A CIEN AÑOS DE UN HECHO TRASCENDENTE: LAS ELECCIONES DE 1916

“…el impulso reformista recorrió las esferas de una economía próspera  y a la vez frágil, de la sociedad en vías de integración, de la política de partidos…y hasta de la moral. Cambió y, como veremos, asustó; despertó adhesiones pero también resistencias enconadas, y tanto unas como otras hicieron que, sobre fines del tercer lustro del batllismo, tras la admisión de su derrota política en las urnas, el cambio social resultara visiblemente frenado”[i]

Prof. Nelly de Agostini.

Prof. José Estévez.

Hoy en día el batllismo de Batlle y Ordoñez sigue siendo una de las “ideologías” preferidas por una parte importante de los uruguayos, independiente de su filiación política. Aunque esto no debe ser leído como un consenso ni como una adhesión al batllismo actual.

A cien años -1916-2016- nos proponemos recordar un hecho trascendente para la historia del Uruguay moderno: la elección del 30 de julio de 1916, que marcó un antes y un después en el período hegemónico del batllismo. Año “bisagra” al decir de Caetano (1992), mojón inicial del proceso de “freno” al impulso reformista del batllismo. Culminó una primera etapa del proceso de reforma constitucional, cuya necesidad se debatía desde varias décadas atrás.

La publicación en el año 1913 de los “apuntes” de Batlle sobre el tema, generó que la reforma constitucional pasara de ser un debate en torno a la organización jurídico-institucional del país, y se convirtiera en una intensa disputa social e ideológica.

EL DEBATE IDEOLÓGICO EN EL URUGUAY DEL 900

El novecientos asistió a la definición de dos vertientes de pensamiento que remontaban su origen al siglo XIX: el republicanismo solidario y el liberalismo conservador. El primero se asocia al batllismo, movimiento surgido desde el partido de gobierno y desde el Estado, como respuesta a las consecuencias de la crisis de 1890.

Este se caracterizó por impulsar una democracia de base estatista y partido-céntrica. Concibió al Estado como un “paraguas” que protegía al conjunto de los ciudadanos, actuando como árbitro ante el conflicto. Y al partido político como un lugar de aprendizaje ciudadano, capaz de integrar a la sociedad al ejercicio de la vida política y al control de sus representantes. Manifestó una insistencia permanente en la ley, como instrumento para llevar adelante las reformas que se consideraban necesarias, especialmente en los ámbitos económico y social. Buscó la justicia social a través de leyes que beneficiasen a los trabajadores y a los sectores sociales más desprotegidos. Promovió la defensa de una intervención estatal para el cultivo de ciertos comportamientos que se consideraban virtuosos, y desalentó otros que se consideraban opuestos al bien común. Defendió el laicismo en el plano de las relaciones del Estado con las instituciones religiosas, en especial con la iglesia católica; y en la gestión de la educación como vehículo transmisor de los valores cívicos. Algunos historiadores hablan entonces de “reforma moral”, aspecto considerado uno de los más polémicos y que profundizó el enfrentamiento de las familias ideológicas.

Con el batllismo reformista, la burguesía liberal y conservadora uruguaya dejó de verse representada por el gobierno, que pasó de ser su aliado a volverse peligroso.

El impulso reformista fue frenado  por la reacción de las fuerzas conservadoras, en las que coincidieron grupos católicos opuestos al laicismo batllista, con otros sectores laicos.

EL PROYECTO DE REFORMA Y SUS RECHAZOS

El 4 de marzo de 1913 Batlle y Ordoñez publicó en el diario El Día algunas ideas referidas a la reforma constitucional, bajo el título de “Apuntes”. Éstos proponían la sustitución de la presidencia unipersonal, por una Junta de Gobierno integrada por nueve miembros (colegiado) electos por un año, que desempeñarían sus funciones durante nueve años. Pertenecerían a la lista triunfadora del partido más votado. La idea del colegiado estaba inspirada en el modelo suizo, al que Batlle había conocido en su permanencia en Europa. A la vez otorgaba al pueblo la elección de los miembros de la Alta Corte de Justicia y no mencionaba ninguna garantía específica para el sufragio.

