EL PATRIMONIO ES…
La ciudad que hacemos entre todos
Por Horacio R. Brum
“Nunca se había hablado tanto de patrimonio, porque nunca se había destruido tanto como ahora”. Esta frase pertenece al arquitecto ecuatoriano Fernando Carrión, quien estuvo al frente de la recuperación del riquísimo patrimonio de edificios coloniales de Quito. Carrión acuñó también una palabra para definir la destrucción de las ciudades por factores como la especulación inmobiliaria, la violencia o el simple desinterés y desidia de sus habitantes: urbicidio.
La puesta en funciones de una comisión del patrimonio, por parte de la intendencia municipal de Paysandú es una buena oportunidad para que toda la comunidad piense qué ciudad quiere, yendo más allá de lo que el arquitecto ecuatoriano critica como “el fetichismo de lo monumental” –la excesiva preocupación por cuidar sólo de aquellas construcciones a las que se adjudica una importancia bajo el prisma de la historia oficial-, para reconocer el patrimonio como una relación social, en la cual hay responsabilidades y obligaciones de todos para conservar esa memoria colectiva que es la base de la identidad de la urbe. El concepto moderno de conservación del patrimonio abarca mucho más que los monumentos y los edificios públicos; en Inglaterra, por ejemplo, hasta el arbolado de una calle e incluso un árbol en particular pueden ser clasificados como patrimoniales, si tienen un valor estético en el paisaje urbano. Además, una solicitud de protección patrimonial puede ser hecha en forma independiente de la voluntad del propietario de la estructura que será afectada; en el caso de una construcción protegida, el dueño se enfrentará a un juicio por delitos si realiza cambios sin la autorización especial de las autoridades de planificación urbana. En Gran Bretaña, las primeras leyes de protección del patrimonio datan de 1822, y actualmente hay más de 500.000 edificios protegidos, sin contar puentes, plazas, estaciones de ferrocarril y calles enteras.
Hasta no hace muchos años, la historia de Paysandú como ciudad industrial y puerto abierto al mundo estaba bien representada en sus edificios comerciales y públicos, fábricas, mobiliario urbano y residencias particulares. Esta fue la primera ciudad del Interior en tener un plan regulador y varias generaciones de arquitectos de gran calibre intelectual supieron modernizarla sin caer en el urbanicidio. Sin embargo, la decadencia del “Paysandú industrial” parece haber empujado al olvido aquella manera de hacer ciudad y hoy hay cuadras enteras de 18 de Julio, por ejemplo, que son un ejemplo trágico de la destrucción de la memoria arquitectónica. Entre Luis A. de Herrera y 19 de Abril, el antiguo Cine Glucksmann y el arrasado Pasaje Laurenzo, dos edificaciones que formaban parte inextricable de la identidad de la zona, pudieron haber sido adaptadas al uso actual que tienen sus predios, sin convertirlos en el aporte a la mediocridad del paisaje urbano que son en la actualidad. Por la calle Herrera, el inmenso valor estético de la fachada de la fábrica Famosa está deslucido por un envoltorio de letreros y un arco de caños de pésimo gusto que atraviesa la calle y lleva a preguntarse por el grado de ignorancia de la autoridad municipal que autorizó esa construcción. Si hay un lugar de la ciudad donde se ha manifestado claramente el urbicidio, este es la manzana del “Shopping”.
Son muchas y de variados estilos las casas particulares que dan testimonio de la prosperidad de otras épocas, cuando la ambición de hacer fortuna estaba moderada por los deseos de superación en cultura y estética. La “reforma” es otra manifestación sanducera del urbicidio, que deja fachadas decimonónicas mutiladas con ventanas de aluminio de mala factura, introduce comercios de baratijas con marquesinas mediocres donde antes había todo un diseño armónico de gran calidad o anula pintarrajéndolas la belleza de las esculturas de albañilería. Buenos (o malos) ejemplos son la antigua zapatería Vita, en la esquina sureste de Herrera y Leandro Gómez o la adaptación de la Casa Ghelfa, frente a la Intendencia. No obstante, algo queda de la masacre y ha habido algunos esfuerzos privados y públicos por realizar adaptaciones sin destrucciones, como la excelente muestra de arquitectura Art Deco que es la sede del Banco de Seguros, la Sociedad Suiza con sus influencias neoclásicas o varias residencias de estilos que llegan hasta el siglo XX, cuyos propietarios se han preocupado de conservar al menos las fachadas originales.
La arquitectura industrial es otro ámbito de interés patrimonial, y cabe mencionar que el año pasado Fray Bentos logró que la Unesco, la organización de las Naciones Unidas que, entre otras funciones, se ocupa de la protección del patrimonio cultural y paisajístico de la Humanidad, diera la categoría de Paisaje Industrial al complejo del ex frigorífico Anglo y la vieja fábrica Liebig. Con el barrio histórico de Colonia, Uruguay tiene ahora dos sitios patrimoniales de categoría mundial. En Paysandú, la zona de “las fábricas”, al norte de la avenida Salto, merece una mirada cuidadosa en el contexto de la protección patrimonial. Pese a la virtual desaparición de la industria cervecera, el edificio principal de Norteña, con el gigantesco logo de la marca, es todo un símbolo del pasado industrial, y las plantas de Paylana, Paycueros y Azucarlito están unidas a una época y una cultura del trabajo vinculadas a la identidad ciudadana. Lo mismo ocurre con el puerto, donde desde la Aduana hasta el Club Remeros hay todo un panorama de la evolución económica y social. La sede de la piscina del Club Remeros tiene un gran interés en la historia del progreso tecnológico, porque fue la primera central eléctrica, creada por iniciativa privada. Desafortunadamente, los antiguos depósitos y la casa central de la Barraca Americana, el principal vínculo de Paysandú con el comercio internacional durante buena parte del siglo XIX y el XX, también fueron víctimas de urbicidio.
En la ciudad de las veredas rotas, como lo ha sido la nuestra durante mucho tiempo y muchas Intendencias, todavía es posible ver en alguna esquina unas letras hechas en baldosas, que forman la palabra PARADA. Ellas, así como las tapas de hierro de los hidrantes para los bomberos, las placas enlozadas con los nombres de las calles o, más antiguas todavía, de zinc, son pequeños pero importantes componentes de un todo que daba la armonía al paisaje urbano; recuperar, restaurar y proteger lo que queda de esos objetos podría ser otra tarea de protección patrimonial.
La lista es muy larga y se puede hablar de otros tipos de patrimonio a proteger, como el acervo fotográfico público y privado, que ameritaría la creación de un centro de protección similar al que creó la Intendencia de Montevideo, o el denominado patrimonio intangible, compuesto por quienes ejercen oficios en riesgo de desaparecer o músicos de la tradición popular. De todos modos, poco se logrará con elaborar listas si no hay una educación básica para valorar lo que nos pertenece a todos y para que algunos entiendan que la propiedad no da derecho a destruir y afear la ciudad. Además, las autoridades deben crear y aplicar con energía las disposiciones para proteger el patrimonio, sea cual sea su naturaleza y origen. Como pueblos escasos de historia –y no es ser políticamente incorrecto reconocer que nuestros indígenas apenas estaban perfeccionando la confección de las boleadoras cuando Miguel Angel estaba pintando la Capilla Sixtina-, tendemos a encantarnos con “lo moderno” y despreciar o deshacernos de “lo viejo”. Esa es la primera etapa del urbicidio, bastante avanzada en Paysandú. ¡Gran tarea tiene por delante la comisión del patrimonio!