CINE & MATE
Pedir perdón a Carlos Gardel
by Salomón Reyes
A todos los países les gusta destacar y difundir los triunfos de sus nacionales. El problema aparece cuando la nacionalidad de la persona que se pretende reivindicar no resulta tan clara. Hay casos en los que es necesario zambullirse en documentos, registros e investigaciones históricas para determinar si, efectivamente, esa persona puede ser presentada como un nacional exitoso, antes de incurrir en un error o, peor aún, en una verdadera pifia de registro civil.
A veces, por costumbre o simplemente porque así lo ha instalado la tradición popular, se da por sentado que alguien pertenece a determinada nacionalidad, aun cuando, en los hechos, haya adoptado otra o su vínculo formal con ese país sea bastante más complejo de lo que suele suponerse.
El caso Chavela Vargas
Pasó con la cantante Chavela Vargas, a quien durante muchos años se consideró mexicana, mientras muchos ignorábamos su origen costarricense. Ella misma renegó de su patria de nacimiento y, podría decirse, hasta parecía molestarle hablar de ello. Chavela nunca se sintió “tica” y, en alguna ocasión, cuando le preguntaron por su origen, respondió con aquella memorable frase: “¡Los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana!”. Con esas palabras dejó bastante clara la nacionalidad con la que prefería identificarse.
No fue hasta 2022, diez años después de su muerte, que Costa Rica avanzó hacia un reconocimiento oficial de su figura, admitiendo que Chavela Vargas había sido marginada, excluida de determinados círculos sociales e incluso que se le había prohibido la entrada a la iglesia debido a su orientación sexual.
En muchos casos, la nacionalidad termina siendo también la de la patria que te recibe, te adopta y te brinda las oportunidades para desarrollar tu trabajo creativo. Hay otra frase popular que viene muy a cuento: “Uno es de donde vive y se hace”.
El caso Carlos Gardel
Desde hace tiempo, el origen uruguayo de Carlos Gardel ha sido sostenido a partir de diversos documentos oficiales, investigaciones jurídicas y hasta cinematográficos, como el documental “El padre de Gardel”, realizado en 2014 por el director uruguayo Ricardo Casas. No obstante, para buena parte de las personas alrededor del mundo, Gardel es francés de nacimiento y argentino por nacionalidad. Este caso nos enfrenta a un dilema no menos importante: aun cuando las pruebas y las investigaciones llegaran a confirmarlo de manera definitiva, vencer el imaginario construido alrededor de la nacionalidad del “Zorzal Oriental” requeriría mucho más que demostrarlo legal e históricamente.
Hace unos días apareció la noticia de que el gobierno uruguayo avanza en el reconocimiento oficial del nacimiento de Carlos Gardel en la ciudad de Tacuarembó. Y cuando llegue el momento, estamos seguros de que la noticia provocará un verdadero cisma cultural en el Río de la Plata y, probablemente, un poco más allá. Los argentinos difícilmente aceptarán la versión, por más documentos y papeles que se presenten. Y, a nivel mundial, será todavía más difícil revertir la idea de que el genio del tango no nació en Toulouse, Francia, sino en Tacuarembó, un nombre que, por otro lado, hay que reconocerlo, no suena precisamente tan glamuroso.
Pedir perdón a Carlitos
Les conté el caso de Costa Rica, que pidió tardías disculpas públicas por la exclusión y la discriminación de la que fue objeto Chavelita, con la esperanza, entre otras cosas, de recuperar para su acervo cultural nacional la figura de una de las cantantes esenciales de la música latinoamericana del siglo XX.
Imagínense que, antes de que el gobierno uruguayo difunda el reconocimiento oficial del nacimiento de Gardel, haga una declaratoria en la que reflexione o, mejor aún, formule un mea culpa sobre las condiciones sociopolíticas del Estado en 1887. Un contexto en el que no se pudo, o no se supo, comprender cómo un hombre como el coronel Carlos Escayola pudo crear un ambiente tan hostil e inestable, y con tan escasa intervención estatal, que terminó provocando que un niño como Carlos Gardel tuviera que abandonar Uruguay en circunstancias lastimeras y refugiarse en Buenos Aires, sin acceso a su identidad, a su nombre real y, sobre todo, sin la protección del Estado uruguayo que un niño de su edad habría necesitado.
Sí, suena estrafalario. Algunos dirán que eran otros tiempos y que no podemos comparar aquellas épocas, cuando los caudillos eran los jefes políticos de la zona, con las que vivimos ahora, en donde los jefes políticos se volvieron caudillos. Pero una declaración sincera, en la que al menos se condenara simbólicamente el maltrato del que fue objeto Carlitos Gardel, le daría a Uruguay una enorme talla moral y lo destacaría como el país que vio nacer a uno de los cantantes más importantes de la historia.
No ocurrirá, lo sabemos. Pero si ocurriera, Uruguay le ganaría, por una cabeza, a los países que todavía se disputan el lugar de nacimiento del guapo Gardel. Y eso sí que sería un tangazo.
NOTA: Este artículo NO fue escrito con IA, pero sí corregido. El humor y las ironías pertenecen al autor.