Esta propuesta generó amplio rechazo en los sectores conservadores, que más allá de los proyectos y realizaciones del batllismo, se mostraron temerosos por no conocer el límite del impulso reformista. Encontraron un espacio de influencia y un instrumento de acción en los partidos políticos colorado y nacional, asociados a las divisas del siglo XIX, “antiguos amores” de la sociedad oriental. Estos le proporcionaron el arraigo popular necesario para derrotar electoralmente al batllismo en las urnas.

Tuvo el inmediato rechazo de un sector del Partido Colorado, provocando la división del mismo. Once senadores liderados por Pedro Manini Ríos fundaron posteriormente la facción riverista. A éstos se unieron otros colorados conservadores.

El Partido Colorado Fructuoso Rivera tenía fuerte influencia en el medio rural y en el ejército. Cuestionaba al batllismo sus ideas “foráneas”, la confusión que hacía de la democracia con el socialismo, y en consecuencia consideraba que el Partido Colorado no debía acompañar su reformismo.

El Partido Nacional se había opuesto siempre a Batlle por razones de índole política: había sido el vencedor en el campo de batalla, el máximo exponente del “exclusivismo colorado”, reacio a conceder la representación proporcional, y finalmente el que mantenía alejado del ejercicio del gobierno, al partido que luego demostraría concitar el apoyo de la mitad del país.

Sus líderes utilizaron el sentimiento de inseguridad que el batllismo generó en los sectores sociales más altos, magnificándolo. Ello era funcional a sus objetivos sociales conservadores y a sus intereses políticos. Lograron entonces el apoyo de amplios sectores de la sociedad, urbanos y rurales.

El Partido Nacional y el sector Riverista fueron vehículos que impulsaron los intereses de los sectores conservadores, sus deseos de poder y sus principios ideológicos, aun cuando estos violentaran los intereses sociales que decían defender. Su propaganda   cuestionaba la “prepotencia política” del batllismo, y el creciente dominio del Estado sobre las áreas comercial, industrial y financiera, porque actuaba como competencia sobre los sectores privados. También porque el gobierno podía utilizarlo para incrementar una burocracia clientelar.

Grupos de la iglesia católica se sumaron a la oposición. Lo veían como una oportunidad para frenar los embates de un anticlericalismo creciente, que permeaba a la sociedad uruguaya. Denunciaban la interpretación exagerada de la soberanía popular, el valor dado a la fraternidad y la idea de la revolución social. Así la iglesia se transformaba en una gran aliada de los sectores conservadores, para disciplinar a través de su prédica los desbordes sociales y enfrentar la propuesta de la “nueva moral” del batllismo.

Estas posiciones le permitieron al Partido Nacional consolidarse como un importante opositor, y tener una presencia importante en la formación del que sería el primer y principal grupo de presión moderno del país: la Federación Rural. El líder de la oposición nacionalista Luis Alberto de Herrera, jugó un papel clave en agrupar a los ganaderos en 1915. Capitalizó las adhesiones que tenía entre los hacendados, por su gestión parlamentaria en beneficio de ellos. Como sostuvo el hacendado Tomás Perdomo en carta a Herrera, en diciembre de 1915:

“La clase conservadora- los ricos como les llaman los desarrapados- le debe toda su gratitud. No pueden defenderse sus intereses, que son los intereses del País, con más entusiasmo y valentía. Tiene, pues usted, bien ganado su puesto en la Cámara de donde no desearía verlo descender, para bien de todos” (Caetano. 1992. P.33)

El interés de los partidos políticos y sus líderes por intervenir en la gestación de la Federación, anunciaba lo que sería una de sus características posteriores; su profunda vinculación al sistema de partidos, en especial a las facciones más conservadoras. Sin conquistar el poder político influiría en las decisiones de la clase política, sin sustituirla.

