Zitarrosa 80 años
Homenaje Estadio Centenario

Escribe Graciela Ruth Paz

Luego de haberse suspendido el jueves por los desfavorables pronósticos climáticos el viernes 11 tuvo lugar el Homenaje a Zitarrosa en sus 80 años.
Lo primero a destacar es la confluencia de varias generaciones de músicos, los mejores representantes de nuestro Canto Popular, contemporáneos de Alfredo y junto a otros más jóvenes, intérpretes de otros géneros, niños o adolescentes cuando lo perdimos físicamente. Emocionarse con Viglietti no fue nada dispar a estremecerse con Christian Cary cantando Adagio a mi país, con las imágenes en pantalla de la represión a civiles en la historia más negra de nuestro país. Para quien no era nacido cuando ocurrió el golpe de estado, la voz de La Triple Nelson sonó a la vez conmovedora y removedora, una versión sentida y dolida, fuerte y vibrante como lo fue la obra de su autor y su desacomodo ante la crueldad de esos días. Escuchar a Julio Calcagno junto a Malena Muyala recitando Guitarra Negra es pensar en los valores de ese Actor y una hermosa faceta de la cantante mejor conocida por sus tangos aunque sus inicios artísticos fueron, siendo aún una niña, en el Teatro Macció de San José.
Malena Muyala, Maia Castro, Albana Barrocas, Emiliano Brancciari (NTVG), Sebastián Teysera (La Vela), Guzman Mendaro, Nicolás Ibarburu, Luciano Supervielle, Martin Buscaglia, Lisandro Aristimuño, Juan Campodónico lograron desafiar la distancia que separa la música de la resistencia popular de sus interpretaciones actuales, de música urbana que no necesita ser contestataria y menos aún una canción que nos uniera en la noche oscura de más de una década. Tuvo cada uno de ellos la excelencia de entregarse con versiones que no es sencillo transmitir si uno piensa en como las cantaba Alfredo. Cuando Drexler, impecable en su atuendo (con un moño en lugar de corbata) canta Stephanie uno se desconcierta un poco, buscando otra voz, no le suenan esas palabras propias del dolor y la sensibilidad de su autor, pero pronto nos reconciliamos y disfrutamos el tono más suave de la canción.
No menos importante fue la presentación de todos los artistas, vestidos como para una gala, elegantes ellas, producidas y hermosas y formales ellos, aún a los que les debe haber costado un poco lucir una camisa sobria, todos haciéndose eco de la imagen de Alfredo, siempre impecable, correctamente ataviado, varonil, una figura que respaldaba su respeto al público y su obligación como cantante como le gustaba decir. Esta armonía visual de cuidadosa presencia, de prolijidad y preparación con esmero (sin duda) para el espectáculo, fue el valor agregado a un espectáculo muy bien pensado y mejor logrado por un Fernando Cabrera totalmente identificado y apropiado de nuestra cultura.
No hubo discursos ni introducciones interminables ni evocaciones efectistas, solo Alfredo y más de treinta intérpretes de sus melodías. De la madre patria llegó Serrat, de México (no de Perú como salió por ahí, aunque sea de origen peruana, se nacionalizó mexicana) su entrañable amiga Tania Libertad, violines, tambores, flautas y guitarras se disputaron por igual el honor de sonar por una figura memorable y sentida para América toda. Zitarrosa es la imagen llegando a su país extendiendo el brazo por la ventanilla de aquel auto que recorría desde el aeropuerto a Montevideo un camino simbólico de otros regresos en la reconquista de la democracia, es su magistral porte de cantante en el primer recital de reencuentro en el Estadio Luis Franzini y es el ser humano íntegro, comprometido, militante irrenunciable, indoblegable camarada, sufriente por su gente castigada, nunca desarraigado de su Uruguay, esperanzado en su dolor de exiliado, confiado en la lucha justa de sus hermanos, enamorado del amor, explicando su amor y a quien despedimos con un larguísimo aplauso a la salida del Teatro El Galpón un infausto día 17 de Enero de 1989, a sabiendas que nos iba a hacer falta.
Creo que representa como nadie mi concepción de la uruguayez.