Nelly De Agostini
José Estévez
El fútbol es uno de los fenómenos de masas más importante de las sociedades contemporáneas. En él se entrecruzan aspectos antropológicos, económicos, políticos, sociales y culturales.
Como deporte moderno surgió en Inglaterra junto al proceso de la revolución industrial, en el siglo XIX. Tuvo su origen en los colegios secundarios de ese país, reducto de la aristocracia y de la alta burguesía, como parte de una educación orientada al liderazgo y al trabajo en equipo; con un objetivo disciplinador.
En el último tercio del mismo siglo, en el marco de la expansión colonialista inglesa, el fútbol llegó al Río de la Plata y comenzó a ser parte de los juegos de recreación. En nuestro país se integró al proceso de modernización, conjuntamente con el ferrocarril y la acción de los colegios ingleses. Eran épocas en las que, según J.P. Barrán, aparecía una nueva sensibilidad “civilizada” que la élite buscaba imponer al resto de la colectividad. Se procuraba desvalorizar el ocio “a la española” y promover un culto al trabajo y al ahorro, al mejor estilo puritano anglosajón. Los ingleses trajeron la institución pilar de su organización, el club deportivo, y se enorgullecían de haber traído no sólo capitales y nueva tecnología, sino también la pasión por los deportes que contribuían al desarrollo moral de la juventud. También aquí el objetivo del fútbol fue disciplinador, predominando los discursos higienistas y el mejoramiento de la raza. En pocos años suplantó al carnaval como gran fiesta popular.
Algunas de las pautas de los equipos británicos se van a repetir en nuestro país. Es el caso de los primeros clubes que surgieron a partir de núcleos de estudiantes o ex estudiantes de colegios ingleses. El fútbol en este período se reducía al interior de las colonias de extranjeros radicadas en Montevideo, y en algunas localidades del interior donde iba llegando el ferrocarril y se radicaban empresas extranjeras. Los clubes que surgían a imagen y semejanza de sus originarios de la Gran Bretaña, eran dirigidos por los propios deportistas y generalmente sólo permitían el acceso a los integrantes de la colectividad de donde provenían. Se basaban en la idea original del liberalismo inglés del siglo XIX, que sostenía que el deporte era cosa del “gentleman”, es decir del burgués y del aristócrata, que practicaban el deporte por el deporte mismo, alejado de todo otro interés.
Un factor clave en la difusión del fútbol fue la competencia comercial entre las compañías tranviarias y ferrocarrileras inglesas que promovieron la creación de una Liga. Así nació la The Uruguay Football League en 1900, la primera federación deportiva que tuvo nuestro país.
Las empresas habían adoptado la táctica de buscar la utilización máxima de su potencial de transporte. Al irse limitando los horarios de trabajo en la incipiente industria y el comercio montevideano, se encontraron los fines de semana con un importante parque vehicular ocioso por el descenso en la venta de boletos. Por eso apoyaron fuertemente la creación de la Liga de Fútbol y contribuyeron con su funcionamiento, pues así se aseguraban una cantidad básica de partidos por fecha.
A fines del siglo XIX e inicios del siglo XX se produce una democratización del fútbol como deporte. Deja de ser una práctica de las élites inglesas y se populariza y difunde en los sectores criollos. A diferencia de otros deportes empieza a crecer en forma autónoma de la acción del Estado, aunque comienza un proceso de importante articulación entre la dirigencia deportiva y la dirigencia política. Se inicia un acelerado proceso de deselitización y nacionalización, incorporando en su imaginario las narrativas del Centenario.
El proceso de criollización fue largo, podemos decir que comenzó con el siglo y se extendió, al menos, hasta 1930. La cultura que vino de afuera se fue adaptando a las condiciones locales, conformando un fenómeno híbrido. Los apellidos británicos fueron desafiados por parte de la juventud local y fue en la Universidad donde surgió una poderosa corriente nacionalista, con la creación en 1899, de un club con ese perfil que lucía en su camiseta un escudo con los colores de Artigas. Es la primera etapa de un proceso que nos conducirá a un estilo uruguayo de jugar al fútbol. En los casi inmediatos enfrentamientos con el Central Uruguay Railway, el CURCC, ubicado en la Villa Peñarol y que en sus comienzos estuvo formado solo por los funcionarios ingleses, están los orígenes del clásico uruguayo. El CURCC tiene su propia fundación “criolla” en 1913, pasa a llamarse Club Atlético Peñarol y a estar dominado por las corrientes inmigratorias que llegaban en la época. Estamos en presencia de Nacional y Peñarol, el “binario pasional” (Morales, 2013) presente hasta hoy en nuestra sociedad.
Pero también los trabajadores encontraron en el fútbol un lugar de realizaciones, en un Montevideo en expansión. Los jóvenes obreros y empleados, al encontrarse en las esquinas al volver del trabajo, orientaron su sociabilidad hacia el juego del fútbol hasta formar a veces un equipo permanente con el que enfrentaban a otras barras del barrio o de otros barrios. La generación olímpica de los años 20, compuesta de obreros y empleados, fue tal vez la primera que inició su aprendizaje en los campitos de la ciudad. Fue práctica del pobrerío y, como el tango, su revancha, como lo destacó Borocotó.
Eran épocas de penetración de nuevas ideologías. Los anarquistas no repararon en el sentido democrático del fútbol y lo vinculaban, como al carnaval, al circo y al poder. Pero comprobaron con dolor el lugar que ocupaba en la vida de los trabajadores. En el diario La Batalla en 1917, decían “Ha alcanzado proporciones de epidemia, de manía colectiva […] Hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, ricos y pobres- más los pobres-hablan sólo de fútbol ya sea en el hogar como en la calle […] ¡Es algo atroz, reventador y antipático! Máxime si se tiene en cuenta que quienes son sus principales sostenedores y fomentadores son el Estado y la burguesía que explotan la ignorancia y la tontería del pueblo!”(Barrán et alt, 2009).
Los anarquistas colocaron al fútbol fuera de la frontera del proletariado; los comunistas que durante décadas también manifestaron su adversión al fútbol burgués, lo incorporaron dándole contenido político, como instrumento de lucha del proletariado. En 1921 crearon la Federación Roja del Deporte, que hacia 1929 tenía alrededor de 30 equipos, con significativos nombres.
El fútbol penetró en todos los ámbitos de la sociedad uruguaya. A fines de la década de 1920, Laureano Riera Díaz, militante anarquista argentino, expresaba:
“Buena gente, aunque muy aficionada a las carreras, a la quiniela, a las murgas de carnaval y al fútbol. Con esto del campeonato olímpico están todos locos. Pero son buenos y piolazos. Son uruguayos”. A 100 años y ante las múltiples manifestaciones y el fervor nacionalista que estamos viviendo, nos preguntamos si esta apreciación puede tener vigencia.
Para la sociedad uruguaya la centralidad del fútbol adquirió tal magnitud que este antiquísimo juego social, devenido con la modernidad en deporte y más tarde también en espectáculo, nos ha acompañado durante más de la mitad de nuestra vida como estado independiente. Tal vez para un pequeño y joven país, que aún no ha podido concluir el debate político e historiográfico acerca de la fecha de su propia independencia, eso sea muchísimo tiempo; tanto que podríamos afirmar que el fútbol nos define más inmediatamente como uruguayos que nuestra mejor tradición épica, real o ilusoria.
Bibliografía:
Cuaderno de Historia 14. A romper la red. Autores varios. Serie Cuadernos del Bicentenario.
Cuaderno de Historia 8. A romper la red. Autores varios. Serie Cuadernos del Bicentenario.
Andrés Morales, “Fútbol, identidad y poder. 1916-1930” (2013).
- P. Barrán, G. Caetano y Teresa Porzecanski, Historias de la vida privada en el Uruguay. El nacimiento de la intimidad 1870-1920 (1996).
