Escribe Salomón Reyes
Uruguay es un país sorprendente. Ante los ojos extranjeros aparece como un país de vanguardia frente a temas tan sensibles, que en otros lugares aún no se animan a discutir, pero hacía el interior, se mantiene entre los últimos de la fila para implementar medidas que ya tuvieron su tiempo de polémica y aprobación en otras latitudes. Es el caso de la cuota de música uruguaya que las estaciones de radio nacionales deben incluir obligatoriamente a partir del 1 de noviembre.
Vamos tarde, porque en otros países desde hace tiempo ya tienen reglamentaciones equivalentes en donde exigen a sus radiodifusoras pasar un porcentaje fijo de música nacional. En el caso uruguayo la cuota obligatoria alcanza el 30 % pero hay países como Francia que la llevan hasta un 60% de música francófona para el caso de sus radios estatales. Las privadas deben pasar un 40%.
Lo interesante es que a pesar de los beneficios que acarrea una ley protectora del trabajo artístico a un país, haya posturas que se quejan y alarman por lo que consideran medidas arbitrarias o injustas. A veces no se entiende porque la queja pero quejarse en el Uruguay es un estado también obligatorio. Hay que quejarse no importa de qué.
Entre los que argumentan que la norma atenta contra la libertad de expresión de las radios, es necesario hacer matices. Aunque cada radio puede elegir lo que quiere tocar, no todas usan con coherencia su libre elección. La programación, en muchos casos, obedece a los intereses comerciales, con lo cual tampoco tocan lo que quisieran tocar, sino lo que el mercado impone. La libertad de expresión queda avasallada por el objetivo económico. Al son que me toquen bailó, diría un refrán popular.
Para los casos donde las estaciones tienen géneros musicales específicos o temáticos, como la música clásica, el folklore o música en inglés, la normativa establece que las radios deben incluir programación de música nacional de al menos 2 horas por día. Algún programador podrá esgrimir que no hay suficiente música nacional del género que ellos pasan. Ante tal situación propongo que revisiten en serio los catálogos históricos de la música uruguaya. Se sorprenderán al descubrir que los músicos locales han abarcado casi todos los géneros y que, en los rubros donde se detecten faltantes, la ley de cuotas opera como un revulsivo y motiva de forma directa, la creación y producción de nueva música que ocupen esos espacios privilegiados de difusión. Veremos situaciones locas en donde los grupos graben sus temas en inglés, hagan versiones folklóricas de temas viejos o versiones instrumentales con el objetivo de ingresar a la cuota de la programación radial. También los músicos deben tener una cintura flexible.
Otro argumento defiende a las distribuidoras musicales internacionales que no pueden competir de forma leal en el mercado nacional. Los que piensan así olvidan que la ley de cuotas busca, entre otras cosas, evitar el coloniaje musical extranjero. La excepcionalidad cultural ha rendido buenos frutos en otros lugares, así que es importante que Uruguay entre de lleno en la defensa de su música. Otros dicen que debería apoyarse con otras medidas a los músicos uruguayos y no tocar los contenidos de la radio. Y no, justo ahí es en donde la música tiene la oportunidad de difundirse y es donde el gobierno debe hacer énfasis. Dejar en manos de los programadores la voluntad de pasar o no la música, no es un buen trato. No basta con que yo sugiera que toquen a los uruguayos, es crucial presionar para que así ocurra.
Es verdad que algunas radios ya cumplen con creces esta normativa, otras les falta muy poco para completarla y las menos, que además son las que más se quejan, serán las que deberán implementar buenas ideas para cumplirla. Será molesto y engorroso entregar todas las semanas una declaración jurada, incluyendo los timbres profesionales, con todos los detalles de la programación nacional para comprobar que sí tocaste el 30% de uruguayos o esperar que te visiten de forma sorpresiva, como ya lo están haciendo, para revisar tu programación. Pero hasta que no haya un método de fiscalización moderno y sencillo, el trámite será un clavo en el zapato. Las leyes son imperfectas.
Entre las cosas que la normativa no consideró y quizá sea su principal defecto, es que no protege a determinados géneros que por su naturaleza serán discriminados a la hora de salir al aire. Al referirse a la música uruguaya en general la normativa mete en la misma bolsa a la plena, al jazz, la música electrónica y todas las demás; entonces las estaciones que no sean temáticas volverán a elegir con el pleno uso de su libertad de expresión las más populares sin tomar en cuenta la calidad o el trabajo creativo. Veremos en lo inmediato un subidón del sonido cumbia en sus diversas facetas y muy arrinconada, la música menos popular como el jazz o la música de cámara.
Otra grave falta en la ley es que debería haber reservado una cuota especial para los músicos emergentes, esos que por ser recientes van a tener una dificultad mayor de difusión. En la ley de cuotas chilena que establece un 20 % para la música nacional se reservó un 25% de ese 20% para los músicos nuevos. Considerando a los músicos emergentes cuando estos tengan hasta 3 años de haber grabado su música y no haber logrado éxitos de ventas recientes. No copiar a los chilenos está bien, pero algo así pudieron haber pensado los de la URSEC.
Ya vendrán nuevos tiempos donde los errores se puedan enmendar pero también nuevas ideas para proteger la producción cultural y artística. En mayo del 2018 entrará en vigor la normativa para las producciones audiovisuales que exigirá un 60% a las televisoras y transmisoras locales, así que a éste ritmo espero que en el 2019 llegue por fin una cuota de pantalla para el cine nacional que de entre todas las artes, por ahora, sigue siendo la menos protegida.
