La esperanza estaba en el juicio del primer mundo.

Escribe Graciela Ruth Paz

Esperanzados en encontrar al otro lado del océano lo que nos ha sido esquivo en nuestra tierra, juzgar y condenar a los culpables, los que quedan las caras visibles de la impunidad un concepto tanto más grande que diez o veinte comandantes y sus secuaces pares civiles.

La idea era empezar de nuevo desde la civilización en la cual nos reconocemos nietos y bisnietos hijos de los primeros inmigrantes mostrar al mundo que fuimos capaces de tener las pruebas, juntar los testimonios, repetir las acusaciones, esperar el fallo que les individualizara y les dijera a otros nietos y otros hijos que se está haciendo justicia.

La ilusión hacía creer que tal vez no habían pasado treinta años, que nadie olvidaba nada y menos que el reclamo es perentorio y lejano.

Por si acaso pasaron los años desde abril de 1989, el verdadero derrotero de la lucha por verdad y justicia, acá nadie renuncia, pero la justicia se quedó imperfecta pintada de verde y no pudo sobreponerse a ser rosada.

Los culpables, genocidas y terroristas de estado tampoco les hagamos precio con vocablos más tenues, con la clemencia que no tuvieron, tienden a morirse jactándose de sus actos desconociéndolos a veces, minimizándolos siempre.

Los textos que permitan la discusión y franqueen la vía de la resignación no deben ser rebuscados me decían estos días. ¿Acaso no ha sido rebuscada la intención de quienes han tenido la potestad de profundizar la búsqueda de verdad y la actuación de la justicia?

No iba a ser en tierras peninsulares que la historia comenzara de nuevo, pero si sabemos de que lado estamos y estaremos.

Triste es tener que conservar para siempre en la memoria colectiva el hecho fatal de que por la impunidad impuesta nos hemos convertido en un pueblo pusilánime, doblegado por abyectas amenazas de algunos delincuentes que obligan a olvidar y a dejar impunes sus crímenes. Es insoportable convivir para siempre con la propia vergüenza y con la dignidad perdida. La paz verdadera, que siempre es fruto de la justicia restablecida, se vuelve una ilusión inalcanzable y nostalgiosa. Luis Pérez Aguirre, S.J (Montevideo, 22 de abril de 1941 – Costa Azul, Canelones, 25 de enero de 2001)  Luis Pérez Aguirre, “Consecuencias de la impunidad sobre la sociedad”, en Encuentro internacional: No a la impunidad – Sí a la justicia, Ed. Comisión Internacional de Juristas, Ginebra 1993, página 122.