Escribe Margarita Heinzen

La automatización del trabajo, proceso que hoy incluye la robotización, ha animado un fuerte debate sobre las consecuencias que tendrá sobre el mundo laboral y sobre los valores de nuestra sociedad, dentro de los cuales, el trabajo es central. Entiendo que este debate debe ir mucho más allá de la predicción de cuántos puestos de trabajo se perderán, para enfocarse más bien en cómo encaramos el futuro.

A propósito, robo el título del artículo a mi hermano Alvaro, quien llamó así su ponencia en el II Foro Ciudades, organizado por el Dpto. de Promoción y Desarrollo de la Intendencia, en el marco del Proyecto “El Paysandú que queremos”.  El futuro es un blanco móvil, dijo él, porque ni bien lo tenemos delineado y creemos que podemos hacer diana, se nos mueve y cambia. Lo único constante de estos tiempos, han dicho otros, es el cambio.

El tema de la automatización, llamada mecanización en la época de la Revolución Industrial y cambio tecnológico en la historia económica de las civilizaciones, siempre ha estado presente asociada a la lucha del hombre por controlar la naturaleza. Desde que el hombre tomó una herramienta en el Neolítico y comenzó a cultivar su comida, el cambio tecnológico ha sido imparable. A partir de la Revolución industrial, ha existido siempre la necesidad de incrementar la productividad a través de la innovación de los procesos, lo que lleva a economizar mano de obra. El cambio tecnológico ha destruido puestos de trabajo -y seguirá haciéndolo- a lo largo de la historia. Algunas veces a gran escala. Sin embargo, por lo general luego han emergido nuevos empleos gracias a la expansión de los mercados y, sobre todo, a la innovación de los productos y diversificación de las necesidades.

La enseñanza que aporta la historia es que los procesos de creación de empleo se activan por las consecuencias tanto intencionales como involuntarias de las innovaciones dirigidas a economizar mano de obra. Analizado como un proceso endógeno del capitalismo, se puede entender por qué el cambio tecnológico llega en oleadas, y por qué a las fases iniciales de la destrucción de empleos le sigue un incremento en la creación de empleos. No en vano hoy la población mundial es seis ó siete veces más que en la época de la Revolución Industrial. Hay muchos más empleos, más variedad y mayor bienestar social, en términos generales.

Sin embargo, esta coyuntura, parece ser bastante más desafiante, y la pregunta es si estamos ante una nueva crisis o ante una mutación del sistema. Los analistas no se ponen de acuerdo respecto a esto y en sus extremos encontramos dos posiciones: en uno, los apologistas del cambio tecnológico y en el otro, los del llamado horror al progreso.

Los primeros son los que sostienen que ésta es una crisis más del capitalismo, que luego de la fase de destrucción vendrá una de creación y que, esta transición es una oportunidad para pensar alternativas de cambio. Una encuesta en EEUU arrojó que el 80% de la población está desconforme con su trabajo, por lo que, tal como lo conocemos, el trabajo no es ni liberador ni dignificante, así que la crisis debe visualizarse como oportunidad para pensar  alternativas como jornadas con más tiempo para actividades creativas y estimulantes, que a su vez darán empleos a otras personas. También es la oportunidad para pensar en el reciclaje de conocimientos, reformas del sistema educativo, etc.

Por otro lado, los del horror al progreso, proclaman que éste es un cambio cualitativo, en que el robot sustituirá por completo a la mano de obra. Como nunca en la historia, hoy la existencia del robot puede derivar visiones apocalípticas en que las máquinas toman el control completo. Los depósitos de los almacenes de Amazon que antes empleaban más de 400 empleados hoy son manejados por robots y sólo dos seres humanos controlan el local. Ya los robots pueden hacer tareas que sólo podían hacer las personas, como por ejemplo, el reconocimiento facial.

Hoy el robot por primera vez aparece con la posibilidad clara, no ya de intermediar entre el obrero y el producto, sino de extraer su fuerza vital de trabajo y sustituirlo. La relación capital/trabajo aquí se inclina hacia el capital en términos absolutos y el trabajador queda en completa indefensión. Visto así, es terrible.

Sin tomar partido por ninguna de estos extremos, me voy a detener en algunos elementos que pueden aportar al análisis:

  • La tecnología en si o la automatización en si no es la responsable del desempleo, sino que el impacto del desempleo dependerá de las fuerzas políticas y económicas de la sociedad en la que se produce. Según datos de la OIT, entre 1993 y 2007 Alemania, Dinamarca, Italia y Corea del Sur invirtieron mucho en robótica, pero la pérdida de empleo en el sector manufacturero fue mucho menor que la de EEUU o el Reino Unido en el mismo período, que a su vez, tuvieron menor incorporación de robots a su industria. ¿De dónde provienen esas diferencias? De las dinámicas de las propias sociedades, de su historia y de sus características presentes, pero sobre todo del rol del Estado y su accionar a través de las políticas públicas. Los desafíos fundamentales para estas políticas, dice la OIT, en esta etapa, es apoyar los cambios para acelerar el pasaje hacia la fase de creación de empleos.

Mencionaba Arim, Decano de la Facultad de Ciencias Económicas,  en un artículo en La Diaria hace unos días, que en Europa, por ejemplo, contrasta la situación de los países centrales y nórdicos –con tasas de desempleo cercanas a 5%– con la de los del sur europeo. La incidencia del desempleo, aún dentro del mundo desarrollado, se debe más a la ausencia de dinamismo económico o a soluciones institucionales no satisfactorias que a la tecnología. De hecho, los países tecnológicamente más dinámicos, como los mencionados, muestran el mejor desempeño en términos de trabajo.

 

  • Tampoco podemos decir que la automatización o robotización es la única responsable del desempleo porque ha habido cambios en la industria, que si bien tienen que ver con el avance tecnológico, más bien son producto de la estructura industrial actual, que es la fragmentación de los procesos de producción: una parte del producto se fabrica en Tailandia, otra en Corea y el diseño, eje central del desarrollo industrial moderno, se lleva a cabo, mayormente, en los países centrales. Entonces, aparece otra puntualización que quiero hacer sobre el tema:
  • No es lo mismo mirar el proceso desde los países centrales que desde el tercer mundo, desde Latinoamérica o desde, incluso, Uruguay. En los países centrales y también en Latinoamérica han desaparecido muchos empleos pero no por su automatización sino por un tipo de producción de muy bajo costo, consistente en trabajadores con mano de obra muy barata y en regiones con alta vulnerabilidad en derechos laborales. Es decir, hay muchos empleos que transitaron de una economía a otra, de trabajo humano a trabajo humano aún, pero soportada por brazos cada vez menos pagados y con menores privilegios.
  • No podemos hablar de LA Tecnología como si fuera un todo homogéneo. Cada vez más, la nueva industria se ha vuelto diferenciada y hay dentro de ella sectores más dinámicos y otros, aún dentro de las TICs, que no están creciendo o que están en retroceso. Hay que analizar, observar cada sector para ver lo que está pasando.

Sin hacer una apología del progreso pero sin compartir visiones apocalípticas, dejo estos elementos para analizar y debatir. Hoy nadie tiene certezas, más bien sólo preguntas. Yo planteo algunas en las que he estado pensando: ¿Cómo puede enfrentar un país de Latinoamérica, estos desafíos? ¿Cómo enfrenta Uruguay estos desafíos y qué está pasando en nuestra industria? Y por último, en este marco, ¿qué puede hacer una ciudad como Paysandú, con un pasado de fuerte impronta industrial para apostar al desarrollo?

Algunas líneas de reflexión voy a intentar ir aportando en notas sucesivas.

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