Paysandú se convirtió en un nodo urbano central. El Balneario Municipal, proyectado en la década de 1940, integró modernidad arquitectónica y paisaje ribereño, reafirmando el espacio público como escenario democrático. En la misma franja costera se desarrollaron infraestructuras náuticas que consolidaron la relación entre ciudad y río.
El actual Espacio Cultural Gobbi, originalmente Cine Astor (1939), incorporó soluciones técnicas de avanzada para la época y hoy continúa activo como centro cultural. A ello se suma el edificio de la Aduana y una importante cantidad de viviendas particulares y edificios privados que marcaron el perfil urbano sanducero.
Gran parte de esa producción se dio en las décadas de 1940 y 1950, el período de mayor prosperidad industrial de Paysandú. El auge manufacturero impulsó una expansión urbana intensa, y Garrasino fue uno de los arquitectos que dio forma material a ese ciclo de crecimiento. Su arquitectura está profundamente ligada a ese momento de optimismo productivo.
El intendente cuestionado
Esa centralidad pública -como profesional y como figura visible de la ciudad- también lo proyectó hacia la política. En las elecciones departamentales de 1966, el Partido Colorado desplazó al Partido Nacional, que gobernaba Paysandú desde 1958. El intendente electo fue Óscar Garrasino.
Su llegada al gobierno departamental fue leída como la consolidación de un perfil ejecutivo y transformador, acorde con una ciudad que todavía conservaba impulso industrial y expectativas de crecimiento.
Sin embargo, el ejercicio del poder político es más frágil que el hormigón armado.
Durante su gestión surgieron denuncias por presunto abuso de funciones, peculado, fraude y manejo irregular de fondos municipales. Se cuestionaron exoneraciones tributarias, adjudicaciones y procedimientos administrativos.
El 24 de marzo de 1973, ante la ola de acusaciones, Garrasino respondía en Última Hora: “¡Mentira; qué ganas de joder! No hubo malversación de fondos. Aquí el sistema es viejo, arcaico, pero no hubo robo”.
Impulsado por ediles del Frente Amplio y acompañado por representantes del Partido Nacional y un edil colorado, el juicio político derivó en su procesamiento judicial y encarcelamiento preventivo. Fue detenido y permaneció en la Jefatura de Policía, en un país donde el poder militar crecía y el deterioro institucional era evidente.
Los diarios de la época registraron incluso la visita de Jorge Batlle a Paysandú para solicitarle la renuncia a la Intendencia y a la Lista 15. El episodio había dejado de ser departamental.
En ese contexto, el caso Garrasino fue utilizado para reforzar el discurso militar sobre la “descomposición” de la política y la incapacidad de los partidos tradicionales para gobernar. La crisis de la Intendencia se integró así a una narrativa más amplia que preparaba el terreno para el quiebre democrático.
Funcionarios municipales fueron detenidos y sometidos a interrogatorios bajo tortura en el marco de la investigación. La dimensión represiva ya convivía, entonces, con el proceso judicial.
Nada de esto exonera responsabilidades políticas o administrativas. Pero obliga a leer el episodio en su doble dimensión: como una crisis real y como una pieza incorporada al relato que precedió al golpe de Estado de junio de 1973.
La revisión de Batlle
Años después, Jorge Batlle ofreció una mirada diferente sobre aquellos acontecimientos. En el tráiler de un documental sobre la vida y obra de Garrasino -impulsado por el productor sanducero Juan Stevenson y que no llegó a concretarse debido a su fallecimiento- el ex presidente recordó su figura con un tono marcadamente reivindicador.
“Garra era una estupenda persona… un hombre muy inteligente… con una mentalidad muy abierta y lanzada hacia el porvenir”, afirmó. También señaló que lo acompañó reiteradamente mientras estuvo detenido en la Jefatura de Policía y describió como desproporcionadas algunas de las imputaciones por abuso de funciones, vinculadas -según su relato- a la compra de un semáforo y un camión para Tambores.
El mismo dirigente que en su momento le había pedido la renuncia relativizaba años después la gravedad de los hechos y sugería que el contexto político-militar contribuyó a amplificar el caso e incluso a ensuciar su figura.
Esa revisión posterior no elimina el proceso judicial ni las responsabilidades políticas que pudieron haber existido. Pero introduce un elemento clave: la memoria histórica también se transforma y las figuras públicas pueden ser reevaluadas con el paso del tiempo.
Garrasino fue, al mismo tiempo, un arquitecto de fuerte influencia nacional y un intendente cuya gestión terminó en conflicto. Su caso obliga a pensar cómo conviven el talento profesional y la controversia política, y cómo los contextos históricos condicionan tanto las decisiones individuales como su posterior interpretación.
El hormigón permanece. Las decisiones políticas, en cambio, se erosionan con el tiempo. Entre ambos planos -la obra y el poder- no sólo se dibuja la figura compleja de Óscar Garrasino, sino también una parte incómoda de la historia institucional del país.
Mientras tanto, en Paysandú, la ciudad sigue habitando sus edificios. La historia, en cambio, continúa debatiendo su legado político.
Foto de el barquito en la playa de Paysandú, obra de Óscar Garrasino.
Fuentes consultadas:
- Trailer “Una película sobre el Arquitecto Garrasino” https://www.youtube.com/watch?v=XRCH7WoUsVU
- Revista Arquitectura 270, Sociedad de Arquitectos del Uruguay.
- Prensa nacional de 1973 (Última Hora y Ahora).
- Registros electorales departamentales de 1966.
- “El presente de la dictadura: Estudio y reflexiones a 30 años del golpe de Estado en Uruguay”, de Aldo Marchesi, Vania Markarián, Álvaro Rico y Jaime Yaffé (compiladores).
