Margarita Heinzen
Tendemos a pensar la literatura como una cosa abstracta cuando lo cierto es que se trata de una red inabarcable de objetos, de cuerpos, de materiales, de espacios. Ojos que leen, manos que escriben, y que pasan páginas y que sostienen tomos, sinapsis cerebrales, pies que conducen a librerías y a bibliotecas, o viceversa, deseo bioquímico, dinero que compra, papel y cartón y tela, estanterías que contienen madera triturada y bosques desaparecidos, más ojos y manos que conducen camiones, cargan cajas, ordena volúmenes, curiosean, ojean y hojean contratos letras y números y fotografías, almacenes, locales, metros cuadrados de ciudad, caracteres, pantallas, palabras de tinta y de pixeles. Así expresa Jorge Carrión su idea sobre la literatura, y la vincula con la raíz lingüística de la poesía, poiesis, que es crear, hacer.
Más que una abstracción, entonces, la literatura es una vasta cadena de “haceres”, en la que la propia escritura, como manufactura, se somete aún a la disciplina de la perfección en culturas como la china o la árabe, y que en estas más cercanas no hace tanto que se pasó de la cursiva al teclado. Si bien muchos de los que conforman la cadena que plantea Carrión no están asociados a la producción del libro como objeto, entre ellos aparecen los ojos y manos del lector artesano, es decir las figuras del librero y del bibliotecario, en sendos espacios que, como restos arqueológicos o archivos centenarios que resisten la erosión del pasado, nos hablan de la importancia de la memoria y de la herencia desde dispositivos que tienden a descomponerse con el tiempo: los libros. Ambos comparten la misma tradición de la sospecha desde el poder, la seducción del espacio de encuentro, la obsesión por la lectura o la lectura como locura, sobre el mundo como librería o biblioteca o las librerías y bibliotecas como mundos de múltiples sentidos que a su vez nos presentan la historia del mundo en libros concretos, con títulos, con nombres y apellidos, con carátulas y papel, con letras de tintas.
“Bienvenido, amante de los libros, estás entre amigos”, dice el cartel que recibe a los clientes (¿usuarios, paseantes?) que ingresan a Foyles, en Londres, la mayor librería de Inglaterra, mudada en 2014 a la remodelación de un antiguo colegio en Charing Cross Road y donde, además de los kilómetros de estantes de libros, dispone de una sala de exposiciones, un salón de actos, cafetería y restaurant.
Estos modernos santuarios poco se parecen a las librerías del siglo XVIII en las que el librero era el mismo editor y en las que los libros sin encuadernar se ordenaban en las estanterías, de modo que el cliente eligiera su propia encuadernación. Sin pasarle por arriba a los 200 años de historia, parecería existir un cierto retorno a aquellas épocas, ya que la tendencia de futuro que se presenta en la actualidad, consiste en librerías “sin libros”, en las que el cliente selecciona lo que desea de un catálogo y se le imprime en el momento y de forma individual.
En las librerías del siglo XXI se privilegia el encuentro, la posibilidad de elegir y leer sin apuro; en poner a disposición del cliente una experiencia que lo haga retornar. También Goethe en 1786 anotaba que en su Viaje a Italia, su visita a una librería determinada, además del libro que buscaba, lo proveyó de conversación con “otras amables personas, adquirí noticias sobre las cosas notables del pueblo, y me despedí”.
La muerte del libro, tantas veces anunciada, no parece ser inminente. Las librerías y bibliotecas se han aggiornado abriéndose a la comunidad que las aloja, volviéndose cajas de resonancia de sus voces culturales. La Biblioteca de Alejandría, la más grande y famosa del mundo, dicen que se inspiró en la biblioteca privada de Aristóteles, la primera, posiblemente, que desarrolló un sistema de clasificación. El diálogo entre lo público y lo privado, entre la Librería y la Biblioteca, es por tanto tan viejo como la civilización, aunque lo que recoge la Historia es la segunda. La Librería es ligera, la biblioteca es pesada. La librería tiene la levedad del presente, la Biblioteca el peso de la tradición. Jorge Carrión dice que mientras que el Bibliotecario acumula, atesora, a lo sumo presta temporalmente la mercancía; el Librero adquiere para librarse de lo adquirido, pone en circulación, compra y vende, hace de pasaje. La Historia ha asegurado la continuidad de la Biblioteca en tanto el Futuro amenaza constantemente a la Librería. La Biblioteca es estabilidad, ella conserva, protege el patrimonio y ampara; la Librería es crisis permanente, es presente líquido, supeditada al conflicto entre la novedad y la colección.
El libro de Carrión es sorprendente, a caballo entre el ensayo y la crónica de viajes recorre la geografía del mundo en un derrotero en que las librerías son sus paradas, a la vez que dibuja un itinerario de si mismo como lector. Sólo movida por la curiosidad y mi amor por los libros, y sin conocer el proyecto de Carrión, desde no hace tanto tiempo mis viajes también están pautados por las visitas a las Librerías y Bibliotecas del pedacito de mundo que he podido visitar. De las viejas librerías en las que la fascinación es el propio laberinto de los estantes de libros como Shakespeare &Co. en París o Strand en Nueva York con su oferta de usados, al edificio de ensueño de la Livraria Lello en Porto, a la moderna Ateneo en Buenos Aires o a la desaparecida Clásica y Moderna en la que además de almorzar entre libros escuchabas un concierto de piano. De ahí a la Gandhi en México, Tropismes en Bruselas o Lerner en Bogotá, en camino con las muy uruguayas Escaramuza en el Cordón o Puro Verso en la Peatonal Sarandí, sin olvidarme de Diómedes y su intrincado mundo de viejo.