Esta institución tuvo el impulso y la adhesión de connotadas figuras del  ámbito  nacional, referentes en la construcción de la vertiente ideológica conservadora. Fue ejemplo de ello José Irureta Goyena, fundador y motor principal de los destinos de la Federación, para quien las clases rurales necesitaban cierto grado de estabilidad institucional, que no estaba representado por el reformismo batllista. Llegó a identificarse de tal forma con la Federación Rural, que su nombre fue sinónimo en el país, durante años, de presión por los intereses ganaderos y anti-batllistas. También Luis Alberto de Herrera, principal líder e ideólogo nacionalista, fue activo militante de esta institución, a la que asociaba con la reivindicación de las tradiciones rurales, en su criterio fuente de las reservas morales del país.

LA AGITADA CAMPAÑA ELECTORAL Y LA ELECCIÓN DEL 30 DE JULIO

En las primeras décadas del siglo XX, a pesar de los cambios socio-económicos y políticos generados por la modernización, el Uruguay seguía regido por su primera Constitución del año 1830. Ante la  nueva realidad ésta presentaba múltiples limitaciones. Existía un relativo consenso sobre la necesidad de su reforma. No obstante, el mecanismo previsto para hacerla, era un verdadero obstáculo, que hubo que remover. Se convocó a elecciones para una Convención Nacional Constituyente, que incluyó como novedades el voto secreto, la representación proporcional no integral y el sufragio universal masculino.

La campaña electoral fue muy agitada y trascendió los debates en las Cámaras para instalarse en la prensa, en los partidos políticos y en instituciones de la sociedad civil. Los argumentos en pro o en contra del colegiado fueron desbordados por el debate acerca del reformismo batllista.  La dicotomía colegialismo- anticolegialismo se puede leer en clave de batllismo- antibatllismo. De la misma manera la conformación de fuerzas en torno a cada postura: batllistas y socialistas enfrentados al nacionalismo conservador, a sectores minoritarios del Partido Colorado (riveristas) y a la Unión Cívica.

Las actividades proselitistas muestran que ambos grupos tenían en claro la trascendencia de esta elección. Para el batllismo los comicios eran leídos como un referéndum sobre su proyecto reformista. Por tal motivo se enfatizó la convocatoria a los trabajadores como un pilar fundamental para apoyar su proyecto. También se apeló a los inmigrantes y al creciente aparato burocrático emanado de la ampliación de las funciones del Estado. Para los sectores opositores los comicios del 30 de julio tenían el carácter de un referéndum sobre el batllismo.  Por ello enfocaron sus críticas sobre los aspectos más importantes del reformismo, como la cuestión tributaria, la expansión del estatismo, las amenazas sobre la propiedad y el avance de la legislación social.

Se estimuló a los potenciales opositores para evitar el abstencionismo y las actitudes prescindentes en la campaña electoral.  Hubo especial interés en lograr el voto de los habitantes del medio rural, dónde se tomaron medidas para exacerbar el clima antigubernamental.  Los resultados fueron positivos porque el mayor caudal electoral anticolegialista se encontró en el interior del país.

Como ejemplo de esta situación, El Nacionalista de Melo decía en julio de 1916:

“Todas las fuerzas vivas de la nación están contra el régimen nefasto.  Todo buen ciudadano execra las reformas atentatorias que fluyen de la altura.  Y sin embargo – aunque parezca paradójico – el mal avanza, avasallador y amenazante… ¿se salvará el país?”[ii]

El “The Montevideo Times”[iii] por su parte expresaba que el plan de Batlle:

“… significaría la creación de una oligarquía perpetua… esto se aleja del gobierno democrático y es una especie de absolutismo velado.”

