Algunas pinceladas sobre las increíbles PASO argentinas, en las que no se define ninguna candidatura presidencial, en un panorama caracterizado de aspectos que para la Argentina no parecen llamativos y a la vez resultan inexplicables para cualquier persona democrática que no viva en ese país.

Américo Schvartzman

Unos años atrás mi amigo Mauro Goldman me pidió una nota sobre las PASO “como para que se entienda desde este lado del charco”. En aquel momento hice el intento de explicar estas “Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias”, en las que, solo en teoría, los partidos eligen a sus candidatos. Ahora me lo ha vuelto a pedir. La realidad es que las PASO argentinas, tan “normales” para mis compatriotas, siguen siendo casi inexplicables para cualquier persona democrática que no viva en este país. Este domingo ninguna de las fuerzas políticas elige postulantes para la dupla presidencial, porque en todas ellas se presentó solamente una opción. En los estatutos de todas las organizaciones sociales y políticas de la Argentina se establece que cuando hay una sola lista de postulantes, ésta se proclama y asume como ganadora. En las PASO argentinas, no. Se vota igual.

¿Para qué? Bueno, nadie lo sabe. Es como una gran encuesta, en la que (a diferencia de las otras) sabremos con precisión cuáles son las preferencias ciudadanas acerca de quién debería gobernar el país los próximos cuatro años. En las fuerzas políticas que compiten (en todas: tanto las que se presentan con mayores chances como en las demás) los candidatos ya están definidos. Ninguno de ellos compite contra nadie.

Casi dos tercios califican negativamente ambas gestiones, tanto la del kirchnerismo como la del macrismo

En este extraño panorama que es la política argentina, hay una serie de rarezas que es difícil hallar en otro lado (aunque quizás nos falte información y los lectores orientales conozcan casos similares, en cuyo caso agradeceremos los aportes que nos envíen al mail, que figura al final de la nota). Aquí enumero (y desarrollo brevemente) las principales.

HACIENDO COSAS RARAS PARA GENTE NORMAL

(Cosas no vistas en la política del resto del mundo pero vistas como normales en la política argentina)

1 – Que una candidata a vicepresidenta anuncie al candidato a presidente.

2 – Que un presidente ponga como candidato a vice a un líder parlamentario opositor.

3 – Que candidatos de varias (o todas) las fórmulas con chances se autoperciban como tributarios del mismo pensamiento político (aunque esto viene pasando desde hace rato ¿no?).

4 – Que un gobierno que redujo los salarios y jubilaciones a la mitad de su valor en dólares siga teniendo chances de ser reelegido.

5 – Que una fuerza cuyas principales figuras están firmemente sospechadas de corruptas (y muchas presas por esa corrupción) sea la principal opción opositora con chances de ganar.

6 – Que haya habido en la misma elección dos frentes de la izquierda trotskista (2017).

7 – Que el Partido Socialista apoye a una fórmula integrada por dos referentes peronistas.

8 – Que haya dos opciones de extrema derecha con posibilidades de superar las PASO.

9 – Que un gobierno que acusa al anterior de robarse “casi un PBI” haya endeudado a la Argentina por casi un PBI.

10 – Que ese gobierno todavía aparezca con chances de reelección porque la mayoría de la sociedad rechaza a todas las opciones opositoras.

11- Que la principal fuerza opositora procure parecerse al macrismo en los ejes principales mientras le atribuye todos los males que padece la sociedad.

Creo que la mayoría de las rarezas no requieren explicación, porque se trata de información que maneja cualquier lector del semanario. Pero hay otras que quizás requieran algún desarrollo.

Lo único que no discute en la Argentina es el desastre que presentan los números del gobierno de Macri.

