Ni Una Menos
Para decir basta
Escribe Mariannina Álvarez
La nueva edición de la marcha coincidió con uno de los crímenes más aberrantes que recuerde Paysandú. Las deudas pendientes. ¿Por qué la convocatoria no fue masiva?
El pasado viernes marcharon varios cientos de personas en Paysandú convocadas por el movimiento Ni una menos, que busca llamar la atención sobre la violencia contra las mujeres, reeditando la marcha que se realizó por primera vez el año pasado. La movilización, a su vez, replicó la que tuvo su origen en Argentina en 2015. Además de Montevideo, también hubo concentraciones en Maldonado, Colonia, Mercedes, Treinta y Tres, Rocha, Ciudad de la Costa, Melo, Florida, Rivera, Durazno, Salto y Tacuarembó.
Por una macabra coincidencia, este 3 de junio coincidió con la conmoción provocada por la muerte de cuatro niños y las graves quemaduras a una mujer en el incendio intencional de la vivienda provocado por su ex pareja.
Desde Plaza Constitución y hasta Plaza Artigas, marcharon representantes políticos, entre ellos el intendente Guillermo Caraballo, integrantes de organizaciones sociales y personas allegadas a víctimas de violencia de género. El impacto que el último crimen provocó, tanto en Paysandú como a nivel nacional, hacía pensar que esta vez sí, la marcha podría ser masiva. Pero no. Con la excepción de familiares de nuevas víctimas, estuvieron los de siempre, pese a que las organizaciones feministas insisten una y otra vez en sus denuncias, para que trasciendan la crónica policial y sensibilicen a cada vez a más sectores de la sociedad.
En Paysandú hay una larga tradición de movilizaciones. Hace solo un par de meses hubo una masiva, en respuesta al brutal asesinato del comerciante judío David Fremd, que provocó una justificada ola de indignación, en este caso por un crimen de odio. El mismo puso en alerta a los sanduceros sobre el ataque a la convivencia que implica un homicidio de esa naturaleza. Coincidíamos todos en que con esa muerte se traspasaba un límite
antes impensado.
La espantosa muerte de los hijos de Iliana Romina Duré y otros dos niños que el destino trágico puso en su casa, no provocó en cambio los mismos cuestionamientos a las autoridades, la misma reflexión sobre las responsabilidades, más allá de la del propio homicida, que terminó pagando con su vida su locura asesina.
20Once recibió el mensaje de un lector, en el que advertía sobre el apresuramiento a la hora de opinar sobre lo sucedido, y finalizaba afirmando “por supuesto no voy a ir a la marcha mañana”. Es el mismo razonamiento que aconseja no inmiscuirse demasiado en estos asuntos de la violencia doméstica, que como tales deberían quedar confinados en las fronteras del hogar, aunque sus consecuencias terminen siendo devastadoras para toda la sociedad. No quedan dudas que el incendio de la precaria casa fue intencional, y que cualquier persona, también el autor, conocía las consecuencias que podría desencadenar.
Ya no son solo las mujeres, también los niños mueren. Todavía está vivo el dolor por el homicidio de un chiquito en Mercedes a manos de su propio padre, la más cruel venganza contra la madre.
A la izquierda uruguaya le ha costado incorporar este tema entre sus prioridades, aunque algo se ha avanzado. A los viejos militantes les resulta ajena la agenda de nuevos derechos aunque, como ocurrió con la proclama leída en Plaza Constitución, las agrupaciones de mujeres incluyan en sus análisis la condena al sistema capitalista como precursor de estereotipos que fomentan la violencia.
De mal en peor
En lo que va del año 12 mujeres han perdido su vida en Uruguay por violencia machista. Según datos del Ministerio del Interior, en 2015 se registraron 85 denuncias de violencia doméstica por día. Ese año la cifra se elevó a 39, colocando a nuestro país entre los primeros a nivel mundial.
El 3 de junio de 2015 fue la primera marcha de “Ni una menos”, en simultáneo con Argentina, Chile, Uruguay, México y Colombia.
A pocos días de la realización de esta nueva instancia, se produjo el asesinato de Dayana Yeyé, de 22 años de edad y madre de una bebé de 18 meses, quien se encontraba desaparecida desde mediados de mayo y cuyo cuerpo fue encontrado sin vida en un campo próximo a su hogar.
La proclama leída en Paysandú estuvo a cargo de la agrupación Colectivo feminista, que reivindica la equidad de género, reclama contra el sistema patriarcal e impulsa la realización de talleres basados en la sexualidad “que se puedan volcar en la sociedad para debatirlas”.
La declaración subrayó que “los números nada dicen de los tiempos que separan de una que muere, de otra que morirá. Los números excluyen a las que abortan en situaciones clandestinas, a las que murieron en situación de violencia obstétrica, a las desaparecidas por las dictaduras genocidas, a las secuestradas para la prostitución, a las que doblegamos el cuerpo en la esclavitud de trabajos siempre menor pagos y siempre campo del acoso sexual, a las que no supieron cómo seguir y decidieron irse. Los feminicidios no son realidades ajenas a Paysandú, es por esto que el grito colectivo debe expresar y denunciar cada uno de ellos. Además de existir un feminicidio biológico, por demás cuantificable, existe un feminicidio cultural, que mata en términos culturales recluyéndola a una vida de nicho, una vida de reclusión en la cárcel de los estereotipos, una muerte al crecimiento cultural y a la liberación. Muchos de los discursos postmodernos, narrados en los lenguajes consumistas de los medios de comunicación, consagran a viva voz ese ideal de mujer de pensamiento superfluo, de gustos banales y servil al hombre, éste último propietario siempre de los medios de producción. En definitiva: una mujer para el hogar, como nos dice la prensa local a través del magazine, de la revista chic, de una insípida variedad informativa. Estos discursos instituidos, no son más que una fórmula para que la mujer se domestique a sí misma: una muerte social, otra forma de feminicidio, de precariedad existencial, de precarización gubernamental muchas veces. Y los contextos mediáticos regulan esas disposiciones afectivas y esa diferenciación de vidas dignas y no, que culminan en esta violencia arbitraria que hoy nos convoca. Transformar la rabia, el duelo colectivo, los pensamientos, en organizaciones y acción, individual y colectiva. Paysandú con fuerza y organización crece al grito de ¡Ni una menos!” concluyó la proclama.
La violencia machista tiene como punto más visible al feminicidio, que es sólo la “punta del iceberg”, opinó María Eugenia Casanova, integrante de la Coordinadora de Feminismos. “Salta a la vista también el número de asesinos que luego se suicidan. De los doce casos de este año, en casi el 50 por ciento se terminaron suicidando. Eso nos habla de una postura de tener el control de la vida del otro hasta en el último momento”. Otros problemas son el acoso callejero, la inequidad en los sueldos, la falta de representación política y el “techo de cristal” a la hora de ocupar puestos de poder.
Hoy en día existe en Uruguay “una violencia mucho más estructural que tiene que ver con cómo somos vistas las mujeres desde una mirada machista y qué lugar ocupamos en la sociedad. Esto se construye cotidianamente y tiene que ver con muchas otras violencias a las que las mujeres estamos expuestas por el simple hecho de ser”.