Y según el “Diario del Plata” voz de los sectores conservadores, el proyecto batllista al fortalecer al Poder Ejecutivo sobre el Legislativo significaría:

“…la servidumbre definitiva impuesta a un pueblo incapaz de aceptar destino semejante… que tiene energías más que sobradas para hacer pedazos al yugo que amenaza.”[iv]

“La Democracia”, días antes de los comicios instaba a la ciudadanía al voto anticolegialista al expresar: “PUEBLO: si el colegiado triunfa, quedará suprimido el derecho de propiedad sobre la tierra y destruida la organización de la familia.  Votad contra el colegialismo.”[v]

También el factor religioso estuvo presente en la lucha electoral. Estaba en juego la separación de la Iglesia y el Estado y el juicio sobre la política anticlerical del batllismo.  Desde la prédica se exhortaba por el voto anticolegialista.

La Federación Rural, con un estilo directo y llano se manifestó activamente como anticolegialista.  No eran tiempos de estrategias defensivas, había que presionar. De esta forma marcaría un hito revolucionario en el rol político de los sectores empresariales. Al decir de Irureta Goyena “los representantes de la producción tenían que hacerse oír con la autoridad de los que mandan, y no con el encogimiento de los que suplican.”[vi]  En un manifiesto dirigido “Al País”, el día 15 de julio proclamó sin titubeos su posición:

“El consejo de la Federación Rural… cree llegado el momento de señalar a los trabajadores rurales… que concurran a las urnas, para votar candidatos anticolegialistas, sea cual fuere su credo partidario… en estos momentos la reforma constitucional se presenta como la aspiración exclusiva de un círculo político que ejerce el poder, que aspira a mantenerse en él y que se ha distanciado radicalmente de la opinión sana del país ejerciendo ese mismo poder…”

Se llegó a las elecciones del 30 de julio en un clima de tensiones políticas, sociales e ideológicas.   Los resultados mostraron una derrota total del oficialismo que sólo obtuvo algo más del 40% del total de sufragios, mientras las fuerzas anticolegialistas – nacionalistas y colorados antibatllistas – lograron un 57% de los votos.  Se evidenciaban connotaciones de carácter ideológico, prevalecieron en casi todo el país las fuerzas partidarias del conservadurismo, lo que generó gran estupor y desconcierto en el oficialismo. Siguiendo a Caetano (1992) la confianza previa del oficialismo en su triunfo había sido total y seguramente excesiva.

La oposición anticolegialista se manifestó con un discurso triunfalista y leyó los resultados como una necesidad de cambiar la orientación política del gobierno.

El diario blanco “La Democracia” en su editorial del 6 de agosto sostuvo: “No solo hemos vencido a un grupo de hombres, sino que hemos acabado con un sistema y un régimen… que bregaba por la extensión ilimitada del dominio industrial del Estado… nuevas ampliaciones al divorcio y la intervención del gobierno en la distribución de la propiedad territorial.”[vii]

El diario católico “El Bien” en fecha 18 de agosto dio una visión social del hecho: “Los comicios de julio han demostrado… que el país repudia aquellos extravíos mal llamados sociales.”[viii] Meses después arriesgó una interpretación política diciendo que los electores también habían optado “en favor de determinadas conquistas políticas y por la efectividad de ciertos derechos.”[ix] 

La trascendencia del resultado electoral impactó fuera de frontera.  Diarios conservadores de la vecina orilla se hicieron eco de los mismos y fueron transcriptos por parte de la prensa montevideana.

La prensa oficialista fue muy prudente a la hora de interpretar los resultados electorales, aunque no pudo ocultar su preocupación.  Desde algunos sectores como el vierismo – que respondía al Presidente de la República del momento, de filiación batllista – de forma casi inmediata se dejaba entrever la necesidad de una pausa en la política reformista.

 

LAS CONSECUENCIAS SOCIALES Y POLÍTICAS DEL RESULTADO ELECTORAL

El resultado del 30 de julio tuvo trascendentes efectos sociales y políticos para la vida del país, al punto de poder decir que hubo un antes y un después en el período hegemónico del batllismo.  De allí su carácter de bisagra.  Desde la perspectiva política obligó al batllismo a negociar con sus opositores para poder concretar la reforma constitucional.  En lo social frenó sustantivamente los impulsos reformistas del primer batllismo.

