Escribe Margarita Heinzen

Decíamos la semana anterior, que existe creciente preocupación mundial acerca del cambio tecnológico y su impacto económico y social. El cambio tecnológico, la innovación y la dinámica de la creación y la destrucción de empleos son procesos complejos, inciertos y no lineales que llegan en oleadas, produciendo por lo tanto fases de destrucción y de creación de empleos.

Algunos consideran que la innovación tecnológica destruirá puestos de trabajo a gran escala, pronosticando un futuro siniestro. Otros, confían en que serán movilizadas fuerzas que crearán nuevos empleos y que vendrá una época dorada con empleos de calidad. De todos modos, este proceso no ocurrirá de manera automática si no es impulsado por diversos vectores a nivel económico, político y social. Es claro, entonces que debemos prepararnos para ese futuro y debemos hacerlo pensando desde nuestro lugar en el mundo: un país pequeño de América Latina.

Para los gobiernos, esta encrucijada a la que nos enfrenta la automatización puede ser crítica, aun cuando entendamos que se trata de un nuevo ciclo de “destrucción creadora” de puestos de trabajo. Para las personas que serán desplazadas a un espacio de descalificación laboral, reduciendo su bienestar y cuestionando su capacidad de adaptación futura, el largo plazo no existe. Por tanto, es imprescindible que el Estado, a través de políticas públicas, contemple a estos desplazados con herramientas que les permitan aprovechar las ganancias del bienestar que, para el promedio de la sociedad, implica el avance tecnológico. ¿Qué quiero decir con esto? Que si el Estado no toma parte activa a través de políticas públicas acordes, los mercados por si mismos no asegurarán el retorno a un mundo sin desempleo y salarios elevados, por lo menos en plazos medibles a escala de la vida de las personas.

Uno de los aspectos que mencionábamos la semana pasada sobre el impacto de la automatización, es su efecto sobre la relación capital/trabajo, dada por perspectiva, ahora real, de sustitución total de la mano de obra humana por los robots, lo que deja en completa indefensión al trabajador. En este marco, una de las cosas que debe quedar claro es que cualquier propuesta de cambio en la estructura del empleo debería ser a favor del trabajo y no del capital porque aquel es el que está siendo amenazado. Así es que propuestas de liberalización o flexibilización laboral, como las implementadas en Brasil, van en sentido contrario a contener los procesos de desempleo que se auguran. Los estímulos a las empresas y a la inversión deberían echar mano a herramientas que no resientan la capacidad negociadora y la organización de los trabajadores. El propio Bill Gates está proponiendo actualmente el cobro de un impuesto a los robots de forma de amortiguar la velocidad de las transformaciones.

Otros analistas, tanto de izquierda como de derecha hablan de otorgar una renta básica universal (RBU) para sostener, en parte, el bienestar social y por lo tanto los niveles de consumo. En lo que no se ponen de acuerdo es a quiénes alcanzará el beneficio y quién deberá pagar esta RBU: si las empresas productoras, los propios consumidores o los estados.

Los cambios tecnológicos que se prevén, tensionarán algunas dimensiones del accionar del Estado, como mencionábamos: los sistemas impositivos, la protección social y, por supuesto, el sistema educativo. Empresas del porte de Google o Microsoft o la aparición de aplicaciones de servicios como Uber y otras, tienden a escapar de los marcos regulatorios de los países y auguran problemas con los estados, de generalizarse.

Los sistemas de seguridad social se verán cuestionados en tanto su financiamiento sea, como ahora, a partir de contribuciones provenientes de los trabajadores activos. A los problemas endémicos de financiamiento de su estructura, se debe considerar un futuro en el que grupos importantes de ciudadanos no puedan mantener un aporte prolongado al sistema que se financia con el precio relativo del trabajo, el que irá a la baja, en tanto aumente el desempleo.

Y por último, el componente más cuestionado pero a la vez más esperanzador para que el cambio tecnológico se traduzca en una mejora generalizada y equitativa del bienestar, es el sistema educativo. En el marco del debate del Congreso Nacional de Educación, la perspectiva del nuevo mundo del trabajo no debería estar ausente. Los sistemas educativos y de capacitación laboral resultarán eficaces si logran formar a nuestros niños y jóvenes en creatividad, capacidad crítica, iniciativa, flexibilidad y competencias para el trabajo en equipo, más allá de los contenidos específicos de las disciplinas que, cada vez más, están disponibles para todo el mundo.

Dice Rodrigo Arim, citando a otros autores, en su artículo de La Diaria: “No ha habido mejor tiempo para ser un trabajador con habilidades especiales o un nivel educativo adecuado. Sin embargo, no ha habido peor tiempo que el actual para ser un trabajador con habilidades ‘comunes’ para ofrecer en el mercado, porque computadoras, robots y otras tecnologías digitales están adquiriendo esas habilidades a una velocidad extraordinaria”.

Es que la automatización pone en riesgo a los empleos pero no a todos por igual. Aquellos trabajos para los que se requieren habilidades que pueden ser fácilmente sustituibles por robots son los que están primeros en la lista y son los que actualmente se están perdiendo, principalmente en los países centrales. Si bien la tendencia es general, en los países periféricos el subempleo y la precarización de la mano de obra ha desplazado, por el momento, la preocupación de sustitución de este tipo de trabajos. Sin embargo, en Uruguay, donde los avances en beneficios para el trabajador han sido importantes, los indicadores se parecen más a los de los países centrales y la automatización de varios puestos de trabajo está en curso, desde hace décadas, según un trabajo de OPP recientemente publicado. Por esto, en Uruguay, la automatización ya estaría entrando en fase decreciente y no se esperaría un aumento significativo del desempleo, más aún en el marco económico actual del país. Esto ya ha sido observado en otros procesos de industrialización en la historia. Por el otro extremo, aquellos trabajos que requieran habilidades más propias del ser humano, como la creatividad, la empatía, la flexibilidad, estarán en mejor situación relativa. Estas y otras consideraciones no deberían estar ausentes de los cambios que nuestra educación requiere, si bien desde hace más de diez años los distintos sectores de la educación pública han introducido modificaciones dentro de las que el Plan Ceibal, los Clubes de Ciencias, el aprendizaje por problemas, la diversificación educativa, la creditización de las carreras, los tramos horizontales y la acreditación de saberes van en el sentido necesario.

Los cambios tecnológicos no son un destino marcado, ni siquiera para pequeños países como Uruguay. Su impacto depende de la capacidad con que las instituciones y las políticas públicas puedan responder y  transformarse a sí mismas, teniendo por norte la equidad y el sostenimiento del bienestar logrado. La peor respuesta sería aferrarnos a un mismo marco normativo y a las mismas medidas, cuando se avizora un horizonte completamente distinto para el futuro.

[1] Nombre de la ponencia de Alvaro Heinzen en el II Foro Ciudades. El Paysandú que queremos. Intendencia de Paysandú.