Escribe Manuel Dantaz

Hoy no voy a decir nada que no hayas sentido alguna vez. Salís a la calle, tratás de hacer las cosas bien y a las dos o tres cuadras ya entendiste que manejar en Paysandú es entrar a una jungla de tránsito. Un sistema desordenado, impredecible y competitivo, donde sobrevivir parece depender más de reflejos y suerte que de normas claras.

Esquivas un pozo que te obliga a cambiar de senda, adivinas para dónde va a doblar el de adelante porque el señalero parece un accesorio opcional, o clavás los frenos en una cebra que en varias esquinas ya es apenas un recuerdo despintado.
Y lo peor es que nos acostumbramos. Normalizamos manejar tensos.

Yo soy de los que prefieren discutir antes que pelear. Me gusta investigar, discernir y hablar con los papeles arriba de la mesa.
Porque opiniones hay miles. Datos, bastante menos.

Y los datos hace rato nos vienen haciendo cambio de luces.

UNASEV ya mostró la realidad sin maquillaje: pasamos de 15 fallecidos en 2023 a 21 fallecidos en 2024 en Paysandú, mientras que a nivel nacional 2025 cerró con 471 fallecidos.
Pero las macro estadísticas a veces anestesian. Se vuelven números lejanos.
El problema aparece cuando bajamos del informe y pisamos la calle.

Miremos apenas doce días. Del 1.º al 12 de abril de 2025.
En ese período se registraron 67 siniestros de tránsito en Paysandú. Leyó bien, 67.
Casi seis choques por día. Y atención: esto no habla de rutas nacionales. Habla de la ciudad. De nuestras esquinas. De nuestra rutina.

De esos 67 siniestros, casi 50 ocurrieron estrictamente en zona urbana.
Estamos chocando dentro de la ciudad, como si manejar estresados fuera parte natural del paisaje urbano.

Siempre preguntamos ¿Quién tuvo la culpa?
Pero la verdadera pregunta es otra:

¿Por qué seguimos chocando?

Porque si el tránsito habla… y lo hace a través de los siniestros.

La colisión entre vehículos lidera cómodamente las estadísticas. Más de 50 casos de fierro contra fierro en menos de dos semanas.
Y cuando miramos el mapa, las zonas críticas aparecen rápido:

Calle Washington: 8 siniestros.

Cerrito: 6.

Dr. Alberto Roldán: 5.

Y acá es donde hay que dejar un poco el relato cómodo y ponerse técnicos.

Porque cuando una calle acumula esa cantidad de impactos en tan pocos días, el problema ya no es solamente “el conductor imprudente”.
También es el diseño de la vía.
Son los cruces ciegos.
La geometría de las esquinas.
La señalización deficiente.
La eterna confusión de las calles preferenciales, que muchos todavía interpretan distinto según la esquina, el apuro o el humor del día.

Le pedimos al ciudadano que resuelva en segundos problemas de ingeniería vial que el sistema arrastra hace años.

Y mientras tanto, seguimos manejando como si el tránsito fuera una competencia de supervivencia.

Ahora viene la parte más incómoda.

¿A qué hora colapsa la ciudad?

Si graficáramos esos doce días, el pico más alto aparece sobre las 13 horas, con 11 siniestros registrados.
Después vuelve a subir cerca de las 17 horas.

Y no hace falta ser ingeniero para entender qué pasa ahí.
Salida de escuelas. Cambio de turnos. Gente apurada. Motos filtrándose. Autos trabados. Ómnibus frenando.
El flujo se estresa… y el sistema revienta.

Cualquier manual básico de prevención dice lo mismo:
los recursos tienen que estar donde está el riesgo.

Entonces, si el caos ocurre a la una de la tarde sobre calle Washington, ahí debería existir presencia activa ordenando la circulación, agilizando cruces y previniendo conflictos reales.

Porque controlar no es solamente multar. Controlar también es ordenar.

Y acá aparece el problema que la gente percibe todos los días.

Muchas veces vemos retenes estáticos en lugares donde no existe un punto crítico evidente.
Y ojo: controlar documentación o fiscalizar no está mal. El problema aparece cuando el ciudadano siente que el sistema llega más rápido para sancionar que para prevenir.

Ahí nace el enojo.

Porque la gente viene cansada.
Cansada de romper el tren delantero en calles con mucha carencia de señalización donde se encuentra el riesgo al conductor “ ya que al encontrarse con el riesgo de manera inesperada, la decisión de maniobra es inesperada”, no vamos a entrar en el facilismo de que todas las calles están destruidas, porque el mantenimiento de una ciudad no es nada fácil, es un gran problema matemático de logística.
Y en ese contexto, el radar escondido o el control aislado terminan sintiéndose menos como prevención y más como castigo.

Ese es el verdadero problema de percepción que nadie quiere discutir.

A nivel discursivo todo suena perfecto. Cito una frase “La seguridad vial se mide en vidas y no en plata”. Claro que sí. Y es verdad. Comparto lo que dijo Nuestro Intendente el Dr. Nicolás Olivera en un medio de prensa.
Pero la realidad también muestra otra cosa: seguimos teniendo cruces complejos, puntos urbanos conflictivos y sectores donde el diseño claramente no acompaña el volumen actual de tránsito.

Y mientras eso pasa, seguimos creyendo que el problema se arregla solamente con controles aislados y multas.

El tránsito moderno no se resuelve únicamente castigando el error humano.
Se resuelve diseñando sistemas que reduzcan la posibilidad del error y minimicen sus consecuencias.

Necesitamos infraestructura que perdone errores humanos.
Cruces más seguros.
Calles más claras.
Controles inteligentes ubicados donde realmente explota el riesgo.
Menos improvisación y más prevención real.

Porque manejar no puede seguir siendo la ley de la selva.
No puede depender de reflejos, intuición o suerte. ¿Estamos pensando en llegar… o solo en no chocar?

Y si prendemos las luces largas y vemos más lejos………

Dantaz es Ing. Tec. Prevencionista – Esp. en Seguridad Vial