Escribe Juceda
“Disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces” (Marco Valerio Marcial
Amarillenta página de El Telégrafo que destaca actuación de Roque
Fue un “loco lindo”, querible, locuaz, enamorado del puesto de arquero. También músico aportando su guitarra a grupos de música tropical.
Se inició en las formativas de Wanderers como delantero, pero su destino estaba marcado, sería, si o si, golero.
Un día coincidimos en la sede bohemia y nos dice “mirá que estás en deuda conmigo, me debés una nota”.
Cual le preguntamos y nos responde ¿te acordás cuando te dije que iba a atajar hasta los 40 años y me dijiste cuando se cumpla, te hago la nota?”
Allí mismo papel, lápiz y una nota al golero que atajó hasta los 40 años. O tal vez alguno más. Posiblemente influenciado por algunos goleros argentinos que le agregaban “algo más” a su función, a Roque le encantaba “tirarse para los fotógrafos”. Algo fácil de hacerlo para él, pero riesgoso para la efectividad de la acción.
Esas “pintas” le costaron varios dolores de cabeza porque recibió algunos goles que muy bien pudo evitarlos. Fanático de tener su físico siempre a punto. Era dable verlo por la zona de la playa Mayea en largas sesiones de abdominales. En este recorte que guardamos hace tantos años, Roque ataja en Rampla. Que terminó siendo su club.
Iban cinco fechas, en la segunda Jorge Minetti (Independencia) a los 58 le había anotado el único gol. Habían corrido desde entonces 302 minutos sin ir al fondo del arco a buscar la pelota. En esa nota el periodista que la realizó desliza una opinión, “el excéntrico golero que ahora aparece mas mesurado en sus actitudes debajo de los tres palos” y agrega que “esas excentridades le costaron goles en su arco”.
Roque era así. Quería ser un espectáculo dentro de otro. Era su forma de vivir el fútbol. Fue algo así como el Orlando Gatti sanducero.
Al encontrarnos con esta nota en el “cajón de sastre” (donde se guardan todos los recortes), la desarchivamos. Roque merecía ser recordado porque llenó un espacio en una época donde en Paysandú abundaban los muy buenos arqueros.
Siempre era noticia, porque se atajaba todo o porque en una de sus “locuras” se había tragado un gol. Y así como era él, un día nos sorprendió a todos y por decisión propia se nos fue a atajar en el arco del cielo.