Por ejemplo, en estas PASO, la principal opción de las que se presentan abiertamente como “izquierda”, es el FIT Unidad, una rareza global: un frente electoral de partidos o agrupaciones que se reconocen como “trotskistas”, y que mantienen duras diferencias entre sí, pero que se presentan en su tercera elección consecutiva. Con todo, no pudieron acordar con otro partido trotskista, el MAS, que va con su propia fórmula. El resto de la izquierda argentina está diluido en las tres principales opciones electorales, y el principal, el PS, apoya a la fórmula de Lavagna-Urtubey, una rareza más que además puso en crisis a ese partido. Aunque Lavagna se define como de centro izquierda, su propuesta es más bien liberal en lo cultural, un poco más conservadora en las cuestiones individuales (por ejemplo Lavagna no comparte legalizar el aborto, prefiere despenalizar pero solo si lo aprueba una consulta popular), es un desarrollista heterodoxo en lo económico y promete ser progresista en lo social.

Casi como un espejo, en la derecha se ven comportamientos algo parecidos: hay dos fórmulas claramente de extrema derecha, con consignas similares (el neonazi Alejandro Biondini, por un lado, y el ex militar Gómez Centurión); y una fórmula de la derecha neoliberal, más convocante, según las encuestas, encabezada por el economista Espert, un exponente típico del liberalismo (el “centro”) argentino: son conservadores en lo cultural, un poco más progresistas en las cuestiones individuales (por ejemplo respaldan la legalización del aborto), pero son regresivos en lo económico, y autoritarios en lo social.

En el centro político (cada y vez más corridas hacia el centro en relación con sus discursos previos) aparecen las fórmulas que encabezan Alberto Fernández, y Mauricio Macri (y, corriendo desde atrás, Roberto Lavagna). Es difícil para ellos mismos encontrar propuestas que los diferencien, y por eso apelan, en su comunicación, a emociones o razonamientos, además de enunciados vagos. El macrismo no habla de economía porque no solo es su punto débil sino el eje de su fracaso. Lo único que no se pone en tela de juicio en la Argentina a nivel de la discusión ciudadana es el desastre que presentan los números del gobierno de Macri. Si apartamos las cuestiones de fe (“es que los resultados se verán en el futuro” “estamos sentando las bases para el crecimiento que sobrevendrá”, etc) lo cierto, lo inapelable, son los números: el macrismo deja casi un 35% de pobres según datos oficiales, una inflación del 3% mensual, una devaluación de la moneda que llevó a los salarios a la mitad de su valor en dólares, cierre de miles de empresas, pérdida de puestos de trabajo, déficit fiscal y una deuda externa que se aproxima al 98% del Producto Bruto Interno (PBI).

La mayoría de las personas sabe bastante bien, como decía Jauretche, “lo que no quiere”.

La única razón por la que tiene chances es porque la abrumadora mayoría de la población desconfía o rechaza al kirchnerismo. El macrismo no puede hablar sino de un futuro luminoso que nadie serio cree que podría vislumbrarse si el Gobierno mantiene el rumbo elegido.

Por su lado, el compañero de fórmula de Cristina Fernández mencionó apenas dos propuestas específicas en toda la campaña:

– que los remedios sean gratis para el 100% de los jubilados.

– que se bajen los intereses de las Leliq (unos bonos a altísimas tasas de interés emitidos por el gobierno, generando un enorme negocio especulativo que beneficia a los bancos de una manera inédita).

Sobre la primera no explicó de dónde saldrían los fondos. Respecto de la segunda, debió recular cuando le salieron al cruce economistas explicando que agravaría el problema. Lo cierto es que Alberto, para dar señales de independencia respecto de Cristina, solo puede asemejarse al Gobierno: dar tranquilidad a los mercados, asegurar que se pagará, renegociando pero se pagará, diferenciándose de algunas cuestiones que fueron centrales para el kirchnerismo, como su guerra contra algunos de los principales grupos comunicacionales del país. Al mismo tiempo, debe hacer lo posible por esconder a algunas de las caras que en algún momento fueron centrales para el kirchnerismo (como Aníbal Fernández, José López, Lázaro Báez, Julio De Vido, Guillermo Moreno o Amado Boudou), incluidas algunas que producen mucho rechazo pero jamás tuvieron demasiado poder real en el Gobierno de Cristina (como Luis D’Elía, los intelectuales de Carta Abierta o Hebe de Bonafini).

Otra notable cuestión es que si uno mira dónde estaban en 2015 Miguel Pichetto -el vice elegido por Macri-  y Alberto Fernández -el titular seleccionado por Cristina- cada uno ocupaba la posición más enfrentada posible con sus actuales mentores. Pichetto era el vocero más tenaz de Cristina en el Senado; Alberto se había transformado en uno de los más duros críticos de la gestión de la ex Presidenta.

Son algunas de las muchas situaciones casi paradojales que subyacen a la elección argentina. Y hay más.

En este contexto de polarización, donde todo el mundo tiene claro que hay dos fórmulas con chances, persiste un dato que ya tiene varios años, pero que es poco señalado en el debate público: casi dos tercios de la sociedad argentina, atravesando diferencias socioeconómicas y culturales, preferirían que no vuelva al gobierno la última versión del peronismo que gobernó la Argentina, y al mismo tiempo, casi dos tercios de la sociedad argentina, atravesando diferencias socioeconómicas y culturales, preferirían que no siga el macrismo en el gobierno.

Tanto cuando se mide la imagen del gobierno anterior como con los del actual, explican las empresas que trabajan sobre opinión pública, el resultado es casi el mismo: apenas superan, cada uno, un tercio de respuestas de imagen positiva. Casi dos tercios califican negativamente ambas gestiones. La gente dio vuelta la página en ese sentido: puede volver el peronismo, pero no Cristina. El problema para el Gobierno es que no es Cristina. Es Alberto. Y Alberto, aunque le duela a Cristina o a sus seguidores, da señales que cree necesarias para mostrar que no es Cristina. Este juego de palabras, que explica por qué ganó Macri en 2015, también explicaría por qué puede volver a ganar ahora, pese a que la mayoría sabe, cree, siente, percibe, constata que todo está peor.

Queda otro dato para los optimistas racionales, o ingenuos incurables, que creen que de todo esto podrá salir algo mejor. Según las encuestas de opinión, hay otro fenómeno que viene sucediendo y no se suele mencionar demasiado: al parecer no hay mucho espacio para éste o cualquier otro Gobierno retroceda en políticas públicas que la sociedad mayoritariamente ha decidido considerar positivas. Más del 70% de las personas consultadas defienden políticas como la Asignación Universal por Hijo, la recuperación del sistema público de jubilaciones, el matrimonio igualitario, y a la vez esas mismas personas rechazan privatizar Aerolíneas, reconocen que el INDEC ya no miente y consideran positivos los valores discursivos del Gobierno aunque no los cumpla demasiado (la transparencia, la ética, la separación de poderes, que haya fiscales investigando hasta al Presidente, etc) y demás cuestiones republicanas. También advierten: del mismo modo hay un porcentaje significativo de la población, un tercio que atraviesa pertenencias partidarias, sociales, etarias, que cree que se necesita mano dura y aumento de penas. ¿Futuros votante de una versión argentina de Bolsonaro?

Con semejante disparidad de opiniones y criterios, parece razonable que convivan todas esas miradas. Lo que parece bastante más difícil es que las dirigencias políticas comprendan la que debería ser su principal conclusión, sin necesidad, incluso, de esperar el resultado de este domingo: que, gane quien gane, una buena parte de sus votantes decidió apoyarlo solamente porque no quieren que vuelva lo que se fue, o bien solamente porque no quieren que sigan quiénes están.

El problema, y a la vez la luz esperanzadora, sigue siendo que la mayoría de esas personas no encuentra opción que la exprese, es decir que (por ahora) no saben bien hacia dónde quieren ir. Al mismo tiempo, sabe bastante bien, como decía Jauretche, “lo que no quiere”, adónde no quiere ir. Y ese desafío sigue vigente para quienes aún soñamos en la Argentina con una izquierda democrática, seria pero no solemne; decente pero no pacata; defensora del ambiente y de los derechos individuales; de las instituciones pero con un firme compromiso de ponerlas al servicio de la igualdad; innovadora y audaz pero no solo presentando proyectos en la oposición, sino también para gobernar. Su ausencia en el panorama de la vida política argentina es un silencio atronador, y que no figura en la encuesta de este domingo. Vaya a saberse por cuánto tiempo más.