Por Horacio R. Brum
Por el modelo económico que impuso la dictadura de Augusto Pinochet y han administrado con pocos cambios los gobiernos democráticos, Chile es un banco de pruebas para todas las empresas internacionales que se benefician del consumismo y de la reducción al mínimo de la regulación del mercado. En este país, cualquier intento de poner normas que protejan a los trabajadores y los consumidores puede ser anulado en los tribunales si una empresa considera que va contra la libertad de comercio; además, existe una suerte de suprapoder, el Tribunal Constitucional, que tiene las facultades para invalidar las leyes y pasar por sobre el Parlamento y la Corte Suprema, si alguien le eleva una denuncia con el argumento de que una norma legal es contraria a la Constitución. Esa Constitución es la que promulgó la dictadura en 1980 y ha servido de marco jurídico para el mantenimiento del modelo económico neoliberal, al anteponer el interés privado al interés general.
Por otra parte, debido a su historia de aislamiento geográfico y a una ilusión de bienestar económico que se sustenta en el endeudamiento, los chilenos son noveleros y están dispuestos a aceptar sin espíritu crítico todas aquellas modas, tendencias y ofertas de nuevos productos que les hagan imaginarse como habitantes de un país desarrollado. Es común que cambien de modelo de celular cada año y que tengan los más nuevos aparatos de las tecnologías de la computación y las comunicaciones, aunque, según un estudio de la Universidad de Chile, más del 44% de la población padece analfabetismo funcional y por lo tanto, no es capaz de comprender un texto simple, como el prospecto de un medicamento. Sin embargo, los chilenos son quienes más usan Facebook y WhatsApp en América Latina…
El embelesamiento con las comunicaciones a través de los teléfonos celulares también ha convertido a los habitantes de este país del fin del mundo en grandes usuarios de las “aplicaciones” o “apps”, esos recursos que permiten pedir desde un auto de alquiler hasta un plato de tallarines, sin hablar con un ser humano. Así, Chile ha sido la cabecera de playa latinoamericana de compañías como Uber o Amazon, que operan al borde de la defraudación al fisco con el pretexto de que son simples plataformas tecnológicas, pero compiten en forma desleal con el comercio establecido o los profesionales de un servicio. Uber, por ejemplo, está en proceso de ser regulada por el gobierno, como ocurre en otros países, pero pese a que para las autoridades su actividad es ilegal, sigue haciendo publicidad y reclutando conductores. Esto ha dado lugar a incidentes de todo tipo, como cuando un chofer intentó atropellar al policía que quiso controlarlo, hasta los casos de conductores que trabajan para comprar droga o tratar de cometer violaciones.
De todos modos, el problema de los abusos de las empresas de “apps” está tomando una dimensión mayor, en Chile y el mundo, por la explotación que sufren los repartidores relacionados con compañías como Glovo, UberEats, Rappi o Pedidos Ya. En una plaza santiaguina cercana a la casa de quien esto escribe cada día se ven más jóvenes agotados, bicicletas y mochilas con el logotipo de esas compañías a un lado, almorzando con un pequeño sandwich, o una bolsa de papas fritas, en los pocos minutos que tienen entre una entrega y otra. Recibiendo como pago unos dos dólares por pedido, si quieren ganar algo que se aproxime a un sueldo mínimo deben hacer cada día recorridos de 10 y más kilómetros a pedal, bajo los 35 grados de este verano. Además, no reciben de las empresas otro equipo que la mochila y deben costear todo el desgaste y daños a sus vehículos y vestimenta.
Según el Índice de Precariedad Laboral que publica regularmente el diario económico Pulso, el empleo informal ocupa al 30% de los trabajadores chilenos; en la Argentina de un Macri que no parece dar pie con bola en la conducción económica, la consultora Ecolatina dice que aunque parezca crecer el número de personas ocupadas, ello “efectivamente es una expansión del cuentapropismo y del empleo informal”. Para los abogados laboralistas, en el trabajo con las “apps” no existe la relación de dependencia típica, y al contrario, los que brindan el servicio operan por cuenta propia y a su riesgo. En la opinión del Instituto Pensamiento y Políticas Públicas argentino, el nuevo empleo que crea la llamada “economía colaborativa” es un empleo en condiciones de subocupación que se caracteriza por jornadas laborales reducidas, con un menor nivel de ingresos. Una situación similar se da en el trabajo desde la casa, que ha sido presentado engañosamente como más cómodo y flexible, pero en realidad es una actividad sin ningún control de los períodos de descanso.
El diario El Mercurio de Chile fue un simpatizante activo del régimen militar y sigue defendiendo la economía neoliberal, a la cual se le ha abierto un paraíso en Internet. No obstante, ese medio también está viendo con preocupación el auge del trabajo precario a través de las tecnologías de la comunicación. Hace una semana publicó un reportaje de cuatro páginas, hecho por un periodista que se hizo pasar por repartidor en bicicleta. Bajo el título de “El infierno de un repartidor”, se describe un ámbito en el cual los trabajadores son números, sin beneficios ni protección social alguna. Las empresas ofrecen una capacitación mínima, que con frecuencia se reduce a cómo relacionarse con el cliente y no asumen ninguna responsabilidad por los riesgos de accidente. Al contrario, presionan para que las entregas se hagan en el menor tiempo posible y dan de baja sin piedad a aquellos que no cumplen las metas. En dos días de trabajo extenuante, con jornadas de 10 horas, el periodista de El Mercurio ganó 23 dólares. A un colega repartidor le robaron su bicicleta, que valía más de 500 dólares; cuando informó del hecho a la empresa por WhatsApp, recibió por respuesta el mensaje: “¿Pudiste entregar el despacho?”
Uber, Glovo o la Bitcoin, esa moneda ficticia que existe sólo en Internet y ha sido definida como la mejor estafa piramidal electrónica, son manifestaciones de un nuevo neoliberalismo, tal vez peor que el viejo, pero que todos parecen dispuestos a tolerar y disfrutar -incluso los “progresistas”-, para sentirse modernos.
