La clasificación de la selección argentina a una nueva final del Mundial desató una celebración que trasciende lo deportivo. No resolverá los problemas económicos ni sociales, pero ofrece un momento de alegría colectiva para un país acostumbrado a encontrar en el fútbol un respiro en medio de las crisis casi permanentes.

“Es solo un partido de fútbol». La frase del entrenador Lionel Scaloni, un provinciano campechano resume una verdad difícil de discutir. Noventa minutos no van a modificar la inflación, no reabren empresas, no crean puestos de trabajo ni cambian el rumbo de una economía golpeada. Sin embargo, también es cierto que el fútbol representa mucho más que un resultado. Y quizás está bien o no.

La clasificación de Argentina a una nueva final mundialista volvió a movilizar a millones de personas. Durante unas horas, las preocupaciones cotidianas quedaron en un segundo plano. Y eso, en un país que atraviesa profundas dificultades económicas y sociales, no es un detalle menor. Pero será pasajero, efímero.

Me gustaría que haya menos desigualdad, más trabajo y que no estuviera un “loco” al frente del país. Esta selección es todo lo bueno que puede haber, muy lejos del arco político, bastante alejado de las necesidades de la gente.

Hubo partidos que, además, adquirieron un significado especial. Los enfrentamientos con Inglaterra siempre cargan con el peso de la historia. Las connotaciones políticas derivadas de la Guerra de Malvinas resultan inevitables y hacen que esos encuentros trasciendan el plano estrictamente deportivo.

La historia parece mostrar una curiosa coincidencia: Argentina suele conquistar títulos en momentos especialmente complejos de su vida nacional. Ocurrió en 1978, cuando el país celebraba un Mundial mientras, a pocas cuadras del estadio Monumental, funcionaban centros clandestinos de detención durante la dictadura militar.

Volvió a suceder en 1986, cuando la joven democracia enfrentaba una severa crisis económica que desembocaría en la hiperinflación. También en 2022, en medio de otra delicada situación económica y social.

La pregunta surge casi naturalmente: ¿cuándo estuvo realmente bien Argentina? Es difícil encontrar un período prolongado sin sobresaltos políticos o económicos. Tal vez por eso el fútbol ocupa un lugar tan especial en la identidad nacional. Porque ofrece, aunque sea por un instante, un remanso frente a las dificultades cotidianas.

Poco importan los otros deportes donde muchos deportistas hacen esfuerzos tremendos sin compensación digna.

Nadie puede afirmar seriamente que un campeonato cambie el destino de un país. Pero sí puede cambiar el ánimo de millones de personas. Puede devolver sonrisas, abrazos y una sensación de pertenencia compartida que pocas expresiones generan con tanta intensidad.

Confieso que en esta casi indiferencia que resultó para mí el Mundial, grité el empate argentino y creo que el segundo gol. Me pareció increíble la remontada.

Es difícil permanecer indiferente ante un equipo que juega con personalidad, talento y una enorme convicción colectiva.

 

El fútbol no lo puede todo. Pero, por momentos, parece poder casi todo. Aunque sea por poquitos días.

Argentina sigue siendo un país fascinante, lleno de contradicciones. Una nación capaz de regalarle al mundo a Lionel Messi, probablemente el mejor futbolista de todos los tiempos, y al mismo tiempo producir liderazgos políticos tan disruptivos y polémicos como el de Javier Milei. Esa dualidad forma parte de su historia. Eso siempre me sorprendió del país hermano en el cual estoy ligado familiarmente.

Mientras espera una nueva final, la realidad seguirá siendo la misma cuando el árbitro marque el final del partido. Pero, al menos por unas horas, millones de argentinos volverán a creer que la felicidad también puede encontrarse detrás de una pelota. Y en tiempos difíciles, esa alegría compartida también tiene un enorme valor.

Texto de Mauro Goldman.Ar

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