Por Horacio R. Brum

Si, según la frase hecha, una imagen vale más que mil palabras, dos imágenes del campeonato mundial de fútbol 2026 explican gran parte de la andanada de críticas que Argentina y su Selección recibieron al terminar el certamen. Primero, los jugadores desplegaron en la cancha del partido con Inglaterra el cartel hecho por un hincha imbuido de un nacionalismo elemental, con la consigna: “Las Malvinas son argentinas”. Realizada con la aquiescencia de un capitán (Lionel Messi), quien debió haber hecho respetar la prohibición de la FIFA de que en los estadios se exhibiera cualquier tipo de símbolo político, esa acción fue una ofensa gratuita a los rivales derrotados del equipo de Inglaterra. Para las hinchadas y muchos otros argentinos, incluidos algunos periodistas usualmente objetivos y responsables,  no se trató más que de una “picardía”, motivada por la supuesta pasión que despierta en su país la disputa por la soberanía de las islas y el recuerdo de los cientos de jóvenes que murieron en la guerra del Atlántico Sur. También se presentó el hecho como la continuación del espíritu de México 86, cuando el tramposo Maradona hizo un gol con la mano -hasta ahora llamado “la mano de Dios” en Argentina-, que permitió abrir el camino a otro tanto, para dejar fuera de competencia al cuadro inglés.

La segunda imagen fue la de prácticamente toda la Selección dando la espalda a la ceremonia de entrega de la copa mundial a los españoles y mirando a la tribuna copada por la afición argentina. Ese otro, acto permitido por un capitán cuya responsabilidad de hacer respetar las normas pareció terminar con el fin del partido, trasmitió al mundo fuera de Argentina la idea de que el equipo carecía de la hidalguía para aceptar la derrota. En el país, en cambio, se le justificó con la necesidad de los jugadores de ser reconfortados por su público y compartir con este el dolor por haber perdido.

“…la Argentina, la pasión, el fútbol y Malvinas nos unen”, escribió un columnista de Página 12 y veterano de la guerra. Es justamente en la pasión donde está el problema argentino, porque cuando la pasión no es atemperada por la razón, se cometen acciones que terminan en frustraciones, dolores y un rechazo generalizado por parte de aquellos que no entienden las razones del apasionamiento.

Pese a que el fútbol profesional es hoy poco más que un gran negocio, las competencias internacionales se viven con intensidad en casi todo el planeta, pero no hay muchos que crean que del rodar de una pelota depende el prestigio o el futuro del país… excepto en Argentina, donde se nace de River, de Boca o de cualquier otro cuadro (hay clubes que ofrecen la afiliación de los hijos de sus socios desde el nacimiento) y los barrabravas, esa plaga autóctona del deporte nacional que es peor que los hooligans británicos o los tifosi italianos, llegan a matar por la camiseta. En ese contexto, se hace difícil reconocer hidalgamente que el contrario es mejor o alejarse de la idea acuñada por los antropólogos de que el fútbol es una representación simbólica de la primitiva guerra entre las tribus. Mucha tinta se ha gastado en los análisis sociológicos del fenómeno argentino, pero lo cierto es que el mismo es sintomático de una sociedad que no puede superar las divisiones que ha originado la política, en especial a partir del peronismo-antiperonismo.

En los mismos días del Mundial, España y Gran Bretaña acordaron levantar todas las barreras fronterizas del Peñón de Gibraltar, esa península estratégica del territorio ibérico que controla el paso entre el Mediterráneo y el Atlántico. Gibraltar está bajo la jurisdicción británica desde 1713, cuando España lo perdió en una de las tantas guerras monárquicas europeas. Los gobiernos de Madrid mantienen desde entonces el reclamo de la soberanía; el dictador Francisco Franco nunca se atrevió a una recuperación militar -ni siquiera a instancias de Hitler-, consciente de que no le convenía enfrentarse a una potencia occidental. Sólo en 1969 decretó el bloqueo de la frontera, a causa de que los gibraltareños votaron abrumadoramente a favor de seguir unidos a Gran Bretaña, y esa medida fue levantada en 1982 por el gobierno democrático de Felipe González. Varias declaraciones de la ONU sobre la “descolonización” no tuvieron efecto alguno sobre las autoridades de Londres ni sobre los habitantes del Peñón y para facilitar la entrada en la Unión Europea (UE), España comenzó a conversar con Gran Bretaña sobre aspectos prácticos, como el libre tránsito fronterizo y los beneficios sociales para los numerosos españoles que trabajan en Gibraltar. La integración española a la UE significó un nuevo impulso de progreso para el Peñón, basado en los servicios financieros y el turismo. Por eso, cuando el juego de algunos políticos nacionalistas hizo que Gran Bretaña abandonara la UE, los habitantes de La Roca (The Rock, como ellos llaman a su territorio) se resistieron a ello e iniciaron una intensa campaña para no salir de la Unión, sin por eso dejar de ser británicos. El acuerdo del mes pasado es en buena medida la culminación de ese esfuerzo; ninguna de las partes ha cedido en sus posiciones históricas, pero todos han entendido que la cooperación es más ventajosa que el enfrentamiento.

En España, la disputa por Gibraltar se ha mantenido en el ámbito de la diplomacia y de la historia y los muertos que costó están lejanos en el tiempo. En Argentina, si bien los reclamos diplomáticos datan de la ocupación británica de 1833, la “causa” de las Malvinas cobró fuerza un siglo más tarde, a impulso de los sectores nacionalistas que resentían el virtual protectorado económico de Londres que era el país, con los ferrocarriles, los tranvías, los frigoríficos y muchos otros sectores en manos británicas. Mediante la enseñanza escolar y la propaganda bajo el lema de “Las Malvinas son argentinas”, la temperatura emocional del tema fue aumentando y este se aprovechó como un factor de unidad nacional. Antes de la invasión, o recuperación, real de 1982, se produjeron varias invasiones simbólicas de individuos o grupos nacionalistas que aterrizaban en las islas, para sorpresa de su tranquila comunidad. El 2 de abril de 1982, la multitud que dos días antes había sido apaleada y gaseada en la Plaza de Mayo durante una protesta contra la dictadura militar, vivó a los dictadores que aparecieron en el balcón de la Casa Rosada para anunciar el desembarco en Puerto Stanley-Puerto Argentino. La derrota en la guerra y el saldo de muertos agregaron otra capa de emocionalidad al asunto, que llegó a combinarse con el fútbol en cada partido contra la selección de Inglaterra.

“Somos apasionados”, dice una publicidad turística del gobierno de la ciudad de Buenos Aires y la sociedad argentina en general ve esa característica como positiva, pero cuando los arrebatos de pasión rigen la vida diaria y las relaciones con el mundo, el futuro puede estar hecho de fracasos, frustraciones y dolores.

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