(De cantores y poetas) JULIO SOSA – “El Varón del Tango” (1926 -1964)
Julio María Sosa Venturini, nació en la ciudad de Las Piedras, Canelones, el 2 de febrero de 1926; en el seno de una familia muy humilde, hijo de Luciano Sosa, peón de campo, y Ana María Venturini, lavandera. En su juventud, a causa de la pobreza, ejerció varios empleos, popularmente conocidos como «changas». Pero fue más conocido como Julio Sosa y apodado “El Varón del Tango”, extraordinario cantor uruguayo de tango que alcanzó la fama en Buenos Aires y Uruguay en las décadas de 1950 y 1960. En 1942 se casó, con tan sólo 16 años, con Aída Acosta, de quien se separó tres años más tarde, en 1945. Sus comienzos profesionales fueron como vocalista en la orquesta de Carlos Gilardoni en la ciudad de La Paz., Canelones. Sin lugar a dudas, Julio Sosa fue el último cantor de tango que convocó multitudes. Y en ello, poco importó que casi la mitad de su repertorio fuera idéntico al de Gardel, aunque también es cierto que interpretó algunos títulos contemporáneos. Como dice el investigador Maximiliano Palombo, fue una de las voces más importantes que tuvo el tango en la segunda mitad de los años cincuenta y principios de los sesenta, época en que la música porteña pasaba por un momento no demasiado feliz». Apenas terminados los estudios primarios, la pobreza lo llevó a enfrentar la vida con cualquier conchabo que se le presentara. De ese modo, ejerció las más diversas ocupaciones: ayudante de mercachifle, vendedor ambulante de bizcochos, podador municipal de árboles, lavador de vagones, repartidor de farmacia, marinero de segunda en la aviación naval… Pero sus ambiciones eran otras. Y tras esas ambiciones, intervenía en cuanto concurso de cantores se le pusiera a tiro. Se trasladó luego a Montevideo, para cantar con las de Hugo Di Carlo, Epifanio Chaín, Edelmiro «Toto» D’Amario y Luis Caruso. Con esta última, llegó al disco, donde dejó cinco interpretaciones para el sello Sondor en 1948. En junio del año siguiente, en 1949, ya estaba en Buenos Aires cantando en cafés, como Los Andes, de la esquina de Jorge Newbery y Córdoba. También «realizó una prueba -señala Palombo- en la orquesta típica de Joaquín Do Reyes, pero el director consideró que la voz de Sosa era un tanto dura para el estilo interpretativo de su agrupación». En agosto, lo descubrió el letrista Raúl Hormaza, que no demoró en acercarlo a Enrique Mario Francini y Armando Pontier, que andaban con ganas de sumar un nuevo cantor al que ya tenían en su típica, Alberto Podestá. De ganar veinte pesos por noche en el café, pasó a los mil doscientos mensuales con Francini-Pontier. En abril de 1953, pasó a la típica de Francisco Rotundo, con la que grabó en Odeón y de cuyas placas se recuerdan aún verdaderas creaciones como las de «Justo el 31», «Bien bohemio» y «Mala suerte». En junio de 1955 ingresó en la de Armando Pontier y registró sus grabaciones en Victor y Columbia. «La gayola», «¡Quién hubiera dicho!», «Padrino pelao», «Martingala», «Abuelito», «Camouflage», «Enfundá la mandolina», «Tengo miedo», «Cambalache», «Brindis de sangre» o «No te apures, Carablanca» fueron algunos de sus clásicos en esa etapa en que el éxito estaba ya completamente de su parte. En 1958, contrajo un nuevo matrimonio, con Nora Edith Ulfed, con la que tuvo una hija, Ana María. Ya separado, reincidió, con Susana «Beba» Merighi, su compañera hasta el fin de sus días. En 1960 reveló su otro aspecto artístico, el de poeta, con la publicación de un único libro, «Dos horas antes del alba». También incursionó en la letra tanguera con una muestra «Seis años», que lleva música de Edelmiro “Toto” D’Amario. A comienzos de 1960, se desvinculó de Armando Pontier decidido a iniciar su etapa de solista. Convocó, entonces, al bandoneonista Leopoldo Federico para que organizara su orquesta acompañante. Con ella comenzó a grabar para el mismo sello en que lo hacía con Pontier, Columbia, en 1961, cuando ya estaba firmemente emplazado en el gusto popular. El periodista Ricardo Gaspari, titular del departamento de prensa y promoción de la grabadora, lo bautizó «El varón del Tango» y de igual modo tituló a su primer larga duración. Todo parecía marchar viento en popa. Sólo había un inconveniente, enfrentarse al poderoso auge de la denominada «Nueva Ola», el show business de turno, con el que se venían cercenando nuestras raíces culturales en la juventud de la época. Pese al riesgo que ello parecía representar, Julio Sosa logró una venta de discos impensable para un intérprete tanguero de aquellos días y tan abultada como la de cualquier cantante «nuevaolero». Ese enfrentamiento con la «Nueva Ola» se representó a la perfección en la escena que protagonizó para la película «Buenas noches, Buenos Aires» (1964), en la que entonó y bailó con Beba Bidart «El firulete», ante unos jóvenes «twisteros» que terminaban por pasarse a los cortes y quebradas. La realidad no estaba lejos; Julio Sosa, “la voz varonil del tango”; logró que una juventud desorientada volviera a la música que le pertenecía. Es por ello que quienes eran jóvenes entonces han olvidado las tonterías de las letras «nuevaoleras» y siguen escuchando al cantor de Las Piedras. En la madrugada del 25 de noviembre de 1964, Camino a Villa del Parque, chocó a considerable velocidad contra el semáforo de Avenida Figueroa Alcorta y Mariscal Castilla, en Buenos Aires. El auto pasó sobre el monolito que resguardaba el semáforo (que quedó quebrado) y paró contra el Arzobispado Ortodoxo, 50 metros más adelante. Fue internado en el Hospital Fernández y trasladado al Sanatorio Anchorena, a las 7 AM. Tenía hundimiento de 4 costillas, lesión grave en el pulmón izquierdo y conmoción cerebral. Por la tarde lo operaron dos veces para liberar un pulmón de la presión de dos costillas, pero a las 9.30 del día 26 murió sin recobrar el conocimiento. Su esposa, Susana Merighi, afirmó tiempo después que el coche de su marido había sido embestido por otro vehículo antes de chocar con el semáforo, dicha declaración tuvo como base un peritaje mecánico y dio lugar a un nuevo sumario caratulado como «Homicidio Culposo». Su velatorio se realizó primero en el Salón La Argentina, pero la cantidad de público, hizo que se lo trasladara al Luna Park, de donde el cortejo partió a las 16 hs. del día 27 a pie por Avenida Corrientes para llegar al Cementerio de La Chacarita a las 22.10 bajo una lluvia torrencial. Los efectivos policiales tuvieron que impedir la entrada del tumultuoso público a quien arrojaron bombas de gases. Ya cerrado el cementerio, tuvieron que enterrarlo en la mañana del 28 de noviembre. Irónicamente horas antes del accidente había participado en un programa televisivo donde interpretó el tango “La gayola”, cantado muchos años antes por Gardel. El final del tango parecía profético, dice: «pa´ que no me falten flores, cuando esté dentro «el cajón». Julio Sosa, se fue de gira eterna en Buenos Aires, el 26 de noviembre de 1964, con 38 años de edad. Hasta la próxima entrega.