Por Horacio R. Brum

 El 28 de junio de 1914, un terrorista serbio asesinó en Sarajevo al príncipe heredero del trono imperial de Austria-Hungría y su esposa. Aunque el individuo no tenía relación alguna con las autoridades de Serbia y formaba parte de un movimiento que luchaba contra el dominio austrohúngaro en Bosnia y Herzegovina, el gobierno de Viena aprovechó el magnicidio para saldar cuentas históricas con ese país, declarándole la guerra. Así se puso en marcha un mecanismo nefasto de alianzas militares europeas, con la Alemania imperial como el principal aliado de Austria-Hungría y Gran Bretaña, Francia y el Imperio Ruso a favor de Serbia. Cuatro años y quince millones de muertos más tarde, el imperio austrohúngaro se disolvió entre las varias naciones que lo componían, Serbia fue fundida con algunas de ellas en Yugoeslavia -la cual a su vez se desintegró, a causa de otras guerras, entre 1991 y 2001-, Alemania se convirtió en república, para entrar en una etapa de confusión política y social que incubó el nazismo, y Rusia pasó a ser la Unión Soviética, cuya existencia apenas pasó de los setenta años.

Los disparos de un fanático nacionalista y la innecesaria agresión de un país grande y poderoso a otro más débil y pequeño, pero con aliados fuertes, sumieron al mundo en un período de crisis que abarcó dos guerras mundiales. Como si no se hubiera aprendido lección alguna de la Historia, en Serbia y en los territorios serbios de Bosnia, el autor del atentado de Sarajevo es alabado como un luchador por la libertad; cuando se cumplió el centenario de su acción, fueron inaugurados varios monumentos en su honor. Por otra parte, los hechos de un siglo atrás parecen tener su espejo en el actual conflicto ruso-ucraniano, incluso por la ola de xenofobia antirrusa que están promoviendo los gobiernos y los medios de comunicación europeos y estadounidenses.

En la Primera Guerra Mundial y pese a la responsabilidad de Austria-Hungría en el inicio del conflicto, el odio oficial y popular fue dirigido hacia “lo alemán”. Para atacar a Francia, los ejércitos alemanes entraron en la neutral Bélgica y durante la ocupación cometieron diversos atropellos, a un costo de por lo menos 6500 muertos civiles, que dieron lugar a que la propaganda de guerra franco-británica hablara de “la violación de Bélgica”. Con esa frase se atizó la hostilidad popular, particularmente en Gran Bretaña, hacia todo lo que estuviera asociado con Alemania. Muchos comercios de propietarios con apellidos alemanes, aunque eran británicos de más de una generación, fueron boicoteados o atacados. También se atacaba en las calles a quienes se sospechaba que eran alemanes, confundiéndolos con espías, y hubo familias que cambiaron sus apellidos por otros de sonido más inglés, en un intento por vivir en paz en sus barrios y vecindarios.

No fue solamente un fabricante de embutidos o el dueño de un pequeño almacén de barrio quien cambió su apellido; el príncipe Luis de Battenberg, oficial distinguido de la Marina Real y esposo de una nieta de la reina Victoria, pasó a llamarse Mountbatten. Uno de sus nietos fue el último virrey de la India y otro se casó en 1947 con una joven princesa de la familia real británica: Felipe, consorte de la reina Isabel II, fallecido el año pasado. El rey Jorge V, abuelo de la reina Isabel, también prefirió evitar roces con la “opinión pública” enardecida por la guerra. Por su descendencia de la reina Victoria, que había llegado al trono inglés desde un principado alemán, hasta ese año la casa real llevaba el nombre de Sachsen-Coburg und Gotha; Jorge V resolvió anglicizarla con la denominación de uno de los castillos más famosos del reino: Windsor.

La guerra desatada por Vladimir Putin contra Ucrania tiene orígenes mucho más lejanos que los que nos presentan los medios, porque las raíces de Rusia están en lo que hoy es el país agredido y en la zona de Kiev, la capital ucraniana, se libró durante la Segunda Guerra Mundial la batalla de tanques de guerra más grande de la historia, que forma parte de lo que los rusos conocen como su Gran Guerra Patria contra el nazismo. Los ucranianos, por su parte, llevan siglos resistiendo al poderío de Rusia, pero esa resistencia incluyó que muchos de ellos formaran parte de los ejércitos de Hitler. En suma, los hechos actuales no admiten un análisis simplista para obligar a nadie a tomar partido, menos aún porque las potencias occidentales, agrupadas por Estados Unidos en la Organización del Tratado del Atlántico Norte – OTAN- han venido rodeando con sus aliados a Rusia desde la caída de la Unión Soviética y planeaban incorporar a Ucrania.

Por eso, la respuesta socio-cultural que han dado la Unión Europea y Estados Unidos, identificando a Putin con toda Rusia y todos los rusos, se parece mucho a la ola germanófoba de 1914. Y si de la Segunda Guerra Mundial se trata, conviene recordar cómo los aliados occidentales no tuvieron escrúpulos en cortejar a Stalin, el dictador más brutal de la historia soviética, para que les ayudara a derrotar al nazismo. Refiriéndose a esa alianza Winston Churchill, anticomunista de toda la vida, dijo que si Hitler invadiera el infierno, “yo empezaría a hablar bien del diablo”.

Ni aún en los momentos más críticos de la Guerra Fría se hizo una censura y persecusión tan generalizada de los artistas y deportistas rusos. La FIFA, que dio a Qatar la sede del campeonato mundial de fútbol de este año considerando más la billetera que los malos antecedentes en materia de autoritarismo y derechos humanos de ese país, borró del mapa a la selección rusa; por toda Europa quedó prohibida la actuación de los músicos y bailarines rusos y en una muestra de la estupidez políticamente correcta, hubo universidades que cancelaron seminarios y cátedras sobre autores como Fiodor Dostoyevski, un grande de la literatura mundial, que escribió en el siglo XIX. Piotr Ilich Tchaikovsky, uno de los genios de la música clásica y cuyas obras conocen hasta quienes no están familiarizados con ella: El Lago de los Cisnes, El Cascanueces, o La Bella Durmiente, también cayó bajo el hacha de los indignados por la invasión de Ucrania y se cancelaron algunos conciertos que lo incluían en el programa. Paradójicamente, los que dicen defender la libertad y la democracia y ya han comenzado a presentar al presidente ruso como el Hitler de estos tiempos, intimaron a los representantes de las artes o el deporte de Rusia a declararse contra su gobierno. Si no lo hacían, se les cancelaban sus contratos o se los expulsaba de las asociaciones y federaciones internacionales. En el colmo del absurdo, los gatos rusos han sido dejados fuera del registro internacional de esos felinos de raza.

La libertad de información también está siendo manipulada en contra del gobierno ruso y con una parcialidad por Ucrania que elimina toda posibilidad de una cobertura objetiva. Hay un bombardeo diario de imágenes de las víctimas de la guerra y, en consonancia con los gobiernos que están censurando a todas las fuentes rusas que no sean contrarias a Putin, calificándolas de propaganda, prácticamente sólo se informa desde el lado ucraniano. Las torpezas comunicacionales del gobierno de Moscú, como el decreto que prohíbe publicar información militarmente sensible o de oposición a la guerra, han dado pretextos a las grandes cadenas mediáticas para retirar sus corresponsales. Aún aceptando que órganos informativos como Rusia TV o la agencia Tass sólo dan las informaciones oficiales, un periodismo medianamente objetivo debería escuchar todas las versiones y apuntar a reflejar los hechos con la máxima imparcialidad, pero en las circunstancias actuales parece aplicarse el viejo proverbio inglés: “He who pays the piper plays the tune”, que en una traducción libre puede ser. “El que paga a los músicos elige la música”.

En el ataque informativo occidental, se destaca la historia oscura del presidente ruso y de su país, así como la anexión de Crimea, en tanto que se disimula o deja de lado la otra cara de la moneda de la historia ucraniana. Entre uno de los testimonios de los refugiados recogidos por las agencias internacionales, se pudo leer el de una mujer que contaba orgullosamente que su padre había integrado el Ejército Nacional de Ucrania. Tal ejército fue formado por los nazis para oponerse al avance soviético, con individuos que muchas veces habían colaborado con las tropas hitlerianas invasoras de la Unión Soviética en tareas como la captura de los judíos. En eso había práctica en Ucrania, porque desde fines del siglo XIX fue en su territorio -entonces parte del Imperio Ruso-,  donde se produjeron las grandes persecuciones antisemitas que impusieron universalmente el término descriptivo “pogrom”. Actualmente, según lo informó un corresponsal del diario argentino Clarín, uno de los líderes de esas atrocidades, Stepan Bandera, es un héroe nacional homenajeado con un gran monumento en Lviv, una de las ciudades bajo el ataque ruso (www.clarin.com/mundo/guerra-rusia-ucrania-banderas-bandera-polemico-heroe-ucraniano-peleo-nazis-sovieticos-genocida_0_Rxp01Zi3Qp). Y si de la crisis de estos días se trata, tampoco se comenta mucho el hecho de que en los últimos años las autoridades ucranianas aceleraron la “desrusificación” del país, con leyes tendientes a invisibilizar a los habitantes de origen y cultura rusos.

En resumen, este es un conflicto donde, como en toda guerra, los civiles sufren y mueren por los errores de la historia y de sus gobiernos. Las acciones brutales de Vladimir Putin también tienen su explicación en la historia de Rusia y del personaje mismo, explicación que merece una nota aparte, pero lo cierto es que la rusofobia que está siendo fomentada por las potencias occidentales hunde sus raíces profundas en la Guerra Fría y en las intenciones que siempre existieron de no permitir que ellas fueran superadas por el enorme potencial económico y humano de un país cuya geografía lo hace el más grande del mundo en extensión y el más rico en materia de recursos naturales.

FOTO: Voluntarios ucranianos afines al nazismo

Crédito: Archivo HB