Subí en Plaza Cuba, a la salida de Montevideo. El ómnibus, con poca gente a bordo, tenía como destino la ciudad de San José. Bastaba con mirar los rostros de algunos pasajeros para darse cuenta adónde iban. Algunos eran muchachos viviendo su primer exilio en la capital, otros eran más veteranos a los que la gran ciudad los había absorbido hace ya bastante tiempo, pero que aún el corazón les latía en amarillo y blanco.
Hora y media más tarde el ómnibus se detuvo en la terminal, cerca del estadio. Fueron caminando envueltos en banderas o con la camiseta apoyada en los hombros. Y al aproximarse a la tribuna visitante, había más banderas y camisetas, más voces de aliento, el grueso de la parcialidad consecuente que había venido por ruta 3. Porque había que llegar de cualquier manera para ser locales de nuevo. Viejos, niños, jóvenes y veteranos llenaban la tribuna. Bufandas y maní caliente. Se aproximaba el comienzo y el aliento era cada vez era mayor. Y mayor fue cuando entró el equipo a la cancha, esos muchachos que pocos años atrás correteaban tras una pelota en las polvorientas canchas de baby fútbol, creciendo a fuerza de milanesas al pan, mandarinas y tortas fritas. Bombas, papelitos y bengalas. Y las gargantas no paraban de alentar.
Después el partido, complicado en el primer tiempo. Empate a cero. Luego en el segundo vinieron los goles, y fue todo locura. Esa locura que se esperaba desatar desde hacía veinte años. Esa locura que muchos no habían vivido nunca.
Dos viejos se abrazaron. Y aquello fue mucho más que un abrazo. Porque no fue sólo por el campeonato, por la copa. Fue por los que ya no están, por algún que otro mediodía sin almuerzo, por los vasos de tinto compartidos, por la amistad. También un niño se abrazó con su padre. Se abrazó fuerte. Esta vez sí era campeón. Había quedado en el olvido la ilusión frustrada de campeón del mundo que los medios especializados habían instalado en cada niño de Uruguay, como si fuera una fábula rusa. Una muchacha abrazada al alambrado lloraba, lloraba a más no poder. Tenía sus mejillas pintadas con dos corazones amarillo y blanco por donde corrían sus lágrimas.
La vuelta olímpica y la copa otra vez arriba. Los jugadores y los hinchas en el campo de juego. Como en el 77, como en el 81, años de silencio estricto. O como más adelante en el 98.
Luego, el regreso a la selva de cemento, donde todo se diluye. Me bajé en el mismo lugar que había subido. Las luces de Montevideo comenzaban a encenderse y el tránsito por Bulevar Artigas se volvía más intenso, como cada domingo cuando cae la tarde. Imaginé la hilera de vehículos regresando por ruta 3, pasando por el Trébol, la caravana bajando por 18. Imaginé al niño que se abrazaba con su padre. Lo imaginé al día siguiente, de moña azul y túnica blanca, contándole a sus compañeros en la escuela que había visto en vivo los goles de Angelo y Andrada, que entró a la cancha para la vuelta, y que hasta se sacó una foto con los jugadores y la copa. Imaginé a los dos viejos, mateando en la fría mañana sanducera, comentando que aquello había sido una cosa bárbara. Imaginé a la muchacha que lloraba contra el alambrado, caminando rumbo al liceo por las humildes calles de la Cubetera, todavía con restos de pintura en su mejilla, con los cuadernos bajo el brazo, ansiando contar a sus amigas lo que se siente llorar de alegría por primera vez.
Porque de todo eso se trata la vida.
Y la vida es bella.
Juan Andrés Acosta.