Los días que siguieron a la elección fueron de cabildeos políticos y se realizaron entrevistas del presidente Viera con Batlle, y con representantes de los colorados anticolegialistas.  Once días después de la derrota en un manifiesto dirigido a la Convención Nacional Colorada, Viera manifestó sus primeras impresiones sobre las causas del fracaso electoral.  Planteó la necesidad de eliminar las causas de distanciamiento dentro del Partido Colorado a través del cambio de rumbo de la política oficial.  Consideraba que las avanzadas leyes económicas y sociales sancionadas habían alarmado a muchos correligionarios, y les quitaron su apoyo en las elecciones del mes de julio.  Esta actitud expresaba una nueva sensibilidad ante la demanda de las clases altas, tendencia que se expresaría como relevante en la política implementada por el vierismo. En mensajes posteriores insistió en la necesidad de hacer un “alto” en las reformas económicas y sociales, lo que culminó con la escisión del batllismo.

El “alto” provocó un inmediato malestar en el ala radical del reformismo, y también en aquellos ciudadanos “avanzados” que habían dado su voto al colegialismo; quienes no demoraron en expresar su desaprobación.  Como contrapartida los conservadores saludaron las declaraciones presidenciales y las gremiales empresariales salieron fortalecidas con estrategias de presión perfeccionadas. El campo, acaudillado por los estancieros, tenía expectativas de cambios radicales que atendieran su problemática.  Organizaron agasajos, banquetes, conferencias, y hasta un paro de actividades de carácter patronal, como expresiones de apoyo y reconciliación entre las clases vivas y el gobierno.  Pero al mismo tiempo eran una demostración del poder de presión de las fuerzas conservadoras, que Viera no desatendería.

En los medios conservadores se observaba un triunfalismo desmedido, que incidió incluso en las cotizaciones de la bolsa de Montevideo, que tuvieron un notorio incremento. Un grupo de firmas mayoristas pidió públicamente que se derogara la semana inglesa, y elevaban sus expectativas hasta la posible anulación de la ley de 8 horas diarias de trabajo.

En interpretación de Caetano (1992) el alto era una medida oportuna en momentos de mucha agitación política.  Pero además un factor que reavivó los antagonismos.

Hecho público, se inició en la prensa un agudo debate en relación a sus alcances.  “El Bien”, en uno de sus editoriales sostenía:

“… exigencias de la razón señalan que “el Alto” decretado por Viera no debe ser una mera suspensión de hostilidades, sino una rectificación fundamental de rumbos y de propósitos en la política dirigente del país.”[x]

 Batlle y su sector desde “El Día” contestaron esta interpretación:

“un alto en la marcha gubernativa para reorganizar todas las fuerzas del Partido en condiciones de vencer a los nacionalistas en el comicio de noviembre.”[xi]

El transcurrir del tiempo bajó las expectativas. Por lo menos en ese momento el “freno” no significaba un brusco retroceso, sino más bien un límite para las reformas proyectadas. Sin embargo, también en acuerdo con Caetano (1992), la mayor importancia estaría en considerar que fue un punto de partida para las clases conservadoras, en cuanto a planear la defensa de sus aspiraciones ante cada situación concreta. Todo indica que en ese momento se gestó una nueva actitud de los grupos empresariales con la política.

 

REFLEXIONES DESDE EL CENTENARIO DE LA ELECCIÓN DE 1916

Los años siguientes a la aprobación de la Constitución de 1919 se caracterizaron por una “tensión” entre dos aspectos claves.  Por un lado la consolidación del sufragio como instrumento de participación ciudadana y un proceso de constante electoralización. Y por otro, un freno a las transformaciones sociales y económicas impulsadas por los sectores más radicales del batllismo, traducido en muy escasos y prudentes cambios legislativos.  En tal sentido nuestro país al decir de Barrán (2004) fue: “tanto más democrático como más conservador que la década anterior.”

El mapa político visibilizó otra característica del “sistema de partidos” que será transversal a lo largo de todo el siglo XX.  El Partido Colorado y el Partido Nacional tuvieron la capacidad de cobijar en sus filas a un amplio abanico ideológico que incluyó a sectores más reformistas y conservadores.  Esto explica el fracaso que tuvo a fines de la década de 1910 el intento de crear un partido conservador.

El debate en torno al batllismo y antibatllismo favoreció el surgimiento o el ingreso al debate político de grupos de presión empresarial, que desde entonces pujaron fuertemente en los momentos claves de la historia de nuestro país.

Hacia 1916 la sociedad uruguaya pasaba por una encrucijada decisiva de su proceso histórico. Se consolidaba en el país un proceso de reforma constitucional que hundía sus raíces en el siglo XIX, y para el cual se había logrado un relativo consenso de los partidos políticos e incluso de la opinión pública. Había necesidad de modificar  variados aspectos de la Constitución vigente.  Sin embargo, las transformaciones concretadas o anunciadas por el batllismo, quebraron el consenso. El debate se transformó rápidamente en un cuestionamiento al modelo de transformación socioeconómica y moral vigente.  Lo que debió ser una confrontación sobre los aspectos a reformar de nuestra constitución de 1830, se convirtió en un “plebiscito” sobre los impulsos reformistas del “primer batllismo”.

A cien años de aquel 1916, y desde hace un tiempo,  nuestro país vuelve a hablar de la necesidad de reformar la constitución. El tema comienza a hacerse presente en la opinión pública, impulsado desde el gobierno. ¿Se convertirá nuevamente en un “plebiscito”, en este caso, sobre la obra de los gobiernos progresistas? El tiempo dirá.

Bibliografía:

Barrán, J. (2004). Los Conservadores uruguayos (1870 – 1933). Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental

Caetano, G. (Coord.). (2016). Uruguay. Reforma social  y democracia de partidos. Tomo II – 1880 /1930. Montevideo: Planeta S. A.

Caetano, G.(1992). La República conservadora (1916-1929).Tomo 1, El “alto” a las reformas. Montevideo: Fin de Siglo.

Nahum, B. (2014). Manual de Historia del Uruguay. Tomo II: 1903 – 2010. (22ª edición). Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental.

Pita, F. (Comp.). (s/f.). Las Brechas en la Historia. Tomo 2: Los temas. Montevideo: Ediciones de Brecha.

 

 

 

[i] Caetano, G. y Rill, J. (s/f.). Los Batllismos y su peripecia. En Pita, F. (Coord.). Las Brechas en la Historia. Tomo 2: Los temas. p.23. Montevideo: Ediciones de Brecha.

[ii] El Nacionalista, Melo, 3/7/1916, p. 2. “La próxima lucha electoral”.

[iii] The Montevideo Times, Montevideo, 26/7/1916, p. s/d. Editorial. “Las próximas elecciones”.

[iv] Diario del Plata, Montevideo, 22/12/1915, p. s/d. Editorial “Peligro Supremo”.

[v] La Democracia, Montevideo,, 21/7/1976, p.2

[vi] Federación Rural. (1916). La Federación Rural. Su origen y desarrollo. Organización actual. Montevideo: Talleres Gráficos. pp. 69 – 72.

[vii] La Democracia, Montevideo, 6/8/1916, p. s/d. “Lo que se va”.

[viii] El Bien, Montevideo, 18/8/1916, p. 1. “Comentario”.

[ix] El Bien, Montevideo, 3/10/1916, p. s/d. Editorial. La oposición y la reforma”.

[x] El Bien, Montevideo, 18/8/16, p. 1. “Comentario”.

[xi] El Día, Montevideo, 13/9/16, p. 4. “Preguntas contestadas